Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
El premier Jorge del Castillo minimizó ayer el maltrato del presidente Alan García al reportero radial que le preguntó sobre el nombramiento de Carlos Arana en Foncodes, con la respuesta que los políticos siempre usan cuando sospechan que han metido la pata: “pasemos a los temas de fondo, por favor”. Suele ser una respuesta efectiva a la pregunta incómoda: rebaja la relevancia de esta al ponerla debajo de los 'grandes temas nacionales’; hace quedar mal al que la plantea, poniéndolo en la categoría del intrascendente que se pierde en nimiedades; y 'engrandece’ al que responde. También es efectiva porque algunos periodistas se la creen. La verdad es que, a veces, la respuesta se justifica, porque también hay cada pregunta. Pero otras no, como en el caso de la designación de Arana y de la actitud del presidente, donde sí hay algunos temas fondo. Como, por ejemplo, el estilo de ejercer la Presidencia y el poder que esta concede. ¿No es este, acaso, un tema de fondo? Claro que sí, especialmente cuando esto se realiza con intolerancia y prepotencia, lo cual se ve fomentado por tanta franela que se percibe en su entorno y en otros sectores del país que asumen que la continuidad del crecimiento económico justifica la soberbia del mandatario. Es tanta que el presidente siente que puede hacer lo que le da la gana y, además, contagia a algunos ministros. Por ejemplo, el de la Producción, cuando la emprende contra el periodista de Canal 7 porque no le gustan sus preguntas, o la de Justicia, quien cree que si llama por teléfono para dar 'su’ versión sobre la carcelería de Fujimori, esta se convierte en 'la’ verdad final sobre el problema. El otro tema de fondo acá es la calidad de la gestión pública, especialmente en áreas críticas como la pobreza, y la relación con el partido que ganó la elección en el reclutamiento. Este tiene el derecho de traer al gobierno a sus personas de confianza, y ser aprista –o de cualquier partido– nunca puede ser un impedimento. Pero el país sí tiene el derecho de evaluar los nombramientos, de exigir idoneidad en los mismos, y de estar alerta al eventual uso del Estado como botín. Aunque el presidente se ponga nervioso y altanero.