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Crónica.21: La hora final de los burdeles de Lima

2006/03/20
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Sin embargo, un burdel permanece fijo en la memoria de muchos, y tiene que ver con una francesa llegada en barco al puerto del Callao. Era regordeta y si llegaba al metro sesenta era gracias a los tacos. Así era la Nanette (otros dicen Nené), afirma el historiador Ernesto García, mientras culmina el libro La historia de la prostitución en el Perú. "Esa mujer fue un amor, el trato que dispensaba era bueno", asegura, tras reiterar que la conoció muy bien. Según el historiador, Nanette llegó a Lima entre 1936 y 1938. Venía de Francia, sin trabajo y en un barco donde había, además, finlandesas, polacas, rusas e italianas. La mujer se dedicó unos seis años a trabajar en un prostíbulo ubicado en lo que ahora es la calle Manuel Cuadros, en el Centro de Lima. Con el dinero que juntó, abrió un local -con su nombre de batalla- en la cuadra tres de la avenida Grau. Era la década del cuarenta. El historiador García vivía a solo una cuadra y, a sus trece años, curioseaba con sus amigos de barrio alrededor del burdel, pese a que le tenían prohibido acercarse. En el bulín trabajaban quince chicas. Poco menos de la mitad eran extranjeras. "Era una casona antigua, típica de Lima. Había un farolito en el frontis, tenía los techos altos, tragaluces. Al fondo del pasadizo estaban los cuartitos de servicio con piso de madera y, a un lado de estos, el bar, donde se bailaba al son de mambos, boleros y de la Sonora Matancera", refiere García. "A la Nanette, que atendía las veinticuatro horas, llegaba gente de plata. Había muchos gringos, sobre todo marineros". A pocos metros de allí funcionaba el visitadísimo y popular jirón Huatica, esa especie de bulevar rosa que hasta el propio Vargas Llosa visitó en su juventud, y que le hacía una dura competencia a la Nanette, que era algo costosa para la época. Sin embargo, el bulín regentado por la francesa tenía su encantadora particularidad. "La Nanette ofrecía el servicio completo: oral, vaginal y anal. Esto fue toda una novedad en la Lima de los cuarenta y cincuenta", explica García. La Nanette abandona la cuadra tres de Grau en los sesenta y, luego de un tiempo en el que se le pierde el rastro, aparece con el nuevo negocio inaugurado en los setenta entre las cuadras 9 y 10 de la avenida Argentina, donde funciona hasta la actualidad. Ya era una anciana que no quería ser vista por nadie. Según García, habría muerto en los ochenta. Tacones cercanos Habla de ella Carlos Meneses (1930), escritor y periodista peruano afincando en Palma de Mallorca y asiduo de esos locales durante su juventud. "Conocí a Parker en 1952. Era una mujer de abundantes carnes, aunque no gorda. Trataba bien a los clientes, pero era autoritaria con las pupilas. Los precios del Lidia eran altos, por eso iban desde diplomáticos hasta destacados comerciantes e industriales", relata. Otro local conocido fue el de Raquel Benavides, en la avenida Brasil. Meneses recuerda que dicho aposento fue escenario de un incidente muy conocido a inicios de los cincuenta: el rapto de Bertha Sáenz. La chica era una boletera del cine City Hall que fue secuestrada de allí mismo y conducida al bulín de la Benavides para dar servicio a un cliente especial. Bertha fue encontrada gracias a periodistas asiduos al local de la Brasil. Ocaso. "El burdel, como espacio tradicional, generalmente con salón de baile y orquesta, ya murió hace tiempo", afirma el escritor Gregorio Martínez, autor de Libro de los espejos: 7 ensayos a filo de catre. "El grito y las palmadas: Niñas, al salón, hace décadas que no se escucha en Lima", evoca Martínez. A pesar de esa nostalgia, subraya que, curiosamente, se ha vuelto al lupanar del siglo XVI. "El lupanar (casa de lobas) era un lugar donde se daba cobijo semiclandestino a mujeres del oficio y en el que el sexo se realizaba en condiciones precarias. Eso existe ahora nuevamente en cualquier casa donde se hacinan mujeres y los clientes llegan como moscas. Esto ha proliferado en los ambientes de migrantes pobres en Europa y Estados Unidos, y en Lima debe de ser igual", como sucede, efectivamente, en las noches agitadas del jirón Caylloma, Rufino Torrico o la avenida Argentina. Más allá del mito, solo quedan los recuerdos. La Nanette /Nené, Huatica, el Cinco y Medio o El Trocadero brillaron en su momento, pero hoy descansan en el olvido y en la decadencia.