Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
“Orden e Inclusión” son las palabras mágicas con las que García ha resumido lo que espera del premier Javier Velásquez Quesquén y su equipo de ministros. Si analizamos la conformación del gabinete, con Rey en Defensa y Pastor en Justicia, parece que las tintas vienen cargadas más bien por lado del orden, y la inclusión se ha quedado algo huérfana de propuestas concretas y liderazgos visibles. Cabe preguntarse, entonces, cuál es la estrategia de Velásquez para mitigar la presión social que observamos actualmente. Hasta donde hemos escuchado, el nuevo premier apuesta por acelerar la inversión pública e inaugurar un estilo de gestión más enfocado en el detalle, en la obra menuda, que en las megainversiones, que son las que han acaparado, hasta ahora, la atención del presidente García. ¿Lo logrará? La tarea es difícil y requiere de dos componentes que han estado ausentes en las anteriores gestiones de Del Castillo y Simon: un Estado eficiente, capaz de gerenciar los recursos de los que goza, y un adecuado manejo de la comunicación que permita convencer a los peruanos de que el desarrollo puede llegarles a todos. Lo primero ya sabemos que es una tarea titánica, pero si se establece un trabajo conjunto con los gobiernos regionales y locales, y se acelera responsablemente la inversión pública, la situación puede mejorar. Lo segundo, en cambio, es más complejo, porque pasa por un hecho elemental que el Gobierno pareciera no tener claro aún: ¿qué se le debe comunicar y a quién? Si analizamos el último spot publicitario de esta gestión, vemos que su peor error no es haber gastado dinero en promocionar sus logros (todos los gobiernos lo han hecho y lo seguirán haciendo), sino que el listado de avances en salud, vivienda, trabajo, reducción de la pobreza, etc., sigue alimentando la idea de que solo algunos son los elegidos del progreso, mientras que otros siguen en la miseria, sin tener agua potable o conocer lo que es un celular. No se puede atender a todos, y los problemas seculares que hay en nuestro país no se van a resolver de golpe. Nadie está pidiendo imposibles. Sin embargo, tampoco se puede seguir mandando mensajes para buscar el aplauso de los que están felices y contentos, porque eso termina sacándoles la lengua, al puro estilo jojolete, a los que siguen fregados. Quedan dos años de gobierno y ya no hay tiempo para grandes reformas o transformaciones. Sin embargo, cambiar el discurso algo picón y desafiante que ha acompañado la gestión de García, por uno más paciente, más dialogante, que entienda la frustración del que hace años espera que el Perú avance también por su zona, podría bajar la presión social y asegurarnos una transición tranquila y democrática en el 2011. Ya veremos si Sipán es capaz de transformarse en oidor.