Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
A la talentosísima Brenda Mau, un desatinado le pronosticó que no llegaría muy lejos en el concurso Operación Triunfo porque no la favorecía en nada su estética de chacha, es decir, de empleada. El de-sagradable hecho se dio en el mismo momento en que el presidente Alan García denunciaba que el premier Javier Velásquez Quesquén había sido descalificado de antemano para ejercer el cargo por su origen provinciano y chiclayano. El lío lo desató, nada menos, que el tantas veces discriminado ex presidente Alejandro Toledo cuando se le ocurrió declarar que García había escogido para la Presidencia del Consejo de Ministros a “un miembro de tercera línea del Partido Aprista”. ¿Desafortunadas declaraciones? Qué duda cabe. Toledo pudo encontrar palabras más elegantes para señalar que Velásquez Quesquén no era un peso pesado del Partido Aprista, que no tenía la capacidad de plantársele a García, etc., pero de ahí a decir que se le estaba descalificando por su piel cobriza u origen provinciano, la verdad que hay mucho trecho. Lo preocupante es que, desde que empezaron los cuestionamientos al nuevo premier, mucho antes de que hablara Toledo, Jorge del Castillo y José Vargas ya habían salido a esgrimir estos mismos argumentos. El Apra había trazado una estrategia y la estaba utilizando: convertir a Velásquez Quesquén en una víctima de la discriminación para eclipsar sus cuestionamientos. Paradójicamente, ¿no es bastante racista asumir de plano que la gente no quiere a Velásquez por el color de su piel? ¿Por qué, en lugar de promocionar sus cualidades, que las debe de tener, los apristas deciden protegerlo esgrimiendo como principal argumento “lo atacan porque es cholito”? El asunto no pasaría de ser una anécdota si no viviéramos en un país donde el racismo está siempre latente, esperando saltarle al prójimo a modo de insulto, de golpe, de mala cara o de gesto despreciativo. Todos los días, miles de peruanas pierden oportunidades de trabajo porque quien las contrata cree que tienen facha de chachas, y se les cierran puertas porque, desgraciadamente, entre peruanos la pinta nunca es lo de menos. ¿Creen que exagero? Fíjense cómo en las tiendas por departamentos los vigilantes eligen, de acuerdo con el color de la piel y la cara del cliente, a quién le revisan la cartera y a quién no. Vivimos en una sociedad quebrada por el racismo y la discriminación. Todos podemos ser víctimas o verdugos de esta lacra en cualquier momento. Ignorar el problema es grave, pero banalizarlo es aun mucho peor. Por eso, usar el racismo como un argumento fácil para desbaratar críticas es una torpeza que ningún gobierno se debería permitir. Mucho menos uno que tiene pendiente la difícil tarea de la inclusión.