Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
En la última década, por circunstancias diversas, la lucha contra la corrupción que debería de ser prioritaria para los que creen en una sociedad moderna y en una economía libre de mercado, se ha convertido, paradójicamente, en el caballito de batalla de posiciones anacrónicas que no creen ni en la libertad ni en el mercado. Creándose así una inexplicable brecha ideológica que la ha empantanado. Así, denunciar actos de corrupción para algunos es hacerle el juego político al antisistema sin darse cuenta de que estos constituyen el principal obstáculo que tenemos hoy en el Perú para desarrollarnos. Mientras tanto, los dinosaurios de izquierda le echan toda la culpa al mercado, olvidando que entre los regímenes más corruptos en la historia se ha encontrado la Unión Soviética donde todo lo dirigía el Estado. En realidad, el costo de la corrupción es enorme, cada 'comisión’ en una obra, cada 'coima’ a un funcionario, cada fallo judicial 'comprado’ encarecen la inversión y reducen la generación de trabajo. Asimismo, contribuyen a la mala calidad de vida del peruano que paga crecientes impuestos para mantener a un ineficiente Estado que no solo no le da nada a cambio sino que, además, se está convirtiendo en el vehículo más rápido para que los corruptos se hagan millonarios. Por otro lado, no es ninguna coincidencia que los países más ricos del mundo sean también los más honestos. No existe alternativa a la transparencia y al respeto a la ley para que puedan operar adecuadamente tanto la democracia como el mercado. Por ello, es absurdo aceptar a un político corrupto 'porque hace obra’. Probablemente la obra en cuestión habrá costado más del doble de lo presupuestado e incluso no sería raro que sea un elefante blanco totalmente innecesario. Lo único seguro es que ese fuerte gasto lo tendremos que pagar los ciudadanos. Lamentablemente, en los últimos años ha medida que el gasto del Estado se ha duplicado la corrupción ha aumentado. Ahora que estamos por iniciar un proceso electoral hay que poner el tema en la agenda de los candidatos. El Perú no va a ser parte del primer mundo mientras no tengamos un mercado libre de la discrecionalidad de funcionarios; un Estado moderno y transparente que rinda cuentas al ciudadano; un Poder Judicial honesto y eficiente. Avalar la corrupción simplemente nos condena a seguir subdesarrollados.