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Cuando calienta el sol aquí en la playa

2010/01/12
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Se está volviendo una costumbre que al inicio de cada año ocurran movimientos dramáticos en el tipo de cambio. La volatilidad del sol, en el verano, está adquiriendo la misma regularidad y estacionalidad que las lluvias o los huaicos. Recordemos que, en enero del 2008, el sol se empezó a fortalecer a paso acelerado, llegando a 2.69 por dólar cuando terminó el verano. Mientras que el año pasado ocurrió justo lo contrario, y el sol se devaluó cayendo hasta 3.25 en febrero. Ahora llevamos escasamente una semana en el nuevo año y el Banco Central ya ha tenido que comprar 510 millones de dólares en el mercado para apuntalarlo. Ante esta situación, es inevitable que algunos exportadores reclamen 'acción’ a las autoridades. Sin embargo, creo que repetirían el mismo error que cometieron en 2008 si aplican medidas excepcionales, ya que generarían –como entonces– volatilidad e incertidumbre en el mercado, cuando la única justificación para la intervención del Banco Central es el moderar los movimientos diarios, sin tratar de variar la tendencia del mercado. Más bien, lo que debería hacer el Gobierno es desempolvar propuestas para ganar productividad, que es la manera sana y correcta de avanzar. En realidad, el lastre que arrastra la competitividad peruana está concentrado en la absurda legislación laboral que nadie se atreve a cuestionar, en el costo que genera nuestra kafkiana burocracia y en la falta de una infraestructura adecuada. Por ello, la ministra de Economía debería aprovechar la coyuntura para empujar postergadas reformas aplicando la Ley Mype a un universo de empresas que sea más amplio, así como eliminando todo lo que se pueda de los miles de obstáculos burocráticos que ahogan al empresariado, y acelerando, asimismo, las de carreteras y en el sector portuario. Lo que el Gobierno debe evitar a como dé lugar es ceder nuevamente ante la presión de empresarios allegados que insistirán con medidas para forzar una devaluación de manera artificial. Basta ver el actual desastre venezolano para ratificar lo equivocado y perjudicial que es controlar el tipo de cambio. Finalmente, un sol fuerte obliga al sector privado a ser más eficiente y, también, mejora la capacidad de consumo de la población. Por ello, no tiene justificación ningún exceso de intervención, más allá del intento de moderación del mercado.