Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Leí varias veces –por obligación algunas, por placer otras– el Martín Fierro. Ese fantástico poema gauchesco que delata las injusticias sufridas por los habitantes originales de nuestra América, y quienes nacieron en mestizaje con los europeos. De lo que no hice conciencia en ninguna de las lecturas es de la cantidad de vocablos de origen quechua utilizados por José Hernández –autor del Martín Fierro–. Si este artículo fuera para Argentina, hubiese escrito 'quichua’, pues así se llamaba la lengua que llegó de las tierras altoandinas hasta Santiago del Estero, en el centro de la Argentina. Son tantas que, si alguien me decía que Gardel no es un nombre de origen francés sino un vocablo quechua, podría habérmelo creído. Aquí va una lista limitada de palabras que están ligadas a mi infancia y mi vida toda y que, de algún modo, constituyen un nexo con una de las antiguas lenguas de estas tierras. Estas palabras, que encabezaré con morocho en homenaje a Gardel, son las siguientes: el ya mencionado morocho, calabaza, choclo, papa, poroto, chaucha, locro, humita, cancha, tacho, yuyo, pampa, vincha, achira, totora, mate, carancho, cóndor, chacra, charqui, chucho, guacho, guano, toldo, llama, vicuña, guanaco, vizcacha, quirquincho, guaso, yapa, tata, pilcha, achura, Chaco, chala, chango, chinchilla –posiblemente se trate de una palabra aymara, aunque no hay certeza–, chinchulín, chiripa, chúcaro, guagua, guampa, ojota –derivado de ushuta–, paspado, payador, pochoclo, pucho –en su acepción de 'resto’, de 'sobra’, y por extensión, de 'colilla’ de cigarros, de leños, etcétera–, puma, Puna, pupo, quena, quincho –derivado de quincha, que es la unión de cañas, varillas, yuyos y barro–, suncho –arbusto de tallo largo y, por extensión, cualquier tirante o fleje–, tambo –posada o parador, vaquería, lechería– y upite. Diré que yo, niño descendiente de descendientes de piamonteses y gallegos, y nacido en Argentina, nunca tuve un hispano ombligo, sino un quechuísimo pupo, que iba a la cancha, cortaba yuyos, tomaba mate, visitaba las chacras, escuchaba payadores, fumaba puchos, comía papas, porotos, calabazas, choclos y chauchas, hacía cigarrillos de chala para fumar la barba del choclo, y aunque nunca usé chiripa, a veces me ponía chúcaro y me peleaba con algún chango de los alrededores o comía asado bajo un quincho. También me hubiese gustado tocar la quena, acompañar a mi tata a cazar vizcachas y conocer la provincia del Chaco, donde nació mi mejor amigo. Lo que más me sorprendió fue saber que el argentinísimo chinchulín también viene del vocablo quechua 'ch’únchull’, y me sorprendió que el peruanísimo choncholí no tuviera igual origen. Este último, según la Real Academia Española (RAE), equivale a la palabra cubana 'toti’, que es un pájaro de plumaje muy negro y pico encorvado. En verdad, creo que la RAE está mal informada y el chinchulín y el choncholí son primos por parte del abuelo 'ch’únchull’. En fin, en el chinchulín o el choncholí, hermanos.