Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
No me gusta el modelo, pero sí los modales. Más allá de alguna fricción, ver las caravanas de vencedores aplaudidas por los vencidos parecía ciencia ficción. Escuchar espontáneas y serenas declaraciones en ambos bandos, tanto de políticos como de simples partidarios, arrancaba a Chile de América Latina y lo colocaba geográficamente en la península escandinava. Si a esos modos democráticos se agregara una distribución más equitativa del ingreso y algunos otros logros cuya ausencia aún delata el subdesarrollo y la marginación, podríamos estar hablando de una democracia ejemplar. Desgraciadamente, ni la Concertación, que perdió –luego de 20 años de crecimiento económico y reducción de la pobreza–, y mucho menos Piñera y algunos nostálgicos de Pinochet que, irremediablemente, lo acompañarán en su gestión, parecen aptos para recrear un modelo que, inevitablemente, podría mostrar signos de agotamiento. Sirva para el análisis saber que las políticas sociales, que han reducido drásticamente la pobreza, no han sido suficientes para superar la precariedad en el trabajo, los bajos salarios y la sobreexplotación. Por otro lado, y según lo que recogí de viva voz durante un extenso y conversado viaje en carro a lo largo de ese país, la clase media baja 'no la ve’ –“no la vemos, uon, no la vemos”–, me decía alguien de ese grupo, sintetizando, chilena y emocionalmente, el sentir de todos a cuantos había escuchado. Quizá ahí esté una de las causas de la derrota de la Concertación. En Chile, la distancia entre el 20% más rico y el 20% más pobre es de 14 veces. El indicador de desigualdad (llamado Gini) es de 0.56, lo que sitúa a Chile como uno de los países más desiguales de la región junto a Brasil y a Paraguay. Si a ello le agregamos un esquema macroeconómico rigurosísimo con “una presión impositiva baja (16.5% del PBI) y una estructura fiscal regresiva –los impuestos al consumo afectan incluso a los productos básicos, como la leche y el pan, mientras que el Impuesto a la Renta es muy reducido–, junto a leyes laborales hiperflexibles, con una de las tasas de sindicalización más bajas de la región –menos del 10%– y servicios públicos carísimos”, comprenderemos algunas de las razones que podrían crear problemas al nuevo gobierno. La otra pata coja es que el 75% de las exportaciones chilenas lo constituyen productos primarios o bienes elaborados en base a ellos. Del total, el 38% sigue siendo cobre. Ese diseño “dificulta la extensión de los beneficios del crecimiento a todos los sectores sociales, expone la economía a los ciclos externos, en el marco de un sector que incluye varios enclaves ultraproductivos –sea en cobre, madera, fruta o salmón–, un sector de servicios muy extendido y eficiente, y un sector industrial reducido, con un mercado interno pequeño y no muy dinámico”. Todo hace pensar que Piñera será más ortodoxo que Bachelet ante esta problemática. Falta saber si el futuro presidente será tan hábil en el terreno político como lo ha sido en el terreno económico.