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Una flor en La Cantuta

2008/07/18

Por qué recordar estos crímenes, 16 años después.

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En la madrugada de un día como hoy, hace 16 años, un comando encapuchado, y con armas con silenciador, secuestró y asesinó a nueve estudiantes y un profesor de la universidad de La Cantuta, y luego quemó sus cadáveres. El pretexto inadmisible e injustificable fue que habían participado en el atentado de la calle Tarata. Desde entonces, en cada aniversario del crimen, los familiares recordaron a sus víctimas con tristeza comprensible pero, también, con indignación y rabia por la impunidad con que se quiso proteger a los asesinos. Este año su pena sin duda será la misma, pero algo ha cambiado. Para empezar, los asesinos directos, miembros del Grupo Colina, ya han sido condenados por su responsabilidad en los crímenes de La Cantuta. Asimismo, Alberto Fujimori está siendo procesado por estos crímenes y por los de Barrios Altos; como va el juicio, es muy probable que sea condenado por su involucración –junto con Vladimiro Montesinos– y por no haber hecho nada para detenerlos o sancionarlos. Este aniversario del crimen también será diferente pues los restos de los estudiantes y del profesor serán velados hoy y enterrados mañana. ¿Por qué se debe insistir en este tema, 16 años después de ocurrido? En esencia, por un sentido de justicia elemental que, además, ayude a entender que los derechos humanos son parte fundamental de la construcción de una sociedad decente y digna, en la que produzca orgullo vivir, y que no hay justificación para exonerarnos, ni siquiera temporalmente, de su cumplimiento cabal. Esto no es un asunto de ideología, de izquierdas o de derechas, sino de respeto elemental al ser humano. También se debe recordar a las víctimas como homenaje de la sociedad al esfuerzo de sus familiares que, junto con las organizaciones de derechos humanos, bregaron tanto tiempo para que se haga justicia. Como Gisela Ortiz, hermana de un estudiante asesinado en La Cantuta. O, Rosa Rojas, quien anteanoche ofreció en el programa Prensa Libre un testimonio dramático y sobrecogedor del asesinato de su hijo y de su marido en la matanza de Barrios Altos. Se debe insistir en estos asuntos, finalmente, para que nunca más nuestro país sea escenario de la violación de derechos humanos. De donde vengan.