Domingo 27 de mayo del 2012 | 22°
En 1958, cuando tenía unos 30 años y era un desconocido, Edward Albee estrenó en Berlín The Zoo Story, una pieza en un acto que tuvo un gran éxito cuando se repuso –en un mismo programa con Krapp or the Last Tape, de Samuel Beckett– en Estados Unidos y en incontables escenarios por todo el mundo. Así, el autor comenzaba una larga carrera teatral que lo convertiría, con piezas como Who’s Afraid of Virginia Wolf? y Three Tall Women, en uno de los autores más importantes de nuestro tiempo. Esa primera obra era notable por ser tan simple como dramáticamente eficaz: en un banco de Central Park, dos desconocidos –Peter, un exitoso editor de libros de texto, y Jerry, un solitario que vive en muy precarias condiciones– se encuentran y sostienen una conversación. Eso es todo o casi todo. Hace muy poco tiempo, Albee decidió volver sobre esa pieza, escrita medio siglo atrás, para realizar con ella algo bastante insólito: no exactamente reescribirla o revisarla, sino agregarle un acto que antecediese a lo que ocurrirá en el parque y que nos permitiese ingresar al mundo privado de Peter, que desconocíamos por completo; no se trata, pues, de una secuela, sino de algo distinto, para la cual Albee ha tenido que inventar la palabra “prequel”: lo que ahora va antes fue creado después. Vemos a Peter y a su esposa Anna (un personaje totalmente nuevo) en su confortable y pulcro departamento de Nueva York; por eso, la obra resultante tiene como título At Home at the Zoo, que puede entenderse en un sentido directo pero también oblicuo, que homologa el hogar conyugal con el zoológico. Aunque en la superficie todo luce civilizado, razonable y apacible, se percibe una tensión que lentamente va haciéndose visible. Las primeras palabras que pronuncia Ann son reveladoras: “Deberíamos hablar”, le dice a Peter al entrar al living donde él está absorto leyendo un libro. Peter no contesta, y solo tras unos segundos de silencio y después de que ella ha repetido la frase, Peter le dice: “¿Hablar? ¿De qué?”. Ese es un indicio de que entre ellos existe un serio problema de comunicación y que en su conversación hay vacíos, incómodos silencios y un persistente aire absurdo. Albee lo subraya con un lenguaje gélido, de precisión cronométrica, que suena como una especie de pimpón verbal en el que no hay emociones ni una palabra de más. Todo deja traslucir algo problemático e inconfesado. El espectador puede sospechar que la cuestión es de naturaleza sexual, pues el diálogo se fija en esos temas: por un lado, él le confiesa una juvenil historia de violencia sexual que realizo para complacer a una muchacha; por otro, Ann le aclara las diferencias entre hacer el amor (que reconoce funciona bien entre ellos) y fornicar, que les falta. Dicho eso, nada parece haber cambiado en su relación: la vida sigue su rutina. Lo que sigue es lo que era la escena única en la versión original: el diálogo o, mejor dicho, el monólogo en el parque, pues Peter apenas si habla mientras Jerry impone su charla cada vez más perturbadora, desconcertante y agresiva. En esa charla la historia dominante –que él mismo llama “la historia de Jerry y el perro”– es como un prólogo a la del zoológico, que nunca llegaremos a conocer– y resulta un relato absorbente, con una lógica a la vez impecable y delirante, casi surrealista. Describe cabalmente la concreta y terrible realidad en la que vive ese hombre en su mísero cuarto, sin compañía, sin amor, sin ninguna razón profunda para seguir adelante. En el trágico desenlace, que es mejor no revelar a los que no conocen la obra, vemos cómo Jerry provoca a Peter y lo usa como partícipe de su desesperado propósito y así alterar la tranquila vida de este para siempre. El contraste entre los dos actos es muy marcado, sobre todo por el diferente estilo de textos escritos en épocas tan distantes. Puede decirse que el primer acto tiene un carácter preparatorio para el segundo, pero que no es estrictamente necesario para apreciar el impacto que este produce. De cualquier modo es evidente que el autor pensó que revelarnos el mundo interior de Peter intensificaba el efecto de lo que viene después. La pieza ha sido estrenada por una compañía teatral de Filadelfia, con la dirección de Mary Robinson y bajo la supervisión general del propio Albee, quien estuvo en la ciudad para asistir a ensayos y hacer sugerencias. Las tres actuaciones son de muy alto nivel, pero si hubiese que elegir una, lo más justo sería destacar la de Andrew Polk quien, como Jerry, ofreció una interpretación memorable.