Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Quienes han leído antes esta columna saben de mi preocupación reiterada por el incremento de la delincuencia y por las nuevas formas que adopta. Ni indiferencia frente al problema ni menos tolerancia frente al crimen. Con esas preocupaciones en mente, creo necesario advertir sobre lo que parece estar ocurriendo en Trujillo con algunas intervenciones policiales. El título de portada del diario Correo de Trujillo de este 28 de julio fue: “La lista de los aniquilados”. Dan cuenta que, en el último año y medio, 35 personas han muerto en enfrentamientos con la Policía; 17 solo en lo que va de 2008. Aun siendo Trujillo una ciudad muy golpeada por la delincuencia (un subproducto del crecimiento es que haya más “mercado” para los maleantes) la cifra es desproporcionadamente alta para estándares peruanos. El artículo empieza diciendo “el deceso de algunos de ellos es objeto de discrepancias y suspicacias relacionadas a una presunta política de aniquilamiento, ordenada desde la alta esfera de la Policía Nacional”. El diario no asume que eso sea cierto y más bien revisa cada caso, constatando que hubo entre ellos peligrosos delincuentes prontuariados, también gente muy joven envuelta en robos menores e, incluso, casos en los que, al parecer, los muertos nada tenían que ver con los hechos. El tema es serio y merece atención. No hay evidencia de que haya órdenes expresas, pero sí parece estar empezando a darse el conocido fenómeno del “gatillo fácil”, versión en español del 'trigger happy’, de los gringos. Estoy seguro de que habrá quienes al leer esto dirán “quieren atar de manos a las fuerzas del orden frente a la delincuencia”. Es verdad que pienso que hay razones de principios para alarmarse frente a hechos de esta naturaleza, pero hay también motivos muy prácticos para desalentar estas acciones. La política de “gatillo fácil” ha demostrado hasta la saciedad su ineficiencia en todos los lugares en que se ha usado. Por el contrario, empeora la situación. ¿Qué pasa cuando los delincuentes se dan cuenta de que los policías no detienen sino matan en sus intervenciones? ¿Dejan de delinquir? Está probado que no. Por el contrario, van más armados y dispuestos a disparar a la primera. En todas las ciudades del mundo en donde el número de sospechosos muertos en enfrentamientos con la Policía es alto, lo es también el de policías muertos. (El caso de Río de Janeiro es muy ilustrativo, pero no el único). Y no importa qué fue primero, si el huevo o la gallina, si el fenómeno no se corta a tiempo se desata un violento círculo vicioso en donde los primeros afectados son los propios policías. Pero luego, si sigue, lo seremos todos. Veamos: en el Perú hay mucha delincuencia, pero hay todavía relativamente poco uso de armas de fuego y esa es una de las razones para que la tasa de homicidios sea bastante baja. Si se empieza a extender la política del gatillo fácil, si a eso se suma el deterioro de la situación que trae el narcotráfico (los asesinatos entre narcos son cada vez más frecuentes, ha habido dos más en Lima hace poco); peor aún, si ambas cosas se conjugan con la profunda incapacidad para tener políticas de seguridad –algo sobre lo que venimos alertando desde hace un buen tiempo– la situación seguirá deteriorándose y los ciudadanos quedaremos atrapados (a veces literalmente) en medio de las balas.