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El futuro de una inequidad

2009/10/21
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Veo las noticias sobre las compras y ventas de acciones de Andahuasi, y las demandas y contra demandas en torno a quién tiene los mejores derechos sobre ella y me preguntó qué pensará, al abrir su periódico cada mañana, el gran ausente de la discusión, la persona que, de haber un poco más conciencia jurídica y ética en el debate público nacional, debería de ser el elefante en la habitación de toda discusión sobre el ingenio. Me refiero a quien hasta 1969 era el propietario de Andahuasi, sin que se entienda bien cómo dejo jamás de serlo. Porque, hasta donde sé, si el Estado te quita lo que tienes a cambio de una unas promesas de pago que jamás te cumple, te ha robado, y ni en Derecho ni en Justicia el robo priva de su título al propietario, aún cuando pase mucho tiempo sin que este pueda reclamar por ese robo. Como tampoco se lo quita, por cierto, el que los supuestos beneficiarios del robo decidan vender su propiedad a terceros. Por muy necesitados que puedan estar los vendedores, siguen llamándose reducidores. Andahuasi, en realidad, es un ejemplo arquetípico de ese atropello y ese desastre que fue la Reforma Agraria (RA). Desde el momento anterior a la expropiación, en el que, en lugar del propietario rentista, ausente y aprovechador que el Velascato suponía en su burdo maniqueísmo social, había un empresario dedicado que, de hecho, vivía con su familia en el ingenio y había logrado convertirlo en el más eficiente del país. Hasta el momento mismo de la expropiación, cuando la dictadura se tumbó el acuerdo al que el propietario, amparándose en la propia Ley de RA, había llegado con absolutamente todos sus trabajadores para transferirles el fundo, acordando estos pagárselo en 20 años. Y es que, claro, no entraba el esquema de la lucha de clases de los manuales marxistas que los trabajadores de Andahuasi, en lugar de pensar que su empleador comía de su sudor, de sus lágrimas y demás, lo respetaran como empresario al punto de contratarlo como asesor de su recién adquirido ingenio. Finalmente, el despojo se consumó, ni un sol fue pagado y la producción de Andahuasi colapsó, igual que toda nuestra producción azucarera (¡de ser uno de los principales productores de azúcar pasamos a importarla hasta hace tres años!). Resultó no ser que “la riqueza” era simplemente la tierra: la riqueza había que crearla y eso no se podía hacer sin capital, tecnología y, sobre todo, conocimiento. Y fue así que quienes supuestamente habían recibido las tierras para trabajarlas acabaron especulando con ellas en la bolsa. En la malhadada RA se hizo pagar por pecadores a muchos muy meritorios justos. El Estado peruano hasta hoy se hace el loco con pagarles. Cree que con ello colabora con el futuro de un país que ya promete. Olvida así que la injusticia jamás es terreno bueno para construirle encima.