Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
El historiador inglés Eric Hobsbawn cree que el socialismo fracasó y que el capitalismo está en quiebra. Se pregunta, entonces, en un artículo del diario The Guardian: ¿Qué viene a continuación? Siempre lúcido, afirma que el siglo XX ha quedado atrás, pero que aún no hemos aprendido a vivir en el siglo XXI. Él cree, dados los datos que ya ha entregado la realidad, que no debería ser difícil encontrar caminos. Dice así: “Hemos vivido dos intentos prácticos de realizar ambos sistemas en su forma pura: por una parte, las economías de planificación estatal, centralizadas, de tipo soviético; por otra, la economía capitalista de libre mercado exenta de toda restricción y control. Las primeras se vinieron abajo en la década de los 80 y, con ellas, los sistemas políticos comunistas europeos. La segunda se está descomponiendo ante nuestros ojos en la mayor crisis del capitalismo global desde la década de los 30. En algunos aspectos es una crisis de mayor envergadura que aquella, en la medida en que la globalización de la economía no estaba entonces tan desarrollada como hoy y la crisis no afectó a la economía planificada de la Unión Soviética. Todavía no conocemos la gravedad y la duración de la actual crisis; pero, sin duda, va a marcar el final de la clase de capitalismo de libre mercado que se impuso en el mundo y en sus gobiernos en una época que dio inicio con Thatcher y Reagan”. Opina Hobsbawn que los partidarios de uno y otro sistema se han quedado sin brújula, y expresa su convencimiento de que el futuro se resolverá en una economía mixta. El problema radica, según el historiador, en cómo estructurarla. Constata, además, que no hay fórmulas para superar la crisis actual. “No hay nadie, ni los gobiernos, ni los bancos centrales, ni las instituciones financieras mundiales, que lo sepa: todos ellos son como un ciego que intenta salir del laberinto dando golpes en las paredes con todo tipo de bastones, con la esperanza de dar con el camino de salida”. Advierte Hobsbawn que hay una cierta adicción, por parte de los gobiernos, de recurrir a soluciones de libre mercado, y cree que no se han liberado aún del supuesto básico de que la empresa privada orientada al beneficio es siempre el mejor medio de hacer las cosas. “¿O de que la organización y la contabilidad empresariales deberían ser los modelos incluso de la función pública, la educación y la investigación? ¿O de que el creciente abismo entre los multimillonarios y el resto no es tan importante, después de todo, siempre y cuando todos los demás –excepto una minoría de pobres– esté un poquito mejor? ¿O de que lo que necesita un país, en cualquier caso, es un máximo de crecimiento económico y de competitividad comercial? No creo que hayan superado todo esto”. Lo importante, para este autor, es tener conciencia de que el crecimiento económico y la abundancia son un medio y no un fin en sí mismos. Lo importante “son los efectos que tiene sobre la vida, las posibilidades vitales y las expectativas de las personas”.