Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Lamentablemente, ocurrió lo que tenía que ocurrir y que se veía venir. Hace semanas era evidente que los líderes de los nativos no tenían ninguna voluntad de diálogo, mientras que, en el Gobierno, algunos por incompetencia y otros por tener oscuros objetivos partidarios, simplemente dejaron que el tema se les fuera de las manos. Ahora tenemos decenas de hogares peruanos enlutados. Las graves responsabilidades políticas de este desastre deberán, sin duda, ser asumidas pues hay culpables en todas partes. Sin embargo, los grandes responsables de esta masacre son los dirigentes del movimiento nativo, quienes tuvieron, en todo momento, un accionar sin transparencia y poco serio. Así tenemos que, a lo largo de los últimos dos meses, cambiaban diariamente de demanda. Si un día pedían diálogo; al siguiente ya no lo querían. Al inicio deseaban hablar con el premier; luego, ya solo el presidente les interesaba. Finalmente, empezaron pidiendo la modificación de un decreto para terminar exigiendo la derogatoria de gran número de leyes y el retiro del TLC con EE.UU. Peor aun, asumieron una actitud de provocación llamando a la insurgencia y a un levantamiento popular. Es claro que Pizango estaba jugando al revolucionario y, sin duda, estaba seguro de convertirse en una versión amazónica de Evo liderando un movimiento indigenista que derrocaría al Gobierno luchando en la calle. Pero, como toda lucha insurgente que se respete requiere de mártires para legitimarse, el cierre del oleoducto y el desabastecimiento generado por el bloqueo a las ciudades buscaban claramente provocar una confrontación y, con ello, tenían la esperanza de lograr alguna víctima mortal. Al final, los dirigentes lograron su objetivo con creces. Ahora, el movimiento nativo está en el primer plano mundial y en ruta a consolidarse como una fuerza política nacional. Mientras tanto el Sr. Pizango, sin duda, tratará de evadir su responsabilidad y de negarse a responder ante la justicia por su liderazgo criminal, buscando que algún país le brinde asilo. Incluso, de ser ese el caso, no sería extraño que, al cabo de un año, luego de la segura presión internacional que promoverán las mismas ONG que lo han financiado, el Congreso lo amnistiará y se le permitirá retornar del exilio con aura de caudillo para competir en el proceso electoral. Qué poco vale, para algunos, la vida de un peruano.