Sábado 26 de mayo del 2012 | 19°
Es viernes. Estoy en Lima. Hace calor. Cumplo cuarenta y cinco años. La medianoche del jueves, Sandra me prepara sopa de tomate fría y torta de chocolate y me besa y le digo gracias por seguir conmigo en este viaje, qué me haría sin ti, preciosa. Luego llaman mis hijas de sendas fiestas y me saludan breve y eufóricamente, sospecho que más alegres por el champagne que por mi cumpleaños. Dios las bendiga, bellas púberes infatigables y hedonistas. Ningún honor me emociona más que saberlas mis hijas. Luis me manda un mail precioso desde Mar del Plata que casi me hace llorar. Shakira y Antonio me mandan unos mails conmovedores que casi me hacen llorar. Le escribo a Shakira que le prohíbo que me deje morir antes de conocer a su hijo. Le escribo a Antonio que, la verdad, eso de ser presidente del Perú me chupa un huevo o la mitad de un huevo y que lo que quiero es seguir escribiendo la trilogía de novelas policiales en la que estoy sumergido como un sicópata. Ximena llama desde Punta Hermosa a las doce de la noche con un minuto y el solo hecho de oír su voz tantos años cómplice y juguetona me recuerda la inmensa fortuna de contarla como mi amiga más leal. Ha sido una noche intensa, en la que me he reunido en secreto con gente poderosa. Más vale irme a dormir. Más vale no contar todo lo que tomo para dormir. En resumen: son diez pastillas. En mi defensa: cuatro de ellas son naturistas. Al día siguiente llega muy temprano, ¡a las ocho de la mañana!, una nota manuscrita de mi madre, en la que combina, como hacía su difunto padre, palabras en minúsculas con otras en mayúsculas, siendo que AMOR o ABRAZOS las escribe ciertamente en mayúsculas. Fiel a su costumbre, mi madre me envía maná de regalo, maná que no debo comer porque engorda y sube el colesterol. Fiel a mi costumbre, mi madre entiende que no nos veremos, que no veré a nadie de su familia, que mi familia son Sandra y mis hijas y allí comienza y termina mi familia y los demás son su familia pero no sé si la mía. Yo había pedido en broma en mi programa de Bogotá que, si de verdad los televidentes me querían, me enviasen como regalo de cumpleaños dinero en efectivo, a ser posible dólares, euros o en el peor de los casos pesos colombianos. Mi madre vio el programa y se lo tomó muy en serio y me mandó un sobre con cinco mil dólares en efectivo. Mi madre nunca sabe cuándo hablo en serio y cuándo en broma. Pero cinco mil dólares no son broma y siempre caen bien, en serio o en broma. Mis dos hermanas me mandan mails muy cariñosos y la menor me manda además una torta que luce espléndida pero que no debo acercar a mi boca. Mis dos hermanos menores, Javier y Andrés, me mandan mails muy cariñosos. Mi hermano Arturo me manda un mail escueto, lacónico, correcto, casi militar, pero al menos cumple con el saludo de rigor. No me queda claro si me está saludando o dando las condolencias, pero de todos modos se agradece el gesto. Los demás hermanos no me escriben: que Dios los bendiga y los guarde en su gloria. No tengo razones para molestarme con ellos (”scar, José, Miguel y Felipe, siendo Miguel el peor de todos y el que de milagro no está preso) porque yo tampoco les escribo nunca en sus cumpleaños. Se trata entonces de un mero principio de reciprocidad. Enrique Ghersi pasa por mi casa y me deja un bellísimo lapicero Cartier de regalo. Sandra le explica que he tenido una crisis de salud (lo cual es cierto) y que estoy descansando, sedado, y no puedo recibir a nadie. Rosa María Palacios, tan amorosa, pasa por casa y deja una deliciosa caja de chocolates y Sandra le explica que me hallo indispuesto porque mis dolencias hepáticas y pancreáticas, luego de varios días de severa tensión, me han dejado fuera de combate en pleno día de cumpleaños. Silvia, la escritora maldita, pasa por mi casa y me deja una chalina preciosa, muy suave, y una carta llena de amor. En algún momento despierto y ya han cedido los dolores y Sandra y mis hijas me dan un montón de regalos. Estoy dopado y ahora no los recuerdo bien, pero sí recuerdo que me gustó especialmente un suéter de cachemira escocesa que Sandra me compró en Ginebra (debió de costarle una fortuna, pero ella conoce mi debilidad por la cachemira) y un perfume muy fino, tan fino que no lo usaré nunca. Ya no sé si sigue siendo mi cumpleaños pero mis hijas me saludan breve y afectuosamente y se van a sendas fiestas porque están hastiadas de tener un padre que vive enfermo o durmiendo o durmiendo enfermo incluso en su cumpleaños. Alcanzo a decirles que traten en lo posible de no quedar embarazadas y que, si tal fuera el caso, Sandra y yo diríamos que es nuestro hijo, pero la broma no parece hacerles gracia. A propósito, María Gracia, mi queridísima amiga chilena, que fue mi novia secreta y será siempre mi amor imposible, me manda un mail que me pone la piel de gallina. ¿Cómo no tuvimos un hijo chileno, Mari, joder? Un hijo que me hable en chileno y sea hincha de Colo Colo me diga “estai hueón, peruano culiao”. Mis amigos colombianos con quienes trabajo todas las noches (Claudia, Gina, Julieth, Pablito “Manos de Tijera”) me mandan mails cargados de afecto y buenos deseos. Mis jefes, los magnates, los que me pagan, no me escriben ni una línea. No importa. Con el giro mensual basta y sobra. Mis viejos amigos de La Prensa (Federico “El Poeta” Salazar, Mario “Lennon” Ghibellini, Iván “No Hay Desayuno Gratis” Alonso, Freddy “Sin Factura, Hermano” Chirinos) me escriben unos mails entrañables, cojonudos, que me recuerdan que somos amigos hace 30 años porque yo entré a trabajar a La Prensa cuando tenía 15 y allí tuve la suerte de conocer a tan buenos y queridos amigos. Brillan por su ausencia los Cateriano (que ya sobrepasaron los 50 años y creo que los 130 kilos), Espá (que, si yo cumplo 45, debe de estar por cumplir 50, por mucho botox que se inyecte en su lóbrego rostro el popular Cochero de Drácula), Vargas Llosa junior (un año menor que yo) y el gordo Tafur, que fueron grandes amigos en los tiempos gloriosos de La Prensa. Que Dios los bendiga y guarde en su seno. Es justo recordar que Felipe Ortiz de Zevallos no ha olvidado nunca, desde que nos conocemos hace más de 20 años, uno solo de mis cumpleaños, y este viernes no podría ser la excepción. Felipe es un caballero, un sabio y uno de los hombres más brillantes y divertidos que conozco. Cuando nadie en España ni en el Perú quería publicar mi primera novela, él generosamente se ofreció a publicarla en su editorial Apoyo (sin el apoyo de su socio y amigo, el Conde o Duque de Trazegnies, Caballero de la Orden de Malta y amigo de mi padre y del tinte rojizo de cabello). Nunca olvidaré ese gesto de Felipe ni la maravillosa edición de El Quijote que me regaló. Mis buenas amigas de Alfaguara, tan refinadas y delicadas y amorosas siempre, me mandan mails de saludos y buenos deseos. Qué estupenda decisión fue irme de Planeta y pasarme a Alfaguara. Dos hermanas mellizas, enanas, lujuriosas, vecinas de mi casa, me dejan una boina de regalo y una nota con olor a secreciones vaginales. Sandra, que las odia, le regala la boina a la empleada y rompe furiosa la nota uterina. Queridas hermanas enanas lujuriosas: no se aproximen a mi casa, que Sandra podría cortarles un seno por lo menos, y sin usar arma blanca, hincándoles los dientes solamente. Aconsejo que me amen, si acaso, a prudente distancia, y sin merodear mi casa con sus miradas liliputienses y libidinosas. Bien, tenemos entonces cuarenta y cinco años. Esto no estaba en los planes cuando tenía veinte y me pasaba los días fumando porros y jalando tiros, qué buena era entonces la vida, joder. Pero hasta aquí hemos llegado, lo que no es poco. Pues ahora hemos de llegar a los cincuenta años contra viento y marea y sin las mariconadas del botox que se aplica el Cochero de Drácula. Llegaremos a los cincuenta, coño. Llegaremos a los cincuenta y con una sola misión que ahora confieso con entusiasmo: publicar mi trilogía policial en los próximos cinco años, siendo que la primera novela de esa saga sanguinaria aparecerá, con suerte, el próximo mes de agosto, una vez que termine el mundial de fútbol. Y llegaremos a los cincuenta escribiendo, leyendo, viajando, follando, y en ningún caso siendo presidente del Perú o de otra tribu, que eso de postular a un trabajo para ser menos libre, ganar menos dinero y trabajar mucho más es algo que sólo un loco podría hacer, y yo estoy loco pero no tanto y créanme, ser presidente me chupa un huevo, yo soy un escritor y seguiré escribiendo y moriré escribiendo y ya Vargas Llosa fue el insigne huevón a la vela que demostró que cuando un escritor se mete a político termina con el culo roto, y yo ya estoy grande para que nadie me rompa el culo, ni siquiera la bella Silvia con su imaginario pene de plástico. Llegaremos a los cincuenta, por la puta que los parió, y cuando lleguemos, nos fumaremos un porrito y, si Dios quiere, tendremos en las manos la trilogía policial que será lo mejor que dejaré escrito, lo que no necesariamente será algo digno de ser leído, pero uno hace a duras penas lo que puede, cuando cumple años y sobre todo cuando los incumple.