Además:

Diferencia abismal

2005/02/27
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La teoría marxista, las putas y el lumpenaje son algunos de los temas que aborda el escritor para contarnos sobre el pasado y el presente de la sociedad peruana. No hace mucho utilicé la frase "cabrona canción" para referirme a una racista melodía seudo afroperuana que dice: "Ay, mama Iné, todos los negros tomamos café". Presiento que algunos, y especialmente el poeta de la huaca Wantile, Juan Cristobal, deben haber objetado la frase y propuesto la enmienda. Un clavo saca otro clavo. ¿Por qué no "puta canción"? Suena más a chongo de Pablo Macera. Nica. Nicanor, como se decía en Ica en los años 70, tiempo de un velasquismo de prontuario que muy bien podría haber prohijado a los Humala. ¿Que no? Yo los veo de la misma calaña. ¿Dónde está el matiz de diferencia entre el mayor Antauro y el mayor Salvatecci? Bueno, jamás podría establecerse equivalencia entre las frases "cabrona canción" y "puta canción". Una diferencia abismal separa a dichas expresiones. Antinomia chinchosa, peor que si se tratara de vinagre y aceite vertidos en la misma trajinada botella de precaria despensa. Sin embargo, todavía la criollada podría argüir con gracejo y disimulado racismo: Es la misma chola con distinto calzón. Rica champa. En la frase "puta canción", el usuario escarnece en vano a las mujeres atrapadas en el oficio milenario, ya documentado en la Biblia: Deuteronomio 23:17, Proverbios 23:27, Genesis 38:15, Levitico 19:29 y tantas otras páginas del libro sagrado. Por eso, dejemos en claro. La puta no es una delincuente, menos una lumpen como pontifican, todavía, muchos textos de jurisprudencia y criminología que alguna vez leí en el despacho del finado Pedro Reyes Ravenna. Por el contrario, el cabrón sí es un criminal, un explotador, un embustero, un aciago espécimen del lumpenaje. Así consta en los anales pérfidos que configuran el perfil del abogado y jurista castrense, mayor Vladimiro Montesinos, asesor presidencial de seguridad e inteligencia. Entonces, al cabrón o caficho, rufián, gigolo o maquereau (macro) como prefería llamarlo Karl Marx, si se le puede afrentar e injuriar sin la mínima consideración. Echale los perros, los mastines del general Juan Velasco Alvarado. El cabrón es bazofia social. De modo que una canción fraudulenta, racista, que pasa cual si fuera parte del folklore afroperuano, bien puede ser tildada de cabrona. Antes que alguien saque el verduguillo y me enmiende la plana digo que, en efecto, la teoría marxista introdujo en el discurso ideológico la monserga que las mariposas diurnas y nocturnas formaban parte del lumpenaje. Lumpen, esa cloaca de todas las clases sociales. No me refiero al grupo poético Kloaka que animaban el faite Domingo de Ramos y Roger Santiváñez, ahora en Temple University, Filadelfia. Mujeres de America Latina, expertas en marxismo como la chilena Martha Harnecker, autora fructuosa, en ningún momento hicieron la observación pertinente. Al guardar silencio, ostras en su concha, sin querer fueron cómplices del infundio político y de izquierda contra las putas. Pero, tipo boticario de caserío, vayamos por partes y cucharadas, tal cual lo recomendaba, pacencioso, el marxólogo peruano Raimundo Prado, profesor en la Universidad de San Marcos. Puestas sobre la mesa del garito timbero, las cartas textuales muestran que no fue Karl Marx, también autor de la novelita erótica humorística Félix, quien les chantó a las putas la infame etiqueta de lumpen. No, ¡qué va! Marx, vicioso lector de El Quijote, obra que obsequiosamente distribuía entre sus amigos más queridos, empezando por Frederick Engels, era un espíritu demasiado imaginativo. Jamás iba a ignorar el papel histórico que en otras etapas de la humanidad habían cumplido las putas. Esa calumnia, que las putas eran lumpen, fue adobada por el fraudulento "marxismo soviético", creatura de la una vez todopoderosa Academia de Ciencias de la URSS. Cierto, "ciencias" a secas. No "ciencias políticas". Esto porque la alquimia soviética sacó del perol caldero la categoría socialismo científico. Con tal cocción fue transformado en monstruo ideológico, premeditado, el breve ensayo que Frederick Engels publicó primero en la revista francesa Revue Socialisme, bajo el título "Socialismo utópico y socialismo científico". Por supuesto, desde siempre voté por el socialismo utópico, oxímoron real y concreto que perdura en las comunidades de Amish y Menonitas. Aun de púber, cuando militaba en la juventud aprista, era un socialista utópico y autárquico para mayor ofensa. Después, con las aguas y los ríos que van a dar a la mar brava, infestada de peje machete, la izquierda ultra y maoísta, cerca la cual fue mi teoría y praxis, no dejaría de achacarme un radicalismo que, supuestamente, solo encubría una rancia proclividad reaccionaria. De ahí que escribía crónicas de baja estofa, sobre el boite Pigalle y Betty di Roma, en la revista La Calle que dirigía Ernesto Hermoza. Bien reclamaba la guaracha del macho Camacho: "Te conozco bacalao/ aunque vengas disfrazao". ¿Quién sabe? El caso es que nunca existió, ni siquiera en teoría, socialismo científico. Eso fue un fraude ideológico avalado por el sector hegemónico en la ciencia social de entonces. Frederick Engels solo teorizó al respecto y paso la página. A otra cosa, mariposa. Respecto a la puta y al lumpenaje, la verdad meridiana es que Karl Marx no tuvo vela ni cirio en esa primera comunión. En el librito El 18 brumario de Luis Bonaparte, capítulo V, el ideólogo Karl Marx enumera minuciosamente lo que él llama lumpen proletariado. Aquellos desclasados que el poder burgués podía utilizar a su favor. Con el tiempo --nazismo, franquismo- el mundo será testigo de la predilección que las tendencias fascistas del poder económico sienten por los sectores lumpenizados. La lista de Karl Marx es larga: Decadentes de dudoso origen y medios de existencia, burgueses arruinados y expulsados de su clase, vagabundos, soldados desertores, expresidiarios a la deriva, estafadores, charlatanes de feria, carteristas, timadores, jugadores, cabrones, proxenetas, matones de burdel, organilleros, ropavejeros y aun pordioseros. Marx nunca menciona a las putas. Sin duda, Karl Marx tiene enorme razón al omitir a las putas del lumpenaje. Luego ilustra mejor el bosquejo en Historia de las doctrinas económicas, cuando señala enfático: "Un filósofo produce ideas; un poeta, versos; un cura, sermones; un delincuente, delitos". En cambio la puta, así como el poeta o el artista, produce placer. Placer sexual o simple satisfacción venérea. Podemos ver cómo el tiempo y el desarrollo fueron haciendo mella en la teoría marxista. Si algunos comisarios que se dicen marxistas no lo admiten es porque siempre fueron solo comisarios, guardianes de sus privilegios de caserío. En el siglo XIX un charlatán de feria era un delincuente, un marginal, un vagabundo. Media centuria más tarde, ser charlatán de feria ya era una ocupación pasable, aunque dudosa, como cualquier actividad artística. Nadie quiere un hijo charlatán o poeta, oígame Dios. Que me escuche el Dios bueno, el que te lava los pies pezuñentos después de intenso trajín. No el Dios malo que aniquiló a Onán por quítame esta paja. Pero en el siglo XXI, el charlatán de feria puede ser un privilegiado y admirado comediante de la televisión. ¿Acaso tenían razón quienes antes de 1950 ya hablaban de marxismo congelado? Aníbal Quijano siempre ha pasado como muy inteligente, mas él siempre pensó que el marxismo era corriente agua de manantial, dialéctica, viva. Aunque su propia teorización fuese engorrosa. Aun el organillero, por ser una especie en peligro de extinción, se ha convertido en una rara ocupación mimada y privilegiada en cada pueblo donde todavía sobreviva como un quehacer estrambótico, con su singular parafernalia musiquera. Tambien la plusvalía ha quedado al garete debido al avance de la cibernética y la automatización. Ni hablar cuando empiecen a suplantarnos los robots, esos seres electrónicos, con inteligencia artificial, cuyo nombre fue inventado, en 1921, por el escritor checo Karel Capek para su obra teatral RUR (Rosum Universal Robots). En ese entonces, cuando Karel Capek hacía lo suyo, Steven Pinker, el gurú de la inteligencia artificial y el lenguaje, no había nacido. Ni siquiera Noam Chomsky, el de la gramática transformacional y generativa. Pero ahora ya tenemos señas suficientes que la utopía socialista, la de Tomás Moro y las siguientes, necesitan nueva teorización. ¿El neomarxismo? No. Jamás. Eso es refrito, consuelo de tontos, tacutacu meneado por mediocres. Basta de pastiches. Necesitamos una teoría lúcida que no ponga puta y cabrón en la misma categoría. Planteamientos que resistan el asedio de la razón y la lógica. Y, sobre todo, a prueba de ética. Sí, ética, aquella que amaba el sefardí Baruch Spinoza. Aquella que nos ofrece de igual a igual su linda corola.