Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
Los doctos coinciden en que son fieras del infierno. Y no podía ser de otra manera teniendo, las tres, cabezas de perro, alas de murciélago y serpientes por cabello. Blandiendo látigos y anillados con manoplas, estos esperpentos de la mitología emergían del inframundo para atormentar a los hombres en pos de “justicia”. Los dioses las aborrecían por primitivas de espíritu y acción. Nacidas de la noche de los tiempos, eran Alecto, la implacable; Mégara, la celosa, y Tsífone, la verdugo. Y, aunque esto no es más que un cuento griego, a algunas abuelitas no se les ha ocurrido mejor idea que encarnarlo en la política nacional, tan ávida de cucos y tonterías. Por ejemplo, Mercedes Cabanillas ha encontrado en las Furias una inspiración. Porque, de un tiempo a esta parte, la ministra del Interior se ha convertido en la médium del búfalo Pacheco, que no le aguanta a nadie ni un queco. Furiosa, arremete contra cualquier crítico porque a ella no hay que tocarla ni con el pétalo de una rosa. A raíz del ataque terrorista en el VRAE, dice de un ex ministro de Defensa del gobierno anterior que seguro critica porque “quiere ser candidato a algo”. Oye, mamacita linda, ¿y tú no? Y luego dispara: “No podemos presentarnos discrepantes ni divididos contra esos malnacidos, miserables y criminales”. ¡Válgame Dios, qué boca! ¡Si parece Linda Blair en El exorcista! Aunque, si la furia verbal de esta señora fuera proporcional a su eficiencia, ya no tendríamos terroristas. Así, pues, la Cabanillas parece pintada para el papel de Mégara, la celosa. ¡A mí solo puedes amarme o te refundo en el infierno, hijo de tu madre! Otra que quiere jugar a la tragedia griega es Lourdes Alcorta, la Furia de Unidad Nacional. Como el hada mala de La bella durmiente, la señora se descolgó como un vampiro sin ser invitada en la conferencia de prensa que el premier daba en el Congreso, para apostrofarlo por “no conocer la penosa realidad por la que atraviesan los soldados en el VRAE”. Pero, ¿cuándo fue la última vez que ella estuvo por allá para saber de lo que habla? Nunca, porque mientras no haya cámaras de televisión, la señora no trabaja gratis por más aficionada que sea al cine de terror. La Alcorta no necesita ensayar más para la Furia de Alecto, la implacable celadora de la paja en el ojo ajeno, aunque el suyo esté cerrado por tremenda viga. Finalmente, el furor de Luisa María Cuculiza se desborda en defensa de su líder, Alberto Fujimori. “Es inocente y no sabía nada”, grita en jarras. De repente no sabía cuando ella y Montesinos conspiraban contra Carlos Ferrero. “A ese hijo de perra yo lo desaparecería ahorita. Es una malagua de mierda. ¡Ay, doctor, que le pase algo a este hombre!”. Tsífone, la verdugo, no lo habría hecho mejor.