Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
La probable razón de que Martha no sospechase nada raro era que Minna vivía con ellos en la misma casa -ayudándola con las tareas domésticas- desde que la muerte de su novio la dejase soltera para siempre; en total, Minna permaneció allí más de cuatro décadas, lo que significa que los Freud estaban acostumbrados a su presencia cotidiana en el círculo familiar; formaban una especie de "matrimonio de tres". Pero sucedió lo que suele suceder: esa relación se convirtió en el clásico triángulo amoroso que ambos trataron de mantener en secreto y del que tal vez Mar-tha nunca se enteró. Se trataba, sin embargo, de un secreto a voces, que originó numerosos comentarios, sospechas e hipótesis discutidos ardorosamente durante muchos años. Los defensores del legado intelectual y científico de Freud, que son legión en todo el mundo, se resistieron siempre a dar mucho crédito a lo que consideraban meros rumores sin fundamento. Quien llegó más lejos en insistir que el affaire realmente existió fue Carl Jung, uno de los más importantes discípulos de Freud, pero también considerado su archirrival. Jung invocó conversaciones con su maestro y también con Minna, quien le habría confesado el affaire y que ella se sometió más tarde a un aborto como consecuencia de sus amores. Pero, claro, faltaba la evidencia material que probase que alguna vez ellos habían tenido intimidad. Todo indica que ahora la tenemos. La biografía de Freud va a sufrir un cambio radical. Pese a su apariencia, la historia es mucho más que un incidente escandaloso o impertinente en la vida de Freud. La conducta privada de cualquier persona pública está siempre sujeta a revelaciones de este tipo. Al respecto, creo que los biógrafos solo tienen algún derecho a meterse bajo las sábanas de sus personajes si la intromisión ayuda a descubrir algo que tiene relevancia para entender mejor su obra. En el presente caso la tiene y por una razón fundamental: el psicoanálisis freudiano es una teoría y una práctica que se basa en la relación de absoluta confianza que debe establecerse entre el psicoanalista y su paciente para que este le confiese hasta lo inconfesable y aquel pueda curarlo o aliviarlo. ¿Pero qué pasa si el especialista no es capaz de hacer lo mismo? ¿Puede mantenerse el pacto de sinceridad con el paciente si el otro no sigue esa regla en aspectos claves de su propia vida? ¿No sería eso un caso de doble conducta poco profesional? No importa tanto el desliz que cometió Freud, pues bien sabemos, precisamente por sus tesis, que suelen ocurrir por razones no solo carnales, sino psicológicas y emocionales, muy humanas y profundas. Importa entender que si decidimos satisfacer nuestro propio deseo, debemos estar preparados para admitirlo sin excusas. ¿Por qué no lo hizo Freud? ¿Habrá que someterlo a una sesión psicoanalítica póstuma?