Domingo 27 de mayo del 2012 | 22°
Las recientes encuestas sobre intención del voto presidencial para las lejanas elecciones del 2011 son el mejor indicio de que, aun siendo así, este proceso prácticamente se ha iniciado y será largo y tedioso. La abrupta caída de la aprobación de la gestión presidencial es el principal acicate para que las intenciones y las ¿maquinarias? electorales se echen a andar. Si el presidente Alan García gozara de una aprobación superior, los protocandidatos tendrían más cautela. El creciente aislamiento del gobierno deja un espacio político y social tan amplio que cada aspirante percibe que, si no se lanza desde ya sobre los votantes, habrá otro que le gane el vivo y reduzca sus futuras posibilidades. La propia debilidad de los partidos o movimientos políticos induce a que sus líderes consideren que ha llegado el momento de iniciar la marcha hacia el sillón presidencial. Los movimientos políticos en el Perú de hoy solo tienen vigencia en campaña: pronunciamientos, viajes, mítines y cualquier iniciativa que les otorgue visibilidad. En estos dos años de gobierno, la oposición política casi no ha existido; y su actuación en el Parlamento ha sido lamentable o intrascendente, salvo excepciones como la reciente derogatoria de la llamada Ley de la Selva. Más aún: la mayoría de agrupaciones con representación congresal se han fragmentado y no son ni la sombra de lo que fueron en el 2006, cuando obtuvieron sus curules. Estas mismas agrupaciones tienen poco o nada que decir frente a los movimientos sociales de protesta. El ámbito social tampoco es su cancha. Su acción se reduce a declarar sobre las demandas o las modalidades de lucha de quienes reclaman; en ningún caso conducen estos movimientos. Aunque a veces participan, al ser emplazadas por los medios de comunicación o el gobierno, inmediatamente minimizan su actuación. Las elecciones inyectan vida a las lánguidas agrupaciones políticas, les otorgan espacio en los medios de comunicación y sus iniciativas despiertan ciertas expectativas. En eso se está ahora. Para el Apra, el efecto más complicado de este inicio adelantado no es la actuación de los futuros competidores, sino el riesgo de que se debilite la base de apoyo del gobierno. Esto, sobre todo en la derecha y, en especial, entre los empresarios: preocupados por la continuidad del modelo económico y por un eventual triunfo de Ollanta Humala u otro candidato parecido, comenzarán a mirar de manera cada vez más condescendiente a sus candidatos más 'naturales’, Lourdes Flores y Luis Castañeda, y el presidente García dejará de ser el engreído.