Sábado 26 de mayo del 2012 | 19°
Un candidato irreal, con un programa de televisión, arrastrando el voto de protesta, descuadrando a sus contendores, desatando súbitos apoyos y generando ríos de tinta (o bytes) con sesudos (y desconcertados) análisis que nos explican por qué su presencia es nociva para el sistema político. No es Bayly, es un ficus. No es 2010, es 2000. Y no es Perú, es Estados Unidos. Hace diez años, el periodista y cineasta Michael Moore postuló a un arbolito al Congreso norteamericano. En señal de protesta por el sistema bipartidista gringo, Moore utilizó todo el poder de su programa de televisión para hacer campaña por un ficus en su maceta contra un republicano de New Jersey sin rival en su jurisdicción y que, por tanto, tenía la reelección asegurada. La campaña inmediatamente se salió de control: los canales de noticias empezaron a cubrir las actividades del nuevo candidato, los editorialistas criticaron la falta de seriedad de la propuesta y algunos hasta entrevistaron al ficus. Resultado: el ficus llevaba la delantera en todas las encuestas. Cuando le preguntaban a Moore cuándo iba a terminar con la charada, el gordito, con gesto grave, replicaba que no estaba bromeando y que iba a llevar la campaña hasta el final. ¿Les suena familiar? Como es obvio, hay muchas diferencias entre el ficus de Moore y el personaje “Bayle” lanzado por Jaime Bayly a la presidencia del Perú, pero la idea es la misma. Y las reacciones, también. Así como lo estrambótico de la idea atrae y repele a los medios, que inevitablemente terminan publicitando al “candidato”, también sucede lo mismo con los espontáneos. En el 2000, ciudadanos sin ninguna relación con Moore empezaron a postular a sus propios ficus en sus jurisdicciones. En cuestión de semanas, había una treintena de arbolitos en todo el país que aspiraban a una curul en Washington. “FICUS 2000” se convirtió en un fenómeno viral de gente que grababa sus mítines de campaña y se los enviaba al programa de Moore. En 2010, varios peruanos han creado decenas de grupos de Facebook, cuentas en twitter y páginas web apoyando la candidatura de “Bayle”. Como son esfuerzos desperdigados por toda la red, sin coordinación ni centralización en un solo sistema, es difícil seguir el rastro a todos los que le hacen barra (incluidos los grupos “Yo Obligare a mis Viejos a que Voten por Jaime Bayly Ü• este 2011 (:” y “kiero q jaime bayly sea mi president a pezar d q no puedo votar”). Sintomáticamente, uno de los principales entusiastas online de “Bayle” es el congresista desaforado y fan del Blackberry Gustavo Espinoza, que ha creado el grupo “Castiguemos a la actual clase política” (y su análisis: “bueno si es gay es como si las huevas, quien no ha tenido un amigo gay en el colegio”). Donde “Bayle” encuentra mayor oposición es en los blogs. Casi todos los blogs políticos se han espantado ante la sola perspectiva de ver a “Bayle” en la cédula electoral. Se indignan, le escriben cartas y critican su pacto con el ex aprista, ex salista, ex lourdista y ex castañedista, presupuestívoro de profesión, José Barba Caballero, cuya única ideología ha sido y será el Erario Nacional. El problema con todas estas sesudas reacciones es que se están tomando en serio al candidato “Bayle”. Un candidato que, primicia chocherita, no existe. Las candidaturas presidenciales recién se inscribirán en enero de 2011. Solo entonces, dentro de un año, podremos hablar, con certeza, de candidatos presidenciales. Mientras tanto, sonrían, están al aire. Por el momento, Jaime Bayly es un divertimento agitador, que está marcando la agenda del debate y sacando de sus casillas a políticos de todas las tiendas. Como el ficus de Moore, “Bayle” debería servir como un llamado de atención al sistema político. ¿Cómo es que, de entre todas las personas posibles, sea Jaime Bayly quien haya iniciado la campaña de 2011? Sin que lo vieran venir, el francontirador dejó en off side toda nuestra clase política y ha empezado a darles la pauta. Ahora, al resto de aspirantes a candidato no les queda más que unirse al bayle de los que sobran.