Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Siempre me he preguntado qué aplauden en Wall Street cuando termina la jornada bursátil. ¿La bajada del martillo? ¿El toque de campana? ¿Las acciones que subieron? ¿Las que bajaron? ¿La especulación? ¿El zurrarse, desde esa burbuja, en el mundo real? ¿Todo a la vez? En los últimos tiempos, creo, han estado aplaudiendo la mentira. En verdad, ha habido tan pocos motivos para aplaudir que esos entusiasmos deben de haber correspondido a una forma de darse ánimo. Algo así como “Aún estamos vivos”. ¿También habrán aplaudido las privatizaciones millonarias encabezadas por el liberal Bush? Veía, sin asombro, la euforia de los talibanes del mercado cuando supieron que el Estado se haría cargo de las pérdidas. Una auténtica maravilla: ganancias para repartir entre pocos, pérdidas para socializar entre todos. Oportunismo, puro oportunismo que, como se pudo comprobar con las compras de los gigantes de la hipotecas y de la aseguradora, muestra que la capacidad de adaptación del capitalismo es tan, pero tan extraordinaria, que puede hacer exactamente lo contrario de lo que predica sin que nadie diga nada. Y nadie dice nada porque quienes defienden el sistema lo hacen desde la óptica del lucro personal y este es bueno sea cual fuere la forma de obtenerlo. El timorato mayor de la Casa Blanca ha pedido ahora 700 mil millones de dólares para salvar la actual situación. ¿Qué le indica a este soberbio infradotado que los males no se repetirán? Cuando la codicia moviliza a los seres humanos y a las instituciones, las enseñanzas de la historia se olvidan velozmente. No hay principios morales, solo obsesiones y, de todas las obsesiones nefastas, la de acumular quizá sea la más nociva. ¿Se repetirá la historia? ¿Hasta cuándo seguirán fabricando dinero sin respaldo? O, ¿hasta cuándo la estructura económica resistirá esa abundancia de papel pintado? ¿Por qué los economistas vernáculos no se pronuncian, como suelen hacerlo en los casos que atañen a la economía local, cuando se procede a salvatajes multimillonarios como los que hemos visto en los últimos tiempos? ¿Dónde está su horror o dónde sus principios? ¿O es que nunca los tuvieron y solo jugaron a apostar por el mantenimiento de un statu quo que preserve los privilegios de los más favorecidos? ¿O quizá crean que EE.UU. puede hacer lo que le venga en gana, incluido el actuar en sentido contrario al que ha impuesto, con resultados dramáticos, a los países pobres? Sería cómico si no escondiera un drama humano y ecológico de dimensiones colosales y de pronóstico más que reservado. Si alguna vez pensé que se trataba de payasos que jugaban a recitar ceremoniosamente recetas infames, hoy, en medio de esta crisis, donde sus principios se han borrado, pienso que tendríamos que estar suicidamente locos si alguna vez pasara por nuestra cabeza la peregrina idea de volver a escuchar sus consejos. Me refiero a los ciudadanos, no a los gobernantes que, como es lógico, hacen parte de la comparsa que acompaña el drama.