Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Comenzar el año mencionando al Fondo Monetario Internacional (FMI) puede ser de mal agüero dadas las hazañas de este organismo financiero. Me arriesgo pues, teniendo un ministro de Economía que ha pertenecido a dicha entidad, es posible que él sea tan monotemático en la solución de los problemas como era su antiguo patrón. Monotemático y desacertado, que es lo peor. Desacertado y miope. Miope y malintencionado, lo cual ya es muchísimo peor. No me refiero al ministro sino al FMI. Ojalá el ministro haya exorcizado debidamente los fantasmas que rodean al Fondo y que, aparte de defender solo los intereses de los países industrializados, se apoderan del alma de quienes alguna vez han militado en sus filas. Filas, por otra parte, donde se pagan los mejores sueldos a funcionarios internacionales de todo el sistema de las Naciones Unidas. Sí, el Fondo es parte del sistema de la ONU, la oveja negra para algunos, el que salva las papas de los ricos para otros (los ricos, naturalmente). Pero esta introducción que vino sola, pues cada vez que pienso en el Fondo me acuerdo de la madre que no tiene, y ese recuerdo y la simpatía que me inspira hace que mis neuronas se conecten asombrosamente y me dicten inesperados elogios, me ha servido de inicio para relatar lo que quería relatar como debut de este 2009 y que se refiere, como ya lo habrán intuido, al Fondo Monetario Internacional. Según dijo el FMI en agosto de 2008, vía sus voceros, el 2009 sería el año en el cual remontaríamos la crisis que nos afecta. Un mes más tarde cambió de opinión y dijo que el 2009 sería un año difícil y habló de recesión y esas cosas que dicen los economistas y se olvidó de lo dicho solemnemente unos días antes. Lo cuento para que, saliendo de la estupidez que siembra la propaganda, constatemos qué poco versados son quienes más versados se proclaman. Creados para prevenir y resolver las crisis cíclicas del capitalismo, no suelen ver más allá de la punta de sus narices. Y crisis solo hay cuando los bancos, las financieras o las grandes transnacionales están en apuros. El hambre, la desocupación, la subocupación, la inequidad social y la desatención de la salud no son signos de crisis. Eso, para ellos, es lo normal, tan normal que no solo no lo combaten sino que lo estimulan a través de su recetario único. Son, a la salud económica del planeta, lo que la 'triaca’ (remedio universal) era a la salud humana durante la Edad Media: no curaba, pero creaba ilusiones. Debemos admitir que la crisis actual es de tal magnitud que ni los más versados entre los versados tienen respuestas en las que ellos mismos confíen. Así lo dijeron, al menos, más de 100 economistas con premios Nobel incluidos. Los que hacen anuncios contundentes o bien son políticos en defensa de sus cargos y prestigio, o bien son fanáticos que siguen esperando que la mano invisible del mercado lo solucione todo, o bien defienden intereses sectoriales que no se compadecen de la problemática global.