Sábado 26 de mayo del 2012 | 19°
La carrera de J.D. Salinger, quien murió la semana pasada a los noventa y un años, es una afirmación de la supervivencia del arte de contar. Después de servir en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial, acompañado de una máquina de escribir, Salinger creó a Holden Caulfield, uno de los personajes más queridos, perdidos y solitarios de la literatura contemporánea, un personaje que nos habla muy de cerca desde que empieza El guardián en el centeno (1951). En ese inicio, Caulfield renuncia a hablar de sus antecedentes y proclama: “Solo voy a contarles una cosa de locos que pasó en las navidades pasadas…”. Este lenguaje directo, cargado de una jerga que no envejece, la autoridad con la que cuenta el narrador y la composición ambigua de Caulfield, son grandes proezas de la narrativa moderna. Caulfield es inseguro, violento, inapropiado, pero también tierno, necesitado y vulnerable. Ama a su hermana tanto como odia a sus padres y a sus profesores. Es un héroe imperfecto, como cualquiera de sus lectores. Salinger, quien hace varias décadas se retiró a la casa de campo en Cornish, New Hampshire, se hizo famoso por renunciar a la fama. Todo indica que siguió escribiendo, mostrando que el silencio es el hogar natural de un escritor, y no los ruidos que rodean a cualquier publicación. Puede decirse que pocos lo conocieron de veras y sin embargo en realidad cuánto lo conocimos. Salinger era Caulfield: si lamentamos la muerte del primero, le agradecemos habernos dejado el segundo para siempre.