Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Gwyneth Paltrow dijo cierta vez, hablando en perfecto español (idioma que aprendió siendo una adolescente, viviendo en casa de una familia española en Toledo), que la ciudad más bella del mundo le había parecido Copenhague en agosto. Lo dijo con ese aire melancólico que tanto la embellece y que se acentuó tras la muerte de su padre. Lo dijo con tristeza, como si no fuera a volver más a Copenhague en agosto, ahora que es madre de dos hijos y esposa de un músico virtuoso. Como me quedan pocos agostos y puede que ningún agosto, vine a Copenhague. Si una de las mujeres más bellas y refinadas de nuestro tiempo decía que Copenhague le parecía la ciudad más linda del mundo, no podía estar equivocada. En efecto, no lo estaba. He pasado ocho días de agosto en Copenhague con la sombría sospecha de que no volveré a esta ciudad y la disimulada alegría de haberla caminado a mi aire taciturno, sin mapas ni guías, extraviándome con pasos demorados, erráticos. Cuando llegué en un vuelo desde Nueva York, ya presentía que esta ciudad poseía una cualidad desconocida para mí, una cualidad no completamente humana, una densidad y unos matices que la hacían de este mundo pero también de otro mundo, de un mundo inexplorado por mis pies exhaustos y mis ojos miopes. Mis primeros intercambios verbales o contactos humanos (con el oficial de migraciones, con el taxista, con la recepcionista del hotel, con la vendedora de la taquilla del cine) me confirmaron que los daneses se expresaban en inglés con la misma fluidez que en su lengua nativa, que eran amables pero comedidos, que parecían felizmente ensimismados, que no se afanaban por caer bien o hacer amigos, que practicaban una elegante austeridad con las palabras y los gestos. Me dije: las palabras danesas son tan largas y enrevesadas que deben de tener pereza de decirlas y por eso hablan tan poco y de preferencia en inglés. Me dije: la severidad del clima los ha replegado sobre sí mismos, los ha educado en el noble oficio de la soledad. Yo no quería hablar con nadie, solo tenía ganas de caminar y mirar a la gente pasar, sentado en un café, y por suerte nadie me conocía ni me obligaba a hablar, a no ser por las palabras inevitables para pedir un café o pagar la cuenta. Llovió la primera noche. No llevaba paraguas. El aire era puro y me llenaba de vitalidad. En alguna calle impronunciable, me detuve, miré al cielo de matices rosados y bebí lluvia escandinava. Era el agua más limpia que había probado. Era agua y más que agua. Era un regalo de los dioses vikingos, un obsequio al forastero. Me metí mojado a ver la última película de Lars von Trier, “Antichrist”, y salí perturbado por tanta maldad y tanta belleza. Von Trier es un genio y está loco. Solo un danés que creció en una familia atea, comunista y nudista podría concebir esta obra de arte. No es una película agradable, pero quién ha dicho que la vida es agradable, que al arte debe ser agradable. Es una película viciosa y también gloriosa. Postula la idea de que el mal habita en la naturaleza, y la mujer es gobernada por la naturaleza, y la mujer (o esa mujer, la mujer sanguinaria de la película) está gobernada por el mal, es el mal en estado puro. Salí del cine asustado de las mujeres, sorprendido de estar vivo, de que ninguna mujer me haya matado todavía. El taxista me dijo: en este país casi todos somos ateos, pero nos gusta ir a la iglesia a pensar. Terminé sentado en una iglesia imprecisa, sin vírgenes ni crucifixiones, sin calvarios ni sangre derramada, pensando en que los daneses tenían una obsesión con las cúpulas, una tortuosa minuciosidad para decorar el último y más arduo esfuerzo humano, la terminación arquitectónica que se funde con el cielo impregnado de un rosado que oscurece al caer la tarde. En la mansión del magnate cervecero ya muerto, que ahora es un museo, el más deslumbrante de los que recorrí en la ciudad, con delicados dibujos etruscos, asombrosas piezas egipcias, ceñudos dioses griegos, estatuas de emperadores romanos y sus mujeres, mi mirada se perdía menos en los cuadros de Gauguin y Van Gogh que en las cúpulas prodigiosas que el magnate danés había erigido para rodearse del arte de todos los hombres de todos los tiempos. Me dije: nunca he caminado por un palacio más hermoso, nunca me he sentado en un jardín de invierno tan sobrecogedor. Sin que nadie me viera, besé la mejilla pétrea de Calígula y toqué los genitales mutilados del dios Baco. En otro museo, observé perplejo una balsa vikinga, calaveras humanas con dientes más blancos que los míos, enormes fósiles de animales que yo no hubiera podido cazar con esas lanzas precarias y esas armas de piedra. Me dije: si viví en aquel tiempo y en este archipiélago, uno de esos animales me tragó con seguridad. Me dije: es una suerte vivir en este tiempo en el que no tienes que matar a una bestia salvaje para comer, en el que no tienes que matar a las bestias humanas de otra tribu para sobrevivir, en el que no tienes que ir a la guerra a matar y morir en nombre de un emperador o una religión. Todas las noches, cansado de caminar, excitado por tantas dosis de cafeína, terminaba en el mismo cine-arte. Vi una película uruguaya (“Gigante”, muy buena), una francesa, una italiana. Recordé que uno de mis grandes fracasos es no haber sido capaz de hacer una buena película. Una de las últimas noches en Copenhague, vi una película inglesa, “Bronson”, que no debí haber visto. Es la historia de un loco endemoniado que quiere ser como Charles Bronson y se hace llamar así, Bronson, y que se pasa la vida peleando salvajemente con policías y guardias carcelarios, matándolos a golpes, arrancándoles las orejas, desnudándose antes de las grescas brutales, untándose de grasa y peleando con la ferocidad de un animal enloquecido que encuentra el éxtasis en el acto bestial de dar golpes y ser golpeado hasta ser reducido a un guiñapo, a una piltrafa babosa y sangrante, de nuevo encerrado en una mazmorra aún peor. Bronson se pasa la vida en la cárcel y se convierte en el peor presidiario de la historia británica. Es una leyenda. Es el reo más temido. Es un loco nacido para pelear, para destruir caras y para que desfiguren la suya. Bronson me hizo recordar a mi padre. Salí del cine agitado, furioso, poseído por una fiebre perniciosa, con ganas de golpear a alguien. Todos los golpes que Bronson había dado y recibido en la película (basada en una historia real) se me habían metido al cuerpo y se habían reunido en un golpe que tenía que darle a alguien, en un golpe latente que bullía en mí y me hacia respirar agitadamente y tenía que descargar, sacudiendo la cara de algún peatón. Nunca había sentido esa necesidad física de pegarle a alguien sin ninguna razón. Nunca me ha gustado pelear. Siempre he despreciado a la gente que zanja sus conflictos a golpes. Pero ahora estaba caminando a medianoche por Copenhague y tenía que romperle la nariz a alguien y no sabía por qué tenía tanta rabia cifrada en ese golpe inevitable, en ese golpe que hervía en mi sangre y estaba condenado a dárselo a alguien o a dármelo a mí. Atropellando mis pasos, sentí la voz áspera de mi padre que me pedía que descargase ese golpe tanto tiempo agazapado, sentí que había venido a Copenhague a pegarle a un infeliz, a recordar que yo era un bárbaro despreciable, que no podía irme de esta ciudad tan bella sin concederme el innoble placer de agredir a un inocente y tumbarlo de un golpe. Todo ocurrió de pronto y como probablemente estaba escrito en mi destino. Vi que un sujeto de aspecto oriental venía caminando en dirección opuesta a la mía. Era bajo, llevaba anteojos, andaba solo, cargando un bolso, y parecía un turista tailandés, chino, japonés, vietnamita. Lo odie. Lo odié como el bárbaro que soy. Lo odie porque ese sujeto me sobrevivirá. Cuando lo tuve a un paso, descargué mi puño cerrado en su cara distraída. Saqué el golpe desde atrás, con toda la violencia que pude encontrar en mí, en mi pasado, en el mandato de mi padre, y estremecí sus ojos rasgados, volaron sus anteojos y el pobre hombre cayó al suelo. Escuché voces reprobatorias, pero nadie me tocó ni se me acercó. Lo vi en el suelo, la nariz sangrando, y seguí caminando deprisa hasta llegar al hotel. Fue uno de los momentos más placenteros de mi vida. Tenía que romperle la cara a ese chino cabrón. No me pregunten por qué. Era una cuestión de vida o muerte. O le pegaba o me mataba esa noche. Y no había venido a Copenhague a morir sino a celebrar la vida que todavía me quedaba. Y a veces encuentras escondido en tus vísceras un golpe irracional que tienes que descargar sobre alguien para reconciliarte contigo mismo. Y por eso aquel golpe sin sentido fue una celebración de la vida, un triunfo personal, un tardío homenaje a mi padre, que tanto habría disfrutado de esa riña callejera. Duchándome en el hotel, me dije: qué curioso que esta ciudad tan civilizada haya despertado al salvaje que hay en mí. Esperando al vuelo a Estocolmo, sabiendo que no habrá más agostos en Copenhague (no al menos para mí), me dije que lo que más recordaré de este viaje no será el golpe al oriental, esa cobarde venganza por todas las humillaciones que la vida me infligió. Lo que más recordaré de estos días es estar sentado en un café de la calle Kompagnistraede, viendo pasar a mujeres de una belleza etérea, inhumana, montadas en bicicleta, ensimismadas, las piernas al viento, el vestido replegado por la brisa veraniega, las promesas de un calzón a flores insinuándose con distraído descaro o con espléndida libertad ante mis ojos fisgones, asombrados, incrédulos frente a tantas vidas bellas que pasaban en bicicleta sin mirarme, unas vidas, unos rostros, unas sonrisas, unos cabellos revueltos por el viento que, con seguridad, no volveré a ver.