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Las curvas de la vida

2009/04/27
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La esposa del rey de las curvas (Peisa), de Alfredo Bryce, es un libro bryceano por excelencia. Apenas uno empieza a leerlo, reconoce una marca de autor. Las frases largas, envolventes, que ofrecen las peripecias de personajes tercos y ardientes, nos remiten a un sello personal. El personaje del primer cuento, la funcionaria y lingüista Raquel, que vive tan tercamente como se llama (Raquel Quiñones Salcedo) da la guerra eternamente, como buena bryceana. Lo mismo ocurre con Eleodoro Holguín, que tiene una obsesión por los zapatos iluminados y viaja por el mundo con sus escobillitas y franelas, intentando que los suyos nunca pierdan el brillo. En otro de los relatos, La chica Pazos, una antigua relación se enciende simplemente porque alguien se acerca a la puerta y toca un timbre. En otro, El Profesor Iriarte, el profesor se enfrenta a sus alumnos que lo quieren pero le faltan el respeto, llamándolo “profe”. El último de los relatos, uno de los mejores del libro y que le da su título, cuenta la historia del nacimiento de un “cuentacuentos” en una cita con Sister Mary Agnes en el Colegio de La Inmaculada. De un cuentacuentos hablándole a la monja, surge un escritor. En sus libros, Alfredo Bryce no solo ha creado un lenguaje propio. También ha creado un universo personal. Sus personajes van de un lado a otro, intentando atrapar el gozo efímero de cada instante. No tienen un plan o un proyecto general. Viven de su capacidad de dar y de recibir. Estos libros han tenido el coraje de mostrar un modo de narrar y un modo de vivir. Estarán siempre con nosotros.