Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
Cuando Frida Kahlo murió en 1954, a los 47 años, los que conocían su obra y la apreciaban en México eran -pese a que André Breton la había elogiado durante su famosa visita a ese país- un puñado de personas, un pequeño club de entusiastas. Si allí era, para la mayoría, solo la mujer del muralista Diego Rivera, casi un apéndice suyo, en el resto de América no pasaba de ser una curiosa nota al pie en el mundo del arte contemporáneo. Quién iba a imaginar que, a partir de las últimas décadas del siglo XX, se convertiría en una de las figuras artísticas más célebres, influyentes y difundidas, en una verdadera leyenda que atrae aun a gente que no tiene mucho contacto con la pintura. Hoy es un auténtico mito que, a través de exhibiciones, catálogos, estudios, biografías, su propio diario, videos, películas (como la superproducción Frida, con Salma Hayek en el papel protagónico), ha pasado del campo de los especialistas al de la cultura popular y de los productos de consumo masivo; la parafernalia a la venta bajo el prestigio de su nombre es una vasta industria. Cualquier cosa que ostente o reproduzca su rostro cejijunto y el tupido bozo de su boca goza de inmediata aceptación. Suprema ironía: ahora ella compite (y, tal vez, supere) la fama de Diego Rivera, cuyo enorme ego y éxito la opacaron en vida. Toda esta celebridad se apoya, a la vez, en buenas y malas razones. Las teorías feministas han hecho de ella un ícono de la mujer víctima de la supremacía machista que la reduce a una categoría decorativa o de segunda clase; como en su tormentosa relación conyugal con Rivera sufrió muchas infidelidades (incluso una con la hermana de Frida), los affaires de esta, con episodios lésbicos y otros heterosexuales (con el escultor Isamu Noguchi y León Trotsky, entre otros), son vistos como la justa venganza de una mujer humillada y una temprana defensa de la igualdad sexual a la que tiene derecho. No es de extrañar, por eso, que una de las grandes colecciones privadas de su obra sea la de Madonna, cuyo lema publicitario, Death, sex and religion, parece aplicable a Kahlo. Las terribles penurias físicas, psicológicas y emocionales que padeció ayudan al proceso de glorificación o beatificación como una auténtica mártir. Pero, siendo esto cierto, no lo es menos el hecho de que su obra tiene una cualidad perturbadora que pocos artistas, hombre o mujeres, han alcanzado. Una buena ocasión de comprobarlo es la exhibición conmemorativa del centenario de su nacimiento que se presenta en el Philadelphia Museum of Art, la más grande jamás realizada en Estados Unidos. La muestra reúne más de cuarenta obras (varias de formato diminuto). Aparte de fotos y testimonios de su vida y su tiempo, se centra en sus autorretratos, un motivo central en su arte, lo que Kahlo explicó diciendo que ella era "la persona que mejor conozco". Esas contemplaciones de sí misma, en las más variadas actitudes, ambientes y circunstancias, configuran un registro puntual y doloroso de esta mujer que debió superar enormes dificultades y adversidades (la peor fue el accidente que la dejó con graves lesiones permanentes y le impidió tener hijos) y que hizo del arte una forma desesperada de expresión y comunicación con otros. Lo que cabe destacar es que, al usar la pintura como un testimonio de su intimidad, lo hizo realizando una rara síntesis estética: integró el documento traumático (su cuerpo expuesto con sus vértebras quebradas, garfios lacerantes y arneses metálicos aprisionando sus carnes) con imágenes y fantasías oníricas propias del lenguaje surrealista; la gracia y el colorido del folclor mexicano con la afirmación étnica y revolucionaria para transformar el mundo moderno; el impulso por reflejar la realidad inmediata y el de tocar las fronteras de lo mágico y lo enigmático. Su obra está cargada con un alto simbolismo en el que las claves personales y los grandes mitos prehispánicos o clásicos se funden para hablarnos de los misterios del nacimiento, la muerte y la regeneración. Aunque su propia fama haya empañado o trivializado su arte, no hay duda de que Frida Kahlo fue alguien que tuvo la gran virtud moral y estética de crear un mundo personalísimo sin dejarse abatir por los enormes obstáculos que se lo impedían.