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Confesión: Robin Hood era mi papá

2010/05/22
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La reaparición de Robin Hood en las pantallas resucitó una de las grandes dudas de mi niñez, y reavivó el recuerdo de mi colección de libros que llevaba ese nombre y que fueron pioneros en la provisión de mi imaginación literaria. Contenía las obras de Mark Twain, Alejandro Dumas, Charlote Bronte, etc. Más serio que eso, aún, era mi duda sobre la relación de mi padre con Robin Hood. Mi obsesión por comprender el mundo que me rodeaba era tan grande como el desconcierto que este me generaba. Abarcaba todos los campos: desde el significado de los proverbios, la naturaleza de la nada, el malhumor de Albina, algunas frases crípticas que mis padres se cruzaban amorosamente, el porqué Federico siempre encontraba pelos en la comida y yo nunca, dónde guardaba las apariencias mi tía Chocha y, con la aparición de Robin Hood, la reencarnación. Ocurre que mi viejo era idéntico a Errol Flynn, y este caballero era el intérprete de la vieja versión de Robin Hood. Cuando llegué desprevenido al cine y observé a mi padre montando audazmente a caballo, trepándose a los árboles, disparando flechas con extraordinaria pericia, defendiendo a los pobres y enamorando damas que no eran mi madre, me llené de esas preguntas gelatinosas que mi orgullo no me permitía hacer y que lograban desvelarme cada vez que el héroe de Sherwood se interponía entre mi estado de vigilia y el sueño. Me costaba conciliar la delgada figura de mi padre, un apacible exportador de cereales y, más tarde, gerente de una empresa de seguros de vida, con la del dinámico Robin Hood. A mi viejo no lo imaginaba ni siquiera durmiendo la siesta en una carpa, mientras su doble no solo vivía en un bosque y montaba maravillosos corceles, sino que también usaba un gorrito con pluma que nada tenía que ver con el señorial sombrero de mi papá. Como el tema de la reencarnación era recurrente –sin ser cotidiano–, intuí que mi padre, en otra vida, había sido Robin Hood. Por aquellos tiempos le hice a mi pobre y desconcertado viejo mil preguntas sobre arcos y flechas –que siempre me apasionaron–, sobre la vida en un bosque, sobre caballos –que mi padre tenía, pero para hacerlos correr en el hipódromo, y no para auxiliar a los pobres–, sobre sombreros con plumitas, etc. Como imaginarán, ninguna de las respuestas paternas me satisfacía, por lo que llegué a imaginar, ya entrando en un delirio mayor, que mi padre no era la reencarnación de Robin Hood, sino la de Errol Flynn, hasta que me enteré de que el galán hollywoodense estaba tan vivo como mi viejo. Y eso me confundió aún más pues, a la ya compleja teoría de la reencarnación, le agregué la teoría del niño Guillermo, que sostenía que una persona, si era tan valiente como Robin Hood, debía reencarnarse en dos cuerpos y no en uno solo. Errol Flynn y Lorenzo Giacosa habían sido los elegidos. Uno en Hollywood, otro en Rosario. No estaba mal. Resuelto el caso –que no comenté con nadie, pero que me otorgó cierto aire de suficiencia–, me dediqué a meditar por qué “el que las hace las paga”, y no las paga el que las compra hechas.