Además:

Empresas de inocente apariencia

2010/02/08
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Un fascinante artículo de la revista francesa Marianne sobre el espionaje revela vericuetos asombrosos del cada día más competitivo mundo de los negocios. Cita al presidente galo Sarkozy diciendo: “La información es un recurso estratégico. La capacidad de explotar y proteger los sectores sensibles de nuestra economía es determinante para la competitividad de nuestras empresas, para el ejercicio de nuestra soberanía y para nuestra expansión internacional”. Y agrega: “Un directivo de empresas sin espías es un directivo loco”. A partir de aquí podemos colegir que los servicios secretos desactivados por el fin de la Guerra Fría se están reciclando –con mejores sueldos y nuevos desafíos– en el mundo del espionaje económico. Todo indica que una buena foja de servicios en las agencias de espionaje vale hoy mucho más que varias de las diplomas que es necesario exhibir para acceder a una gran empresa. Explica el artículo que hay tres tipos de información: blanca, negra y gris. La primera es la información abierta, la negra es aquella que es necesario robar, y la gris es la que se puede encontrar indirectamente. Hoy le resulta indispensable a las grandes empresas acumular la mayor cantidad de información sobre sus competidores para, como en la guerra o el ajedrez, poder anticipar eventuales golpes que las descoloquen. Es sabido que en la actualidad, quien queda fuera de las novedades tecnológicas, queda indefectiblemente fuera del mercado. El estrés de los PDG siglo XXI equivale al de un general frente a las líneas enemigas. La diferencia es que las guerras tienen, o solían tener al menos, un período de duración, mientras que la batalla por la conquista de los mercados se prolonga durante toda la vida útil de quienes ejercen un cargo de alta responsabilidad. Hace alrededor de diez años, en el lapso de algunos meses, murieron de estrés diez de los doce ejecutivos más importantes del Japón. Regresando a la necesidad de información –blanca, negra o gris– el artículo subraya, a modo de ejemplo, la competencia entre los dos monstruos de la aviación comercial: la europea Airbus y la estadounidense Boeing. En el diseño del próximo avión gigante, quien se quede atrás en el terreno tecnológico se quedará sin negocio. Por tanto, dice Frédéric Ploquin –autor de la nota que citamos–, todos los golpes, aún los aparentemente prohibidos, están permitidos. Lo único que cuenta es que quien los tenga a su cargo no sea descubierto. Vivimos, subraya Ploquin, “en un mundo salvaje, desregulado, sin tabúes ni barreras”. La pregunta entre quienes habitamos lejos de esas fronteras de locura es saber cuáles son los límites. Mi impresión es que hoy no lo hay, como dice Ploquin, y no los habrá mañana, ni nunca, a menos que la Naturaleza, que parece estar ligeramente alterada, decida poner ella coto a la vertiente de la creatividad humana que atenta contra la continuación de la vida. Las empresas, anónimas como son, no se plantean esos problemas. Y los Estados, a su servicio, tampoco.