Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
El 3 de octubre se recordaron 40 años del golpe militar encabezado por Juan Velasco. Es indudable que las reformas que implementó cambiaron radicalmente la faz del país, para bien y para mal. Parece claro que quienes se ubican en la derecha del espectro político consideran al gobierno de Velasco una maldición, y quienes se ubican a la izquierda lo califican como el mejor presidente del siglo XX. Más en el centro, los balances critican el carácter dictatorial y el voluntarismo, que llevó a la inviabilidad y al fracaso económico y político del proyecto; pero, al mismo tiempo, se rescata el carácter democrático en lo social de las reformas, la liquidación de la oligarquía y el gamonalismo, y un cambio en las mentalidades que hizo retroceder sustancialmente prácticas racistas y discriminatorias. El debate continúa apelando a razonamientos contrafácticos, que se preguntan qué habría sido del Perú sin las reformas de Velasco, sin la reforma agraria en particular. Así, de un lado, se afirma que, sin ella, se habría mantenido el gamonalismo en el campo, lo que habría creado condiciones para que la propuesta de Sendero Luminoso fuera atractiva para el campesinado. De otro lado, algunos señalan que, sin reforma agraria, el Perú podría haber consolidado una agricultura moderna de exportación que, a la larga, habría debilitado al gamonalismo, lo que habría, por el contrario, limitado las posibilidades de Sendero. Antes, en esta columna, he señalado que los razonamientos contrafácticos son herramientas útiles para afinar y mejorar hipótesis, pero se debe ser muy cuidadoso para no caer en meras especulaciones. Una buena herramienta para pensar estos escenarios alternativos es utilizar una perspectiva comparada. Así, de un lado tenemos a Colombia, país donde el sistema de partidos mantuvo continuidad, no hubo golpes militares, pero la ausencia de reformas dio lugar a la aparición de movimientos guerrilleros, a los que grupos terratenientes respondieron creando grupos paramilitares, generándose una espiral de violencia más sangrienta que la peruana. Pero hay otro escenario posible, que nos lleva a mirar a Chile. Si no hubiera habido golpe, probablemente Haya de la Torre habría sido electo presidente en 1969; ¿Haya en el poder no hubiera sido reformista como el demócrata cristiano Eduardo Frei en Chile? De no haberlo sido, ¿no habría podido desarrollarse mejor una opción de izquierda, que hubiera impulsado cambios dentro de la institucionalidad democrática? ¿No hubiéramos avanzado en consolidar un sistema de partidos representativo? ¿No hubiéramos llegado así mejor a 1980? No podemos saber la respuesta a estas preguntas. Porque, en la política, la voluntad, los errores y las omisiones de los actores son siempre capaces de “cambiar la historia”.