Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
A finales de 2002, hice acopio de valor y me retiré de la televisión. Me propuse, entonces, cumplir un sueño largamente postergado: vivir como escritor, dedicarme a escribir ficciones y crónicas, no hacer concesiones mercenarias al mundo frívolo de la televisión y ser un escritor ermitaño y a tiempo completo. Durante tres años, el 2003, 2004 y 2005, viví exclusivamente como escritor. Escribí dos novelas (“El huracán lleva tu nombre”, “Y de repente, un ángel”) y pasé temporadas en Miami, Buenos Aires y Washington. De pronto, había recuperado los días mágicos de 1992, 1993 y 1994, en los que me exilié de la televisión y me refugié en Washington a escribir mi primera novela, viviendo cuidadosamente (y como peatón, claro está) de mis ahorros. Esa novela fue publicada en España en la primavera de 1994. Me quedaban apenas mil dólares en el banco. El anticipo que pagó Seix Barral fue de otros mil. Comprendí que tenía que volver a la televisión para pagar las cuentas (ya era padre de familia, y la leche y los pañales para Camila no se podían comprar con promesas de glorias literarias por venir). A finales de 2005, me dieron un premio literario en Barcelona, pero el premio resultó envenenado, porque el jurado (o una parte de él) declaró, al tiempo que me lo concedía, que no lo merecía. Fue una noche inolvidable. Nunca me habían dado un premio diciéndome: no lo mereces, pero toma tu premio y vete ya. Seguramente era verdad, no lo merecía, y no estuvo mal que me lo recordasen. Los primeros meses de 2006, me hicieron dos buenas ofertas: una de la televisión de Lima, para presentar un programa los domingos, “El Francotirador”, y otra de Buenos Aires, para hacer entrevistas en un programa que se emitía los sábados. Desalentado con mi carrera literaria, y viendo diezmados mis ahorros, acepté ambas propuestas. En febrero de 2006, me sentí obligado a romper mi promesa de ser un escritor a tiempo completo (al menos la había sostenido tres años) y volví a alquilarme a la televisión peruana y argentina. Unos meses después, y ya que me había resignado a prostituirme, firmé un contrato con un canal de Miami. Me dieron libertad para decir lo que pensaba (y lo que no pensaba) y para entrevistar a quien me diera la gana (y, sobre todo, para no entrevistar a quien me diera la gana). Pasé el 2006, el 2007 y el 2008 haciendo televisión en Miami, Lima y Buenos Aires. Viajaba todas las semanas entre esas tres ciudades. Era extenuante y divertido. Quedaba poco tiempo para escribir. A duras penas pude dar forma a una novela que titulé “El Canalla Sentimental”, publicada el otoño del 2008. El 2009 tuve que renunciar a las entrevistas en la televisión argentina porque mi salud iba de mal de peor. Tantos viajes me estaban matando. Tantos viajes, tantas noches sin dormir, tantas pastillas tratando de dormir, estaban matándome. Por eso, con tristeza, renuncié a las entrevistas argentinas, a los viajes cada dos semanas a Buenos Aires, la ciudad de mis sueños. En febrero de 2009 tuve una crisis hepática y fui sometido a una torpe cirugía que me dejó peor de lo que estaba. Ya entonces las relaciones con el canal de Miami se habían deteriorado bastante, al punto que en el canal no creyeron que me habían operado y se negaron a emitir los programas que yo les había obsequiado para cubrir las noches que debía pasar en el hospital. En marzo, tras la operación hepática que me salvó de un masivo derrame biliar, me fui dos semanas de vacaciones a José Ignacio, Uruguay, a la casa de una amiga, un descanso al que tenía derecho por contrato. Entonces la gerente del canal de Miami me escribió en términos crispados, exigiéndome que cambiase el contenido del programa y que hiciera más entrevistas. Como me negué a negociar con ella mi independencia periodística (quiero decir, humorística), la señora se ofuscó y me dio un ultimátum de un mes. Al volver a la televisión de Miami, conté que me habían dado un ultimátum porque me exigían cambiar la línea editorial del programa y hacer entrevistas todas las noches, algo en lo que yo no estaba dispuesto a ceder. La gerente se molestó aún más porque revelé en público las amenazas, o las severas advertencias, que ella me había hecho. Llegado julio, el contrato expiró y sentí que no debía quedarme en ese canal de Miami. Habían sido tres años estupendos, gloriosos, de gran éxito por mi parte (o así quiero recordarlos), pero ahora la gerente y sus secuaces querían meter mano en el programa, me conminaban a hacer entrevistas y menospreciaban el estilo periodístico (digo, humorístico) que, gracias al ingenio de mi equipo, habíamos consolidado. Ingenuo yo, pensé que alguna de las grandes cadenas en español de los Estados Unidos no tardaría en contratarme. Por el contrario, se apresuraron en decirme que no tenían interés alguno en contratarme. Comprendí entonces que debía mudarme a Lima, estar cerca de mis hijas, hacer mi programa los domingos (que por suerte seguía gozando del favor popular), cuidar mi salud y dedicar más tiempo a escribir. El canal de Miami (que me quería y no me quería) me hizo un par de ofertas, pero me parecieron menores e inconvenientes, de modo que no fue difícil declinarlas. Mi destino, pensé, estaba en Lima, con mis hijas y mis libros. Ya en proceso de mudarme a Lima, unos amigos colombianos me llamaron a Miami y me hicieron una oferta alentadora: mudarme a Bogotá y presentar de lunes a viernes mi programa internacional, el programa tal como a mí me gusta hacerlo y decirlo, en el estilo y el formato que yo elijo y que nadie me impone ni mangonea ni dicta a gritos. Se trataba de un canal periodístico internacional recientemente lanzado, NTN-24, que ya se veía en Sudamérica y los Estados Unidos. No dudé en firmar con los colombianos. De pronto, y contra todo pronóstico, el destino me había recompensado: seguiría pasando los fines de semana en Lima, gozando del cariño de mis hijas y, las noches de los domingos, del afecto del público en ese festival de humor impredecible que es “El Francotirador”, y viviría en Bogotá de lunes a viernes, con el programa internacional (que yo quería llamar “Baylys” pero seguirá llamándose “Bayly”). Nada de esto no estaba en mis planes, y eso precisamente lo hacía más atractivo. Ahora que está a punto de ocurrir (el programa comienza hoy lunes 2 de noviembre a las 10 de la noche hora de Lima), siento que he sido afortunado y que hice bien en no dejarme atropellar por ciertos ejecutivos de Miami que creían que podían emitir un programa con mi apellido y sin embargo obligarme a hacer en ese programa cosas que yo no quería hacer. Tal vez la pequeña lección de esta historia sea que no siempre las cosas son como uno quisiera que sean (qué daría por retirarme de la televisión y vivir apaciblemente como escritor en Buenos Aires, pero cómo diablos haría para pagar las cuentas de mi familia con el precario dinero de los libros) y que por eso es necesario hacer ciertas concesiones a despecho de la vanidad intelectual (muy bien, no soy un gran escritor, tendré que trabajar en la televisión y encontrar tiempo en las noches para seguir escribiendo novelas), pero que hay ciertas cosas que atañen a la dignidad o la integridad personal sobre las que no se puede o no se debe hacer concesiones (por ejemplo, si me resigno a hacer televisión, será para decir lo que yo quiera, y no para ser títere o marioneta de nadie) y que solo tiene sentido, a estas alturas, seguir trabajando, ya sea en los libros o en los programas o en lo que sea, si te puedes permitir, superado el fastidio de tener que trabajar, el pequeño lujo de hacer lo que te dé la gana. Que es exactamente lo que pienso hacer todas las noches, comenzando hoy desde Bogotá, y lo que pienso seguir haciendo, con gran deleite por mi parte, todos los domingos en Lima, con el público más cómplice de todos los que me han acompañado en mi ya larga carrera de señorito maquillado hablantín. Entretanto, condenado a la rutina de los viajes semanales y a la curiosa amistad que vas desarrollando con los oficiales de migraciones y las azafatas de diversos acentos, te aferras como un náufrago en alta mar a una certeza que todavía flota y que acaso te salvará la vida: lo único que verdaderamente importa es escribir esa maldita novela que te corroe los sesos y te incendia las entrañas y te educa en el noble oficio del rencor y la venganza. No te rindas, Jimmy: debes escribirla antes de morir, y ningún programa de televisión, ninguna pastilla sedante o estimulante, ninguna jodida aerolínea impedirá que la escribas si de verdad eres un escritor. (“Bayly” comienza hoy lunes 2 de noviembre a las 10 de la noche hora de Bogotá y Lima por el canal 725 de DirecTV en Sudamérica y por el canal 418 de DirecTV en Estados Unidos).