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Deshojando la margarita de la crisis

2010/01/27
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Buscar comprender lo que está ocurriendo e intentar descifrar con espíritu objetivo lo que nos deparará la economía en el futuro mediato e inmediato no nos hace esquizofrénicos, pero nos acerca muchísimo a esa enfermedad. Vivimos atrapados entre varias interpretaciones de la realidad que, en algunos casos, obedecen a intereses coyunturales y, en otros, a interpretaciones producto de la honesta postura ideológica de quienes la sostienen. El porvenir tiene, en la actualidad, una gama tan variada de respuestas que solo una necedad militante nos permitiría depositar ciegamente nuestra fe en cualquiera de ellas. Para los medios de comunicación locales, la economía marcha viento en popa y auguran un crecimiento para el 2010 de hasta el 6%. Estas interpretaciones, fundadas en datos objetivos y optimistas de la realidad local, no se compadecen de las dificultades que están enfrentando los países que siempre han sido considerados como las locomotoras del desarrollo. Estados Unidos y la Unión Europea están lejos de haber superado la crisis. Los datos positivos de algunas de las economías europeas y la información poco menos que decepcionante que proviene de los EE.UU. pueden ser falsas golondrinas anunciando un verano que no será tal. Nadie debe alegrarse pues el precio, como siempre, lo terminarán pagando los sectores más desprotegidos de la sociedad. No habrá nunca más en la historia 700,000 millones de dólares para rescatar nada que no sea un banco. Esta suma, que es solo la que aplicó EE.UU. a nivel interno, vuelve irrisoria la ayuda que se había planteado dar al Tercer Mundo para paliar la crisis alimentaria: 22,000 millones de dólares que, finalmente, se vieron reducidos, debido a la crisis financiera, a solo 2,200 millones. Una mísera propina que desnuda los valores que sustentan la ideología del sistema: ni el hambre, ni el medio ambiente, ni la salud, y muchísimo menos la educación, valen lo que valen los bancos. Como alguien dijo: si el calentamiento global fuera un banco, el problema ya estaría resuelto. Si hubiera algún argumento que sustente esta postura, en consonancia con la ética y los valores humanos más elementales, me gustaría que me lo hagan saber. Lo que me preocupa es algo que leí del filósofo esloveno Slavoj Zizek, quien cree que “es ingenuo confiar en los efectos positivos de las crisis económicas. La última exhibe las fisuras del neoliberalismo y parece encaminarse hacia la imposición de drásticas medidas para perpetuar el capitalismo salvaje”. Y agrega que “si bien las crisis sacan a la gente de una actitud de complacencia y la llevan a cuestionar los fundamentos de su vida, la primera reacción espontánea es el pánico, que lleva a un 'retorno a las cosas básicas’: las premisas básicas de la ideología imperante no se ponen en duda, sino que se afirman de manera aún más violenta”. Como vaticinio es aterrador, pues no sabemos qué puede haber más allá de la expoliación, la sobreexplotación de los recursos naturales y el abuso de mano de obra barata.