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Elegía por la belleza

2008/10/01

La película Elegía, de Isabel Coixet, basada en la novela The Dying Animal, de P. Roth, nos muestra a un intelectual enamorado de una mujer mucho menor.

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Existe la creencia bastante generalizada de que las buenas novelas suelen producir malas películas, y viceversa, lo que nos recuerda lo difícil que es siempre la transposición del lenguaje verbal al visual. Pensé en eso mientras veía Elegy, el filme de la importante directora catalana Isabel Coixet, quien ha hecho una admirable versión de una novela de Philip Roth (1933). No quiero decir exactamente que la obra en la que se basa, cuyo hermoso título original era The Dying Animal (2001), sea mala sino que, cuando la leí, me pareció que su trama estaba comprometida o rebajada por el tono autocomplaciente del relato, que, por momentos, resultaba una mera glorificación, apenas disimulada, del estatus que ha alcanzado el autor, considerado una de las grandes figuras de la novela norteamericana de nuestros días, aparte de las más prolíficas (acaba de publicar Indignation, cuya acción ocurre durante la guerra de Corea). Es muy fácil notar cuánto hay de la vida real de Roth detrás de su personaje David Kepesh. Como él, es una carismática celebridad de los círculos literarios, que aparece frecuentemente en periódicos y televisión, y es invitado por prestigiosas universidades como profesor visitante. Tanto en la novela como en el filme, vemos cómo esa fascinante imagen intelectual que proyecta se traslada a lo erótico, pues David nunca deja de aprovechar esas circunstancias para echar mano, literalmente, a las mujeres que aparecen en el mundo que lo rodea: es parte consabida de su hedonista y cínica filosofía de la vida, que parece dominada por un incurable deseo de conquista y posesión, tal vez porque la seducción amorosa es una forma suprema de poder. David busca sus presas con astucia, con el instinto natural de un depredador. Como las más apetecibles y vulnerables son sus jóvenes estudiantes, sabe buscarlas y seducirlas teniendo cuidado de no ofrecer motivos para ser acusado de acoso sexual. A su amigo George le confiesa que nunca intenta nada con sus estudiantes antes de haberles entregado sus notas finales, tras lo cual les ofrece una fiesta en su departamento, donde siempre comienzan las cosas. Ese es el momento que espera para poder hablar más personalmente con Consuela (sic) Castillo, una joven cubana que emigró cuando era pequeña. (“Consuela” es el raro nombre que tenía en la novela y que el filme respeta, aunque “Consuelo” sonaría mejor). Su belleza deslumbra y tienta a David de modo irresistible. En verdad, esa atracción física se centra en una parte específica de su cuerpo: sus senos, que le parecen de inigualable perfección. Eso no es raro en toda la obra de Roth, quien tiene una peculiar fijación por los pechos femeninos, al punto de que una novela corta suya se titula The Breast (1972), en la que un hombre no se enamora realmente de una mujer sino sólo de ese atributo corporal. Este crudo fetichismo no le impide a David ser, además de un famoso escritor, un hombre muy refinado, un gran amante del arte, la fotografía y la música; llega a considerar la belleza femenina como un objeto de contemplación artística. A George le dice algo interesante, que cito de memoria: “La belleza de la mujer la hace invisible porque nos impide ver quién realmente es ella”. La relación entre los dos se inicia como una simple atracción sexual; luego se convierte en una auténtica pasión y, finalmente, en una obsesión; las diferencias de edad (él tiene el doble de años que ella) y las culturales, entre otras, empiezan pronto a crear conflictos y, sobre todo, a consumir a David con los celos. Cuando esas diferencias llegan a ser intolerables para Consuela, ella lo abandona y vuelve con su familia. David pasa por un período de reflexión melancólica y otoñal sobre lo que debe esperar de la vida, ahora que Consuela no forma parte de ella. Dos años después, recibe una llamada de ella, en la que le pide ir a verlo para contarle algo importante. Esa revelación –que no implica la posibilidad de volver a empezar– es terrible y le arranca a él lágrimas conmovedoras. “Tienes más miedo que yo”, le dice Consuela, y tal vez sea verdad. La versión de Coixet es impecable: cuenta la historia con un control sutil y riguroso, sigue una firme línea dramática en medio de las transiciones de escena a escena, y va ahondando –con mayor convicción que la novela– la cuestión profunda que subyace a la simple aventura sexual. Todo cobra un clima elegíaco y aleccionador, marcado por la conjunción del erotismo y la muerte, tan frecuente en la obra de Roth como en las sombrías novelas de Bataille. Esa atmósfera de soledad y silencio interior me hizo recordar la anterior película de Coixet, La vida secreta de las palabras (2005), cuyo tema central es la relación entre una enfermera y un obrero de una plataforma de explotación petrolífera que ha quedado temporalmente ciego. El nivel de las actuaciones en Elegy es excelente. Ben Kingsley y Penélope Cruz interpretan a la pareja protagónica con notable intensidad, pero la actuación de Kingsley sólo puede calificarse de perfecta. Del resto cabe mencionar a Dennis Hopper (el motociclista rebelde de Easy Rider, ese clásico de los años 60), que hace un magnífico retrato de George. En todo, la producción tiene un rigor y calidad poco comunes.