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Faenón de Castañeda revela que el Gobierno es un flan

2009/01/11

“El alcalde limeño no es precisamente un dechado de verbo afilado, elocuencia abrumadora o inteligencia apabullante. ¿Cómo así ha podido darse el lujo de dejar mal parado al propio García, dizque uno de los políticos más duchos en el juego del entredicho y del desaire verbal?”.

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El alcalde de Lima, Luis Castañeda Lossio, le ha vuelto a torcer la mano al Gobierno. Lo hizo a poco de culminar el 2008 con el tema de la Costa Verde. Y ha repetido el plato, sin proponérselo, con el tema de los sueldos ministeriales. Soltó un comentario crítico sin mayor aspaviento y recibió una desproporcionada andanada del premier Yehude Simon. Con su habitual parsimonia, el burgomaestre limeño se jaraneó con el novato sucesor de Del Castillo y, al final, ha terminado cosechando la contramarcha oficialista. Por lo pronto, queda claro que la posible alianza de García con Castañeda ya fue. Se sabe que en las reuniones del presidente con varios alcaldes distritales se ha despachado amargamente contra el líder de Solidaridad Nacional. Pero más que esta hipótesis, lo que pone en evidencia lo sucedido es que algo no anda bien en las alturas del poder. Lo políticamente preocupante es que, para que Castañeda pueda vapulear a alguien, este tendría que estar al borde del coma o en franco proceso delusivo. El alcalde limeño no es precisamente un dechado de verbo afilado, elocuencia abrumadora o inteligencia apabullante. ¿Cómo así ha podido darse el lujo de dejar mal parado al propio García, dizque uno de los políticos más duchos en el juego del entredicho y del desaire verbal? Una explicación casi lúdica y sarcástica es que, al parecer, el presidente Alan García y el premier Yehude Simon, imbuidos de la confusión anímica que los días siguientes a las festividades del Año Nuevo suelen producir, leyeron a la volada sinfín de titulares que decían “Se debe rectificar”, “Rectificación sí o sí”, etc., y creyeron que se había armado una conspiración mediática en contra del malhadado decreto de urgencia que homologaba el sueldo de los ministros con el de los congresistas. Animados también por el espíritu de show, de función, de acto, que en general parece embargar al régimen, no se dieron cuenta de que la prensa se refería a la conductora de televisión Magaly Medina, y creyeron que era con ellos. Presas de pánico escénico, terminaron reculando vergonzosamente. Siguiendo con la jerga del mundo de las tablas, hicieron lo que bien tituló este diario “un papelón” al dar marcha atrás respecto del mencionado decreto. Al final, se quedaron con la lana original, pero igual quedaron trasquilados. No obstante, este 'patinazo’ no pasaría de ser un elemento más del inmenso anecdotario de yerros que nuestra clase política suele cometer si no fuera porque, en verdad, parece revelar más el fondo que la forma en cuanto al endeble manejo político que el segundo alanismo exhibe y que hasta el momento no se hacía evidente. Malacostumbrado a la paz mediática que durante sus primeros dos años lo benefició (en algunos casos por propia decisión de los medios y, en otros, por la habilidad “negociadora” de la PCM), desde que ella se acabó, y desde que el oficialismo ha empezado a vivir en medio de la habitual atmósfera de presión periodística, los bandazos se han convertido en su bandera. El Estado por la cola. Para citar el caso de los sueldos ministeriales, lo más grave del incidente de marras es que reafirma la convicción de que si algo parece estar lejos de la testa gubernativa es el entendimiento de que es el Estado el principal obstáculo del desarrollo, el auténtico perro del hortelano, el lastre que crea la insondable paradoja de un país en pleno progreso y un gobierno en franco deterioro y descrédito. El desafuero toledista respecto de la política salarial de los principales funcionarios públicos debía ser corregido, sin duda, pero la demagogia no era el remedio adecuado, no era el gesto político más sensato. La absurda pauperización salarial dispuesta por García ha empobrecido el Estado peruano. Pero, aumentarle el ingreso a los ministros era, tal vez, lo último que debía hacerse para corregir el entuerto. Mal que bien, ser ministro de Estado reporta beneficios inicialmente intangibles que luego suelen capitalizar a quienes se colocan el fajín. Es, para decirlo más claramente, una inversión en capital humano que, salvo excepciones, suele beneficiar al ocupante del cargo con un upgrade remunerativo posterior. El problema de fondo está en la tecnocracia de primer y segundo nivel. Allí es donde se ha producido la estampida de personas calificadas. Tanto a nivel del Gobierno Central como de los regionales o municipales. En algunas regiones se llega ver a personas bajo cuya responsabilidad reposan cientos de millones de dólares que apenas ganan tres mil soles mensuales!!! Lejos del indulto. El presidente García no parece pasar por el mejor de sus momentos y mucho bien le haría una cura de silencio de una semanita siquiera. El premier Simon, si bien no tiene ni tres meses en el cargo, no se muestra como un dechado de muñeca política y, sin duda, no posee el liderazgo necesario. Los ministros han contraído una afonía colectiva repentina. Y el Apra –como bien lo ha señalado Armando Villanueva– es un desastre. Castañeda Lossio ha hecho un faenón. No lo hubiera podido hacer si frente a sí hubiese tenido un Miura bravo, pero el toro oficialista parece apaleado y con la cornamenta afeitada. Atrapado entre la crisis global que no esperaba y la cada vez más fuerte presión mediática –que tampoco esperaba, según se ve–, anda de tumbo en tumbo. García esperaba lograr el indulto en su segundo mandato, pero al paso que va parece más próximo a ser sacado del ruedo.