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| Vie. 21 abr '06
Fernando Cabanillas Lavini: Grotesca o hermosa, mi ropa es como el Perú
Por José Gabriel Chueca
jchueca@peru21.com
Cuando tenía 20 o 21 años, ya tenía buen dinero y decidí irme a Europa. Es que siempre sentí que estaba en el país equivocado. Aparte de ser un poco suave, afeminado -no puedo hacer nada al respecto-, siempre he sido diferente a lo requerido por esta sociedad. Pensaba que Lima no era para mí y me fui", explica Fernando Cabanillas Lavini.
¿Dónde estuvo?
En Alemania, pero no era lo que buscaba. Yo estaba, pues, ávido de experiencias. Venía de la dictadura velasquista, la de Morales Bermúdez, en el Perú no pasaba nada. Después me fui a Holanda, donde un amigo, con el que se me planteó un plan de vida -de hecho vivo con él aquí, en Lima; él es el Ámsterdam que figura en la marca Lavini-.
¿Y la moda, en qué momento?
Estando allá recordé que, cuando era chico, a los 14 años, me encantaba el tema de la moda. Y eso que no había Internet, Fashion TV ni nada. Pero mi mamá había tenido la amabilidad de pagarme un curso rápido de costura con el que aprendí muchísimo. Incluso les hacía ropa a mis amigos, pero lo había olvidado. Un día, él me compró una máquina de coser, tela, y me dijo hazme un pantalón. Lo hice. No hay nada que hacer, tú eres artista. Te vas a la escuela de arte, me dijo. Y empecé a estudiar.
¿Y cómo resultó?
Entre tanto estudiar, me dieron el pasaporte holandés, gané mucho dinero, me hice conocido y demás. Tenía un carro del año, me compraba lo mejor, me hice diseñador corporativo de hoteles de cinco estrellas, conocía a todo el mundo...
¿Y por qué regresó al Perú?
En el 95, estando en Tailandia, recordé el Perú, por lo intenso del color, de la gente. La verdad es que me sentía insatisfecho. No era feliz. Y, en el año nuevo, en Shangái, con unos fuegos artificiales maravillosos, decidí regresar. Si era tan creativo como se supone que era, entonces, debía demostrarlo aquí.
Aquí la moda masculina es un tema muy poco trabajado.
La veía difícil. Y más en el Perú, donde la gente no tiene ni para comer. Además, cuando llegué, vi a la gente tan mal vestida. Yo, en cambio, me vestía tan bien que me robaban a cada rato -pensaban que era extranjero o millonario-. Y la gente, si yo decía que era peruano, me preguntaba por qué me vestía así.
¿Y qué hizo primero?
Ropa interior, porque yo usaba calzoncillos europeos, pero se gastaron. Y, cuando quise reemplazarlos, no encontré. Y yo no puedo ponerme algo que no me gusta. Entonces, una amiga me dijo que los hiciera yo. Me fui a Gamarra, compré tela, me encerré en un cuarto de mi casa y no salí hasta que acabé.
¿Fácil?
Dificilísimo. Hice como 80 piezas, entre calzoncillos, bibidíes y demás. Una amiga los vio y me dijo, ¡tenemos que hacer un desfile de modas!. Eso fue en el 97. Repartí las tarjetas por todo Miraflores y llegaron como 200 personas que jamás había visto, periodistas, mujeres, gays. Los modelos eran chicos de la calle. Había un striper, otro muchacho hermoso que era barrendero de la Municipalidad de Breña, por ejemplo, era gente trash -parecía Jean Paul Gautier-. Pero hicieron una pasarela increíble, brutal. Las mujeres gritaban, les bajaban los calzoncillos. Tremendo. Así comencé.
¿Dónde puso la primera tienda?
En el centro comercial de San Miguel. Colgamos todos los calzoncillos que había hecho -diez modelos en cuatro colores-. Desde el primer día salieron y no hemos parado de trabajar. Lavini ha crecido desde calzoncillos hasta camisas, pantalones, zapatos, accesorios e, incluso, una colección de joyería.
Su ropa tiene humor, erotismo, imaginación... es una mezcla impresionante.
Yo vivo hace más de 10 años en el Perú por decisión propia. Entonces, viéndolo con humor negro, siento que soy un traductor de la sociedad. Trabajo desde plástico hasta telas de primera calidad, porque en este país hay de todo y en abundancia, desde pobreza hasta riqueza.
He visto que vende unos calzoncillos con una abertura adelante.
La ropa más erótica es comprada por las mujeres. Y creo que es porque ellas quisieran ver a sus maridos de una manera más entretenida. Yo vendo el erotismo porque sé cuánto puede mover una imagen. Hago ropa interior de lujo para gente que quiere sentirse -sin que nadie la vea- especial o que quiere estar lista para cualquier cosa.
En su ropa se mezclan hasta los formatos -saco, camisa, casaca-.
Lo que se ve en Lavini -que puede ser grotesco o hermoso o ambos a la vez- es así porque así es el Perú. Y espero abrir una tienda piloto para mostrar mi trabajo más perfecto, una vanguardia de lujo. Cuando la vean, no van a creer que ha sido hecho en el Perú. Y esa es otra cosa; yo soy completamente peruano, pero peruano power, quiero hacer las cosas bien, convenciendo a mi gente de que pueden hacerlas bien, y que digo las cosas como son, sin hipocresías.
jchueca@peru21.com
Cuando tenía 20 o 21 años, ya tenía buen dinero y decidí irme a Europa. Es que siempre sentí que estaba en el país equivocado. Aparte de ser un poco suave, afeminado -no puedo hacer nada al respecto-, siempre he sido diferente a lo requerido por esta sociedad. Pensaba que Lima no era para mí y me fui", explica Fernando Cabanillas Lavini.
¿Dónde estuvo?
En Alemania, pero no era lo que buscaba. Yo estaba, pues, ávido de experiencias. Venía de la dictadura velasquista, la de Morales Bermúdez, en el Perú no pasaba nada. Después me fui a Holanda, donde un amigo, con el que se me planteó un plan de vida -de hecho vivo con él aquí, en Lima; él es el Ámsterdam que figura en la marca Lavini-.
¿Y la moda, en qué momento?
Estando allá recordé que, cuando era chico, a los 14 años, me encantaba el tema de la moda. Y eso que no había Internet, Fashion TV ni nada. Pero mi mamá había tenido la amabilidad de pagarme un curso rápido de costura con el que aprendí muchísimo. Incluso les hacía ropa a mis amigos, pero lo había olvidado. Un día, él me compró una máquina de coser, tela, y me dijo hazme un pantalón. Lo hice. No hay nada que hacer, tú eres artista. Te vas a la escuela de arte, me dijo. Y empecé a estudiar.
¿Y cómo resultó?
Entre tanto estudiar, me dieron el pasaporte holandés, gané mucho dinero, me hice conocido y demás. Tenía un carro del año, me compraba lo mejor, me hice diseñador corporativo de hoteles de cinco estrellas, conocía a todo el mundo...
¿Y por qué regresó al Perú?
En el 95, estando en Tailandia, recordé el Perú, por lo intenso del color, de la gente. La verdad es que me sentía insatisfecho. No era feliz. Y, en el año nuevo, en Shangái, con unos fuegos artificiales maravillosos, decidí regresar. Si era tan creativo como se supone que era, entonces, debía demostrarlo aquí.
Aquí la moda masculina es un tema muy poco trabajado.
La veía difícil. Y más en el Perú, donde la gente no tiene ni para comer. Además, cuando llegué, vi a la gente tan mal vestida. Yo, en cambio, me vestía tan bien que me robaban a cada rato -pensaban que era extranjero o millonario-. Y la gente, si yo decía que era peruano, me preguntaba por qué me vestía así.
¿Y qué hizo primero?
Ropa interior, porque yo usaba calzoncillos europeos, pero se gastaron. Y, cuando quise reemplazarlos, no encontré. Y yo no puedo ponerme algo que no me gusta. Entonces, una amiga me dijo que los hiciera yo. Me fui a Gamarra, compré tela, me encerré en un cuarto de mi casa y no salí hasta que acabé.
¿Fácil?
Dificilísimo. Hice como 80 piezas, entre calzoncillos, bibidíes y demás. Una amiga los vio y me dijo, ¡tenemos que hacer un desfile de modas!. Eso fue en el 97. Repartí las tarjetas por todo Miraflores y llegaron como 200 personas que jamás había visto, periodistas, mujeres, gays. Los modelos eran chicos de la calle. Había un striper, otro muchacho hermoso que era barrendero de la Municipalidad de Breña, por ejemplo, era gente trash -parecía Jean Paul Gautier-. Pero hicieron una pasarela increíble, brutal. Las mujeres gritaban, les bajaban los calzoncillos. Tremendo. Así comencé.
¿Dónde puso la primera tienda?
En el centro comercial de San Miguel. Colgamos todos los calzoncillos que había hecho -diez modelos en cuatro colores-. Desde el primer día salieron y no hemos parado de trabajar. Lavini ha crecido desde calzoncillos hasta camisas, pantalones, zapatos, accesorios e, incluso, una colección de joyería.
Su ropa tiene humor, erotismo, imaginación... es una mezcla impresionante.
Yo vivo hace más de 10 años en el Perú por decisión propia. Entonces, viéndolo con humor negro, siento que soy un traductor de la sociedad. Trabajo desde plástico hasta telas de primera calidad, porque en este país hay de todo y en abundancia, desde pobreza hasta riqueza.
He visto que vende unos calzoncillos con una abertura adelante.
La ropa más erótica es comprada por las mujeres. Y creo que es porque ellas quisieran ver a sus maridos de una manera más entretenida. Yo vendo el erotismo porque sé cuánto puede mover una imagen. Hago ropa interior de lujo para gente que quiere sentirse -sin que nadie la vea- especial o que quiere estar lista para cualquier cosa.
En su ropa se mezclan hasta los formatos -saco, camisa, casaca-.
Lo que se ve en Lavini -que puede ser grotesco o hermoso o ambos a la vez- es así porque así es el Perú. Y espero abrir una tienda piloto para mostrar mi trabajo más perfecto, una vanguardia de lujo. Cuando la vean, no van a creer que ha sido hecho en el Perú. Y esa es otra cosa; yo soy completamente peruano, pero peruano power, quiero hacer las cosas bien, convenciendo a mi gente de que pueden hacerlas bien, y que digo las cosas como son, sin hipocresías.