Además:

La crisis desnuda la infinita estupidez humana

2008/12/29
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El artículo que citaré y comentaré hoy es patético. No porque nos cuente nuevos males sino por la descripción del comportamiento humano dentro de una sociedad, la estadounidense, que ha hecho del dinero su valor supremo. Los límites de estupidez y miseria a los que pueden llegar los cultores de este estilo de vida produce pesar y no precisamente por el dinero que han perdido sino por la comprobación de que lo único real que han tenido en sus vidas era solo ese dinero. La autora de la nota es la ya citada columnista del New York Times Christine Haughney y he aquí parte de su alucinante relato: cuenta, por ejemplo, que la abogada Nancy Chemtob, de Manhattan, percibe que sus clientes están preocupados porque la de-saceleración económica afecta sus matrimonios. Se trata de gente que tiene de cinco a mil millones de dólares y a las que, teóricamente, la crisis financiera no le producirá ninguna carencia material. Sin embargo, están preocupados porque se han reducido sus ingresos. Uno de ellos confesó que su riqueza neta se redujo de más de 10 a ocho millones de dólares, y cree que su esposa lo va a abandonar. “Ha ocultado su desventura endeudándose para pagar su ropa y vacaciones extravagantes. Temía que su esposa lo abandone porque su situación financiera cambió tan drásticamente”. ¿Será esta la cara oculta del 'american way of life’? Te quieren por cuánto tienes y si reduces tus ingresos los encantos de tu esposa buscarán un mejor postor. “Los acaudalados no hablan en público de sus finanzas, es de mal gusto. Sin embargo, quien proporciona servicios a los acaudalados –abogados, asesores de arte, entrenadores personales y peluqueros– se entera de las ansiedades de sus clientes. Nutricionistas y entrenadores personales ven el problema. ¡Los ricos están comiendo más y aumentando de peso debido al estrés! No están en peligro de no pagar la hipoteca, pero hay un cambio psicológico”. La gente ya vende diamantes y Rolex extras. “Sus esposas podrían dejarlos al descubrir que su riqueza bajó de nueve dígitos a ocho. Las amistades y los asociados de negocios podrían evitarlos al pasar cerca de sus mesas durante la comida en Barney’s o Four Seasons. Y estos desaires podrían llegarles a sus hijos. Temen que no los inviten a las fiestas de cumpleaños adecuadas”, dijo una agente de bienes raíces de Manhattan. “Si renuncian a cosas invisibles, están bien, siempre que no tengan que dejar cosas visibles para el mundo exterior”. Los muy ricos de Nueva York resuelven sus problemas de manera discreta. No dejan a sus entrenadores personales (US$165 la hora) sino que les exigen un horario que saben de antemano no podrán dedicarles. Ven departamentos carísimos que nunca les satisfacen y piden créditos para, supuestamente, comprar un cuadro o una escultura pero los usan para pagar otras deudas. La mayor parte de su estrés lo produce la vida de ficción que han debido asumir. No tener dinero los vuelve invisibles y eso, en una sociedad donde lo que cuenta es la figuración, es insoportable.