Sábado 26 de mayo del 2012 | 19°
Omar Chehade justifica el proceso de copamiento en Essalud con una frase para la antología: “Por algo se han ganado las elecciones presidenciales (…), si un partido gana y después abdica de la posibilidad de entrar con su gente, entonces ¿para qué postulamos?”. De allí la seguidilla, las entidades estatales vacan a centenares de funcionarios para cederles espacio a los ávidos alfiles del nuevo régimen. Se hace trizas el mérito y se emprende la dinámica de nombramientos sin concierto. V.g. una ginecóloga ejerce de embajadora en Francia con las mismas destrezas con las que este columnista ejercería una agregaduría militar o la representación pontificia. Si se ha prescindido del mérito es porque los gobiernos que preceden no consolidaron la carrera pública. Así, de rigor, culmina una gestión presidencial y con el gobernante de salida se van miles, y son miles los que con el nuevo gobernante ingresan al festín. Las vacantes no guardan la lógica de la funcionalidad del cargo. Cada nuevo contratado es un beneficiario de la gratitud política. Cualquier personaje sin formación puede ejercer un cargo que requiere, precisamente, de formación. Para lograr una burocracia ilustrada, en términos de Weber, se requiere desvincular la carrera pública del aparato político del poder. Los cargos de confianza deben reducirse al mínimo, y la regla debe ser la profesionalización de la carrera pública. No vendría mal una escuela de gestión estatal que oficie de filtro para el grueso de aquellos que, en el futuro, pretendan incorporarse al Estado. Claro que, con este filtro ineludible, los partidos quedarían huérfanos de militancia. Una carrera pública con filtros académicos podría dar la hora de una burocracia mejor, aunque, a las finales, los partidos se conviertan apenas en proveedores de parlamentarios y alcaldes. No obstante el costo, sería lo correcto.