Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
Nunca en la historia de la humanidad, la comunicación ha sido tan veloz, tan fácil y tan accesible a cualquiera que pueda usar una computadora. Se presupone que ahora todos estamos conectados y que el flujo de información ya no tiene fronteras, lo que crea la posibilidad de que podamos conocer o aprender -prácticamente gratis o por muy poco dinero- lo que queramos. La Internet es una increíble herramienta para democratizar el saber y la cultura en todas sus formas y, además, instantáneamente. Pero ocurre siempre que, al avanzar, la civilización también retrocede o pierde irremediablemente algo que, siendo valioso, empieza a ser percibido como obsoleto y, por lo tanto, descartable; así nos vemos obligados a renunciar a prácticas sociales o individuales que son parte entrañable de nuestra vida ante la irresistible presión masiva para ir en otra dirección. Aclaro de inmediato -para los que puedan pensar que soy un incurable nostálgico, un romántico o escéptico que se resiste a usar los adelantos tecnológicos de nuestra era- que, por cierto, escribo este texto en una computadora que lo transmitirá por vía electrónica y que soy un devoto del e-mail. Pero, a la vez, pienso que esos mismos avances de la moderna civilización conspiran contra ella y la niegan en aspectos sustanciales. Aprender algo -lo que fuese- es un proceso que supone cierto esfuerzo, lo que es parte del mismo aprendizaje, pues nos hace valorar lo que estamos adquiriendo. Ese importante elemento ha desaparecido casi por completo: todo está, literalmente, al alcance de nuestros dedos; en pocos minutos o segundos puedo tener ante mis ojos la información que busco, copiarla, compartirla con otros, manipularla como me plaza y sin salir de casa. ¿Qué hay de malo en esa increíble maravilla? Que induce a la pereza mental, a la falta de rigor o concentración: como todo es de tan fácil acceso, no tengo de qué preocuparme, ya que lo que busco estará allá, esperándome. La máquina me ahorra pensar. Hay, o puede haber, sin duda, una "democratización" del saber pero muchas veces en el sentido de que recompensa por igual al que se esfuerza y al que no. Es decir, el conocimiento se trivializa. He tenido estudiantes (no diré en cuál universidad) que "investigaban" buscando datos en la Internet mientras veían un partido en televisión o acariciaban de paso a su enamorada, todo con casi el mismo aire distraído. Antes, ciertos aspectos de la investigación humanística, como la preparación de bibliografías o la búsqueda de fuentes primarias, permitían distinguir al diligente del flojo (o del simple plagiario) y reconocer a quien tenía el talento, la paciencia y la verdadera vocación para dedicarse a esas tareas. Hoy no es muy fácil separar unos de otros. De hecho, el sacrificado oficio de bibliógrafo casi ha perdido su significado: las bases de datos lo resuelven todo sin pasar penurias. El peor resultado de esa facilidad es que el inmenso caudal de información disponible no corresponde necesariamente con un mejor nivel de la comprensión profunda de lo que se estudia y tampoco con la calidad del lenguaje escrito. El e-mail no solo ha hecho desaparecer el género epistolar tal como lo conocíamos sino que nos ha habituado a la improvisación y al descuido, que se basan en el supuesto general de que los e-mails son solo funcionales y que no tienen ningún valor intrínseco: aparte de virtuales, son perecibles por naturaleza. Muchos usuarios (y no me excluyo) no corrigen repeticiones o leves imperfecciones expresivas porque saben que el otro entenderá pese a todo. Esto ha generado un fenómeno pernicioso: el de la grafomanía de los que no tienen nada que decir y que de todos modos lo dicen (lo mismo pasa con la garrulería estimulada por el teléfono celular). El hábito del e-mail tiende a hacernos pensar que el estilo y la ortografía no son tan importantes. La prisa nos esta enseñando a ser desprolijos, a ser autoindulgentes cuando escribimos mal. ¿Tendremos que volver a aprender las virtudes de la lentitud y la reflexión?