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Sociedad | Mar. 23 sep '08
Eduardo Adrianzén: “En mi casa solo se hablaba de política y yo veía telenovelas”
"Más que un fan, creo que ya soy un estudioso de las telenovelas. Es mi material de estudio. Tengo un libro acerca de eso. En verdad, esa era mi vocación. Pero, claro, nadie estudia para hacer telenovelas. Entonces, yo, de chico, las escribía por miles en mis cuadernos Loro", cuenta Adrianzén.
¿De qué trataban?
De lo que se me ocurría. Historias de gente, melodramas... Avanzaba 25 capítulos y, luego, las dejaba. Incluso lo hice en la universidad.
¿Cómo hizo para actuar en La ciudad y los perros?
Como tenía tanto tiempo en la universidad, me metía a todo, incluyendo talleres de teatro. Me enteré de que estaban haciendo la película y fui a buscar a Lombardi. Yo ni lo conocía –soy bien conchudo, la verdad–. Me miró, se rió y me mandó a hacer el casting. Yo quería hacer el papel principal, evidentemente, pero me di cuenta de que no me lo iban a dar y de que, por mi cara de bueno, me iban a dar el papel de zonzo. Al final fue divertido.
¿Y cómo entró a la escritura?
En ese rodaje tuve la suerte de conocer a Augusto Tamayo que, cuando necesitó un asistente para una telenovela llamada Carmín, me llamó. Esa era la llamada que yo había esperado 21 años. Todo es por algo. Hay que buscar las cosas y no esperar a que lleguen.
En sus telenovelas ha abordado el racismo. Usted ha sido el primero en hacerlo. ¿Esperaba que lo dejaran?
En honor a la verdad, no fui el primero. En los años 70 se habló de racismo en telenovelas como Una larga noche, donde salía el romance interracial de Reynaldo Arenas y Liz Ureta; en El diario de Marcos, una novela rarísima del año 75, se habló de racismo en un colegio. Yo las había visto y sabía que se podía. Y pensaba que si la gente no hablaba de esto era porque no le daba la gana, porque eran medio pitucos.
¿No se atrevían?
Yo pienso que lo terrible es la autocensura. Cuando comencé a hacer mis cosas en TV, pensé “voy a jalar la pita hasta donde me boten”. ¿Por qué me tengo que censurar yo? Si a la TV solo le interesa el rating, se lo daré con temas que me interesan a mí.
¿Cree que sus novelas ayudan a que haya menos racismo en el Perú?
Según estudios brasileños, los temas que se colocan en las novelas generan discusión solo mientras la novela está en TV. No crean conductas permanentes. Si una novela pone a una chica con cáncer de mama, los exámenes aumentan. Se acaba la novela y todo regresa a lo normal. La novela no cambia el mundo. Solo pone temas en agenda. Pero no creo que la novela tenga que hacer más que eso. Su misión es entretener. Por eso estoy en contra de los que dicen que las novelas embrutecen. Lo que hay es gente que era estúpida desde antes.
Respira ha ganado el premio de dramaturgia del Británico. ¿De qué trata?
Es una obra autobiográfica. A través de una familia, retrata la historia del Perú del año 79, momento clave, cuando aparece Sendero Luminoso. Es una tragicomedia que habla de política y religión. Es una familia caviar en la que, mientras el hijo menor se prepara para la primera comunión, el mayor se está metiendo a Sendero. El tema es en qué cree uno.
Usted está preparando otro proyecto sobre Javier Heraud, el poeta que murió en la guerrilla.
Sí. Yo trabajo sobre temas. Con Respira quiero entender qué le pasó a mi generación. ¿Qué nos encontramos cuando salimos al mundo? La historia de Heraud va más atrás. Son los hijos de la revolución cubana. Lo que propongo es entender el mundo de acuerdo con la mentalidad del momento, no con la perspectiva de hoy. Cuando hice Espinas, ambientada en 1617, sobre las amigas de Santa Rosa de Lima, me interesaba entender cómo era entonces la devoción religiosa y lo femenino para no caer en el tópico de que Santa Rosa era loquita porque se azotaba. No era así. No es así.
Aborda la historia de la izquierda, el pensamiento omnipresente en los 60 y 70, pero del que no se volvió a hablar más después de la caída del Muro.
Los que vivieron esa época se pasmaron. Pero ya están reaccionando. Los otros somos sus hijos, que no la protagonizamos, pero sí la sufrimos. Era medio esquizofrénico: en la casa solamente se hablaba de política, pero yo veía sólo telenovelas.
De lo que se me ocurría. Historias de gente, melodramas... Avanzaba 25 capítulos y, luego, las dejaba. Incluso lo hice en la universidad.
¿Cómo hizo para actuar en La ciudad y los perros?
Como tenía tanto tiempo en la universidad, me metía a todo, incluyendo talleres de teatro. Me enteré de que estaban haciendo la película y fui a buscar a Lombardi. Yo ni lo conocía –soy bien conchudo, la verdad–. Me miró, se rió y me mandó a hacer el casting. Yo quería hacer el papel principal, evidentemente, pero me di cuenta de que no me lo iban a dar y de que, por mi cara de bueno, me iban a dar el papel de zonzo. Al final fue divertido.
¿Y cómo entró a la escritura?
En ese rodaje tuve la suerte de conocer a Augusto Tamayo que, cuando necesitó un asistente para una telenovela llamada Carmín, me llamó. Esa era la llamada que yo había esperado 21 años. Todo es por algo. Hay que buscar las cosas y no esperar a que lleguen.
En sus telenovelas ha abordado el racismo. Usted ha sido el primero en hacerlo. ¿Esperaba que lo dejaran?
En honor a la verdad, no fui el primero. En los años 70 se habló de racismo en telenovelas como Una larga noche, donde salía el romance interracial de Reynaldo Arenas y Liz Ureta; en El diario de Marcos, una novela rarísima del año 75, se habló de racismo en un colegio. Yo las había visto y sabía que se podía. Y pensaba que si la gente no hablaba de esto era porque no le daba la gana, porque eran medio pitucos.
¿No se atrevían?
Yo pienso que lo terrible es la autocensura. Cuando comencé a hacer mis cosas en TV, pensé “voy a jalar la pita hasta donde me boten”. ¿Por qué me tengo que censurar yo? Si a la TV solo le interesa el rating, se lo daré con temas que me interesan a mí.
¿Cree que sus novelas ayudan a que haya menos racismo en el Perú?
Según estudios brasileños, los temas que se colocan en las novelas generan discusión solo mientras la novela está en TV. No crean conductas permanentes. Si una novela pone a una chica con cáncer de mama, los exámenes aumentan. Se acaba la novela y todo regresa a lo normal. La novela no cambia el mundo. Solo pone temas en agenda. Pero no creo que la novela tenga que hacer más que eso. Su misión es entretener. Por eso estoy en contra de los que dicen que las novelas embrutecen. Lo que hay es gente que era estúpida desde antes.
Respira ha ganado el premio de dramaturgia del Británico. ¿De qué trata?
Es una obra autobiográfica. A través de una familia, retrata la historia del Perú del año 79, momento clave, cuando aparece Sendero Luminoso. Es una tragicomedia que habla de política y religión. Es una familia caviar en la que, mientras el hijo menor se prepara para la primera comunión, el mayor se está metiendo a Sendero. El tema es en qué cree uno.
Usted está preparando otro proyecto sobre Javier Heraud, el poeta que murió en la guerrilla.
Sí. Yo trabajo sobre temas. Con Respira quiero entender qué le pasó a mi generación. ¿Qué nos encontramos cuando salimos al mundo? La historia de Heraud va más atrás. Son los hijos de la revolución cubana. Lo que propongo es entender el mundo de acuerdo con la mentalidad del momento, no con la perspectiva de hoy. Cuando hice Espinas, ambientada en 1617, sobre las amigas de Santa Rosa de Lima, me interesaba entender cómo era entonces la devoción religiosa y lo femenino para no caer en el tópico de que Santa Rosa era loquita porque se azotaba. No era así. No es así.
Aborda la historia de la izquierda, el pensamiento omnipresente en los 60 y 70, pero del que no se volvió a hablar más después de la caída del Muro.
Los que vivieron esa época se pasmaron. Pero ya están reaccionando. Los otros somos sus hijos, que no la protagonizamos, pero sí la sufrimos. Era medio esquizofrénico: en la casa solamente se hablaba de política, pero yo veía sólo telenovelas.
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