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El espía que no volvió a Quito

2004/12/06
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Perú.21 continúa con la segunda y última parte de uno de los capítulos de MUERTE EN EL PENTAGONITO (Editorial Planeta). Esta vez, Ricardo Uceda narra en "El espía que no regresó a Quito" las últimas horas de Enrique Duchicela -el suboficial de la Fuerza Aérea Ecuatoriana (FAE) descubierto comprando información militar en Lima en 1988-, desde que es capturado por un comando del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) hasta que es interrogado, liquidado y su cuerpo posteriormente incinerado en el Cuartel General del Ejército. Una historia que estremece. (Capítulo VIII parte final) Duchicela, todavía en sueños, fue llevado a uno de los cuartos del sótano. Era un ambiente vacío, sin muebles ni luz eléctrica. El agente Jesús Sosa y al suboficial Angel Sauni decidieron reunirse en el SIE a la una de la madrugada del 28 de mayo, para comenzar el interrogatorio dispuesto por Rivera. Bajaron al sótano a la una y media. Habían dejado de servicio a Ortiz. Duchicela continuaba como lo dejaron: sentado y esposado, con las manos atrás. Y seguía durmiendo. Los agentes trajeron agua fría y se la echaron en la cara. Despertó lentamente. Se encontró con Sosa y Sauni al frente, dos desconocidos. No tardaría en darse cuenta de que estaba en un cuartel militar peruano y que iba a ser interrogado. Los agentes esperaron a que estuviera bien despierto. -Mira, concha de tu madre -comenzó diciendo Sosa. Hablaba en voz alta, con absoluta calma-. Tienes que reconocer que has perdido. Si lo entiendes, eso es lo mejor para ti. Se detuvo. Quería que sus palabras fueran digeridas. -También quiero que recibas nuestras felicitaciones. Has hecho un trabajo de la puta madre. Nos has metido el dedo en el culo. Bien metido. Pero ya nos dimos cuenta, ya descubrimos todo. Tus cómplices ya hablaron. Primero quiero que entiendas eso. ¿Está claro? El prisionero dijo que tenía inmunidad diplomática y que no podía ser objeto de ninguna detención ni maltrato. -¿Ah, no? -preguntó Sosa. Lo atrajo hacia sí con una mano y con la otra le lanzó una bofetada. El cuerpo sentado perdió el equilibrio y cayó al piso, de costado. Sosa lo volvió a sentar. -Cada vez que me hables de inmunidad diplomática te voy a sacar la mierda. Quiero que lo tengas muy presente. Cada vez que lo digas me acordaré de la cagada que nos hiciste. ¿Estás de acuerdo? Le mandó otra cachetada. Duchicela volvió a caer. Poco a poco fue produciéndose el diálogo que interesaba a los agentes. Sosa logró convencer a Duchicela de que se hallaba detenido por espionaje, con conocimiento de su embajada. Esto lo tranquilizó algo. Pero también le dijeron que podía estar indefinidamente preso y que eso dependía de él. Tenía que presumir que casi todos los detalles del espionaje eran conocidos. Si los responsables estaban presos, ¿a él que más le daba colaborar en el interrogatorio? Los agentes no profundizaron en lo del espionaje. Conocían los detalles por confesiones de los peruanos. Por otro lado, Duchicela contestó lo que le preguntaron al respecto. Había comprado abundante información secreta al teniente Marco Barrantes, quien la obtenía de su bien remunerada red. Estuvo en vías de conseguir más: fotografías del material de guerra -aviones y tanques, principalmente- y de determinados cuarteles. Cuando agotaron estos temas, viraron hacia lo que sabía Duchicela de la aviación de su país, pues era miembro de la FAE. Tres de los cinco días de interrogatorios los destinaron a hablar de aeropuertos, bases antiaéreas y armamento militar. Hasta el martes 31 de mayo, el detenido fue interrogado violentamente. Lo golpearon y lo sumergieron en agua. Sufrió una violencia moderada, si cabe el término. Aún no se conocían las órdenes definitivas sobre su suerte, y era mejor ser prudentes. www En el primer piso, la mayoría de los agentes del SIE2 continuó trabajando sin imaginar el secreto bajo sus pies. Solo lo conocían Hanke, Rivera, el capitán Carlos Pichilingue y los cinco agentes que participaron en la captura, quienes se turnaban para cumplir servicios en el sótano. Vigilaban y alimentaban a Duchicela, pero no solo a él. En otra habitación del sótano cumplía su cautiverio un teniente silencioso, Marco Barrantes Torres. Fue capturado el 18 de marzo, cuando salía de su casa de Condevilla. EL SIE había seguido exitosamente al técnico Raúl Gamonal, que pedía documentos sobre Ecuador en el SIE2. Los testimonios de Gamonal y del resto de los investigados señalaron a Barrantes como el compilador de la información sustraída. Interrogado con dureza, Barrantes contó todos los detalles de sus relaciones con Duchicela. Desde esta confesión exhaustiva lo habían dejado tranquilo, virtualmente abandonado en el sótano del SIE. www Jesús Sosa fue llamado a la oficina de Oswaldo Hanke a las diez de la mañana del 31 de mayo. Cuando llegó, el coronel estaba conversando con el comandante jefe del SIE2. Hablaba Hanke: -Tenemos que desaparecer los cuerpos. ¿Qué podemos hacer? -Jesús Sosa supo que se trataba de los detenidos. -Hay dos formas -dijo Rivera-. Una es hundirlos en el mar, con una piedra adherida al abdomen. Otra, darles vuelta en la playa de La Chira, meterlos en un cilindro de cargas de dinamita y ¡bum! Jesús Sosa sonrió con esas sonrisas que indican desaprobación. El coronel Hanke se volteó hacia Sosa. -¿Qué opinas? -Si los botan al mar -dijo el agente- en algún momento los restos saldrán a flote. Los peces se comen las sogas o devoran partes del cuerpo, o el agua deshace las ligaduras. Y en cuanto a la explosión, no sé. Los pedazos se esparcirán por todos lados y caerán quién sabe dónde. Si usted me permite, creo que lo mejor será quemarlos. -¿Quemarlos? ¿Cómo? -dijo Hanke. -Tenemos en el sótano un buen incinerador. Mal que bien, algunas veces se usa para quemar papeles. Harry Rivera objetó la propuesta. Demoraría un día calcinar los cuerpos. Además, ¿con qué material se haría la combustión? -Mi coronel -contestó Sosa-, por la experiencia que hemos tenido en Ayacucho, creo que con los materiales convenientes se necesitará unas tres o cuatro horas, a lo mucho. -¿Qué necesitarías? -dijo Hanke. -Cuatro cargas de leña, mejor de eucalipto; queroseno y petróleo. Rivera no insistió en proponer otro método. Pero aportó una idea: -¿Y porqué mejor no usas gasolina? -Eso ni pensarlo -dijo Sosa, a quien Rivera dio en la vena del gusto. Cuando podía, el agente se complacía demostrándoles a los oficiales lo poco que sabían sobre operaciones especiales-. La gasolina, mi comandante, arde y se consume, en tanto que el petróleo se adhiere a los cuerpos y combustiona más. El queroseno le da fuerza a esta combustión y no permite que se apague la llama. Es una buena combinación. Y conviene el eucalipto porque su olor característico disimula el de la carne quemada, que es muy intenso. Los oficiales se quedaron un momento callados. Sosa continuó: -Yo sugiero realizar la operación un día feriado por la noche. Si la incineración despide humo, en el servicio se pensará que se están quemando los papeles de desecho de toda la semana. -Bueno -dijo Hanke-. Ya no hay más que decir. Hazlo. Ve a Tesorería y solicita el dinero que creas conveniente. Yo firmaré la autorización. Prepara todo para este fin de semana. A las nueve y media de la noche del viernes 10 de junio, Jesús Sosa llegó al sótano del SIE2. Allí ya estaba Sauni, quien cumplía venticuatro horas de servicio a partir de las ocho de la mañana de ese día. Faltaban Ortiz, Pino, Zambrano y Figueroa. A las diez, todos ellos se hicieron presentes en el sótano, de acuerdo con lo convenido. A esa hora apareció el capitán Pichilingue. Había sacado del almacén una pistola ametralladora HK MP5 con silenciador, que entregó a Sosa. Por la tarde, Jesús Sosa había metido al sótano cuatro sacos de leña de eucalipto comprados en La Molina y en San Juan de Miraflores, dos galones de petróleo y dos de queroseno obtenidos del grifo del Pentagonito, y seis hojas de muelle de camión. Eso, más una pistola con silenciador, era todo lo que necesitaba. A las diez y diez, aproximadamente, Harry Rivera se apareció en el sótano. Jesús Sosa iba a comenzar, pues tenía las órdenes respectivas. De Hanke tenía la de eliminar a los prisioneros. Y de Rivera, que era el responsable del operativo por ser jefe del SIE2, las que disponían facilidades administrativas: llaves del sótano, armamento, municiones y autorización para el uso del incinerador, en la zona del SIE5. Había que garantizar que a nadie del SIE5 se le ocurriera quemar papeles esa noche. Rivera preguntó si todo estaba en orden. Sosa contestó que se hallaba a punto de actuar. Rivera dijo que iría a informarle a Hanke. Dio media vuelta y se largó. Con él se fue el capitán Pichilingue. Cuando los oficiales se marcharon, Jesús Sosa se dirigió al cuarto donde estaba preso Barrantes. Abrió la puerta. Era la primera vez que el agente veía al teniente de reserva. Estaba sucio y con las manos libres, echado en un camastro militar. -Vas a pasar a la zona judicial -le dijo-, pero te cubriremos la cabeza en el camino. No debes ver de dónde sales. -Está bien -dijo el teniente. Y se dejó poner en la cabeza una bolsa negra. Ortiz, que había entrado al recinto, le cruzó los brazos hacia atrás y le puso esposas. www El teniente fue llevado hasta el cuarto de Duchicela. Sosa entró. -Tenemos órdenes de entregarte a tu embajador -le dijo-. Está por llegar acá, así que vamos avanzando. Te voy a cubrir la cabeza para llevarte afuera. No necesitas ver dónde has estado. -Sabía que mi país no me abandonaría -dijo Duchicela. -Sí, pues, carajo -dijo Sosa, mientras le tapaba la cabeza-. Tienes suerte porque no sé cómo nuestro gobierno ha aceptado que salgas. Así que te recomiendo que no hables mal de la forma como te hemos tratado. Nos vamos a enterar. Todo se sabe. -No -dijo Duchicela-. Diré que se han portado bien conmigo. Conforme estaba acordado, Ortiz le dijo a Sosa, en voz alta: -Oye, ya llegó el jefe de este huevón. Está con el general. -Ya, vamos -dijo Sosa. Y guió hacia fuera al ecuatoriano, Ortiz y Figueroa estaban al cuidado de Barrantes, parados en uno de los pasillos del sótano. Allí se quedaron, mientras Jesús Sosa, acompañado por Sauni, Zambrano y Pino, avanzó con Duchicela hacia el incinerador. El recorrido, de treinta metros, cruzaba por una zona sin techar, por esos años destinada a canchas de frontón, y llegaba, pasando dos rejas metálicas, a los predios del SIE2. En este lugar, el sótano, a diferencia de la parte del SIE2 -subdividida en habitaciones-, solo exhibía un cuarto de bombeo de desagüe, un ascensor y lo que se denominaba incinerador. Éste era una especie de boca de chimenea saliente, hecha de ladrillo y concreto, de un metro y medio de altura y otro tanto de ancho. En la parte superior adoptaba una forma de campana de cuya cima nacía un tiro hacia lo alto del pabellón principal del SIE, donde desembocaba. Aquí se convertían en cenizas los papeles inservibles del servicio. Aquí, media hora antes, Jesús Sosa hizo una base de cuatro hileras de leña de eucalipto, y armó una parrilla cóncava con hojas de muelle de camión bañadas en queroseno y petróleo. Solo faltaban los cadáveres. En el trayecto de Duchicela hacia su muerte, los agentes le hacían la conversación, para darle confianza. Le hablaban de la buena suerte que él tenía, en comparación con los peruanos: él se iría tranquilo a Ecuador, mientras sus cómplices del Perú la iban a ver horrible. Volvieron a pedirle que dijera que fue tratado bien. -Sí -dijo-. Yo no voy a hablar mal de ustedes. Caminaba esposado y a ciegas, dejándose llevar por el brazo de Sosa. Cuando llegaron al incinerador, Sosa lo detuvo. Se puso un paso detrás de él. -¿Y qué va a pasar con el auto que te compraste? -le preguntó. Quiso decir algo. El balazo no se oyó. Cayó bruscamente. www El coronel Hanke y el comandante Rivera bajaron al sótano cuando Ortiz y Figueroa llevaban a Barrantes a su lugar de ejecución. Fueron informados de que ya había muerto Duchicela. Luego salieron. Pichilingue no apareció. Aparentemente, había salido del Pentagonito. Los oficiales eran así. Preferían no involucrarse en el trabajo sucio. Cumplían órdenes del comandante general, Artemio Palomino, y su trabajo no era apretar el gatillo sino supervisar el operativo. Ortiz, a cargo de Barrantes, le disparó en la sien mientras dialogaba con el prisionero. Cuando cayó, aún respiraba. Sosa recriminó al matador. Había sido un mal tiro. Se acercó a Barrantes y lo remató. Los agentes acomodaron los cadáveres uno sobre el otro en la parrilla improvisada. Duchicela fue doblado formando una U, con la espalda pegada al fondo del incinerador. A Barrantes se le flexionó del mismo modo, pero lo pusieron con la espalda hacia fuera y las extremidades hacia el interior, encima del ecuatoriano. Así dispuestos, los cuerpos entraron justos. Cinco horas ardió el incinerador, alimentado continuamente de combustible por los cinco parrilleros del SIE reunidos alrededor de su boca. A las cuatro y media de la mañana parecía que todo lo que quedaba de los prisioneros era un montón de cenizas. Pero no. Había huesitos que se resistían a desaparecer, vísceras que estaban negras pero no calcinadas. "Siempre he dicho que las vísceras son las más resistentes al fuego. ¿Lo ven?", observó Sosa a sus compañeros. Se pusieron a disolver los residuos, haciéndolos polvo con sus armas blancas. A las cinco, su misión concluyó. Subieron para informar a Harry Rivera. Aquel sábado, por la tarde, regresaron al sótano Ortiz, Sauni y Sosa. Las cenizas de los infortunados militares estaban frías en la base del incinerador. Con una pala las recogieron y las metieron en un saco de polietileno, que resultó ocupado hasta la mitad. Uno de ellos se lo puso al hombro. El grupo se dirigió hacia los jardines posteriores del SIE, un área de mil metros cuadrados en la parte central del Pentagonito. Una vez allí, se persignaron gravemente, y guardaron unos instantes de silencio antes de esparcir las cenizas entre las plantas. www Enrique Duchicela tenía treinta y siete años, y cuando murió, ejercía de ayudante del agregado aéreo de Ecuador, Marco Palacios Larrea. Estaba casado con Martha Escobar, abogada y socióloga, con quien tuvo dos hijas. Ella nunca recibió una explicación de lo que hacía su esposo en el Perú por parte de la FAE o el gobierno de Ecuador. En una entrevista con el autor en Quito, en noviembre de 2000, dijo que seguía investigando la desaparición. Habló con Luis Febres Cordero, durante cuyo gobierno se produjo el secuestro, y adujo desconocimiento. El siguiente mandatario, Rodrigo Borja, le aseguró que si llegaba a saber algo, se lo diría. En vano, la viuda envió cartas a todos los cancilleres. La mayoría de ministros de Defensa no la quiso recibir. La familia de Marco Barrantes identificó al AIO Julio Ramos como la persona que fue a buscarlo a su casa en 1988. En el 2003, Ramos y el coronel en retiro Oswaldo Hanke fueron enjuiciados por la desaparición del teniente. El proceso aún continuaba en el 2004. El 12 de setiembre de 2003, cuando la jueza Nayko Coronado lo interrogaba, el exjefe del SIE rompió a llorar. En el juicio, el nombre de Duchicela jamás fue mencionado. Pero Gamonal declaró haber visto con vida a Barrantes en el sótano del SIE. Cuando el Consejo Supremo de Justicia Militar envió a la justicia común los expedientes de las causas 189-88 y 280-89, apareció el detalle de lo que había vendido Barrantes a Duchicela, y con ello la explicación de su asesinato. Era una enormidad de secretos militares. La revelación de la pérdida, escondida en un expediente judicial hasta la aparición de este libro, habría producido un escándalo político en 1988. Las muertes evitaron el descrédito, la posible remoción de la cúpula militar. De otro lado, la desaparición de su espía indicó a Ecuador que el Perú sabía todo. Encajó el golpe, en la expectativa de devolverlo. Hasta hoy es un misterio cómo informó de esta situación el comandante general del Ejército, Artemio Palomino, al ministro de Defensa, Enrique López Albújar, y al presidente Alan García. www Era lunes 13 de junio de 1988. Las cenizas de Duchicela habían sido esparcidas el sábado anterior en los jardines del Pentagonito. Jesús Sosa estaba en la oficina del jefe del SIE2, Harry Rivera, en el primer piso del complejo. Oswaldo Hanke se apareció en la puerta. Según declaró Sosa para este libro, el coronel dijo. -Chato, felicitaciones del comandante general. Y felicitaciones del presidente de la República. Alan García está muy satisfecho. El general Palomino y el expresidente García se negaron a declarar sobre el caso para este libro. El general Oswaldo Hanke y el coronel Harry Rivera, en cambio, se reunieron por separado con el autor y negaron explícitamente haber participado en los hechos narrados. De acuerdo con su versión, es cierto que hubo venta de información secreta a una potencia extranjera en 1988 por parte del personal del Ejército, pero la investigación del SIE no pudo determinar qué país compraba la información. Marco Barrantes se fugó y jamás fue hallado. Cuando el autor les mencionó a Enrique Duchicela, dijeron que escuchaban ese nombre por primera vez.