Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
“Eres mala y vieja y no te quiero...”, me dijo mi nieto de 6 años, volteando la cara y acurrucándose en brazos del padre. Estando a solas le dije: “¿Por qué será que hace un rato me dijiste cosas tan feas?, ¿quizás para que tu papá crea que tú no me quieres y que solo lo quieres a él?”. Me miró sorprendido y pensativo. “Ya sé lo que te pasó, se te subió tu loquito a la cabeza, y cuando ese loco sube, decimos cosas feas”, continué. “Es que se me sale, abuela; se sale solo”, respondió con desesperanza. “Vamos a hacer algo: cuando sientas que se quiere salir, tu respiras fuerte y le dices 'No, no, no vas a salir’, ¿qué te parece?, ¿podrás?”. “Ya, abuela”, respondió entusiasmado. Al día siguiente, al entrar a su casa, él –que estaba jugando al lado de su padre– me mira fijamente, abre los ojos, levanta el pechito y la cabeza, da un respiro fuerte y, como haciendo un esfuerzo, dice con voz muy alta: “Buenos días”. Lo abrazo y le digo “buenos días, qué niño más educado”. Me llama a un lado y susurra: “Abuela, se me 'vinió’ el loco, pero yo le dije chau loco, chau”. “Bravo, Yoshuita”, le dije y de di un abrazo. Ningún padre quiere conscientemente destruir a sus hijos, pero no controlar al 'loco’ que llevamos dentro equivale a hacerlo. De acuerdo con el informe de la Defensoría del Pueblo de hace dos días, el 75% de los niños y adolescentes del país ha recibido castigos físicos y humillantes, siendo los padres los mayores maltratadores, seguidos de los hermanos mayores. Le hago una propuesta: no cruzarnos de brazos y hacer algo para que no se siga destruyendo a más niños. Le propongo difundir el siguiente poema de Eduardo Galeano, adaptado por esta columnista y que se llama Los derechos humanos tienen que empezar por casa. “Al hijo no se le insulta, ni se le amenaza, ni se le da pellizcones, ni se le jalan sus pelitos. Al niño no se le da bofetadas, ni manazos, ni palizas, ni azotes, ni se le mete a cuartos oscuros, ni menos se le quema su cuerpecito. Tampoco se le mete al agua helada, ni se le quita la comida, ni se le impide jugar. A los niños no se les dice que no debieron nacer, ni que su padre o madre quería impedir su nacimiento. A los hijos no se abandona como si fueran objetos sin valor porque, luego, ellos se abandonarán a sí mismos o harán lo mismo con sus propios hijos. A los niños no se les prohíbe decir lo que piensan y lo que sienten, ni se les hace confidencias de los dramas familiares, ni menos se les humilla en público”. Las familias peruanas practican la cultura del terror. Parecen no darse cuenta de que, con cada maltrato, el niño siente una agonía, una angustia inconcebible. Muchas familias torturan a sus niños con el pretexto de que están educando cuando, en verdad, están transfiriendo a sus pequeños odios que los mayores guardan por los maltratos que ellos recibieron en su infancia. ¡Gracias!