Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
Bush carece de todas las cualidades indispensables para ejercer el cargo público más importante del mundo: no tiene ideas propias en el terreno de la política doméstica y es un grandísimo ignorante de la internacional; nada de lo que dice produce la menor convicción porque él tampoco da la impresión de estar muy convencido de lo que dice; no tiene tampoco la menor simpatía personal y parece estar desempeñando un papel que no es el suyo; y, por supuesto, es un orador atroz, que no sabe bien inglés (en vez de "nuclear" dice "nukelar") y que repite los mismos eslóganes y frases hechas hasta la náusea, confundiendo terquedad con liderazgo coherente. Cuando no tengo más remedio que verlo en televisión, me asombra que este hombre tome, cada día, decisiones cuyas consecuencias, por desgracia, nos afectan a todos. A veces siento vergüenza por los norteamericanos, aunque fueron ellos quienes lo pusieron en la Casa Blanca. Pero en ningún momento como en este su administración ha dado la terrible sensación de estar por completo a la deriva. La piedra angular de su régimen -la guerra en Irak- se ha desplomado hecha pedazos sobre su cabeza. Cuatro años después de la invasión de ese país, la campaña militar es un desastre, ha causado la muerte de casi 3 mil soldados norteamericanos y su dirección política ha llevado a su país a un callejón sin salida comparable al que, cuarenta años atrás, padeció en Vietnam. Ignorante casi en todo, menos en evangelismo, Bush se rodeó de burócratas arrogantes, como Donald Rumsfeld (quien llegó a decir que los prisioneros detenidos en Guantánamo no tenían de qué quejarse porque "además gozan de buen clima"), tecnócratas obsecuentes que recitaban lo que Bush quería oír y asesores que le dictaban lo que él luego machacaba en la mente del público por todos los medios a su alcance. Ahora, su fracaso en Irak es monumental: en ese país hay más muertes y violencia que durante la sanguinaria tiranía de Hussein, con una brutal lucha entre sectas y grupos irreconciliables y con un gobierno incapaz de dar una apariencia de orden y control. No hay paz, ni democracia, ni más seguridad para la región, ni tampoco mayor seguridad para Estados Unidos, la gran promesa invocada para iniciar la guerra. Hoy el 61% de los norteamericanos se opone a ella y más de la mitad quiere que haya un retiro de sus tropas. Bajo tremenda presión para intentar un cambio radical, tras el muy crítico informe de un panel bipartidario sobre la conducción del conflicto, Bush luce desesperado, mientras trata de encontrar un plan viable que lo saque del aprieto. Acabo de ver en televisión (escribo esto la noche del martes 12 de diciembre) que la anunciada exposición que Bush iba a hacer "antes de Navidad" se ha cancelado hasta enero porque "su plan aún no está listo". Hay en el ambiente una sensación de desgobierno que tal vez recuerde el vacío que se produjo cuando Nixon abandonó la Casa Blanca. ¿Cómo hará Bush para no dejar un legado político peor que ese?