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¿Cómo haríamos?

2010/05/28
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Un día escuchas las noticias mientras te alistas para ir a trabajar y, zas, ahí está. En primer plano, tu edificio y un diligente reportero anunciándote que tu nueva vecinita será Lori Berenson que, además, pondrá una bella panadería en la esquina de tu casa. El reflejo es instantáneo: evocas a la nada dulce Lori, gritando desaforada consignas pro lucha armada. Se te vienen a la memoria los apagones, los coches bomba, el sufrimiento, el miedo, la zozobra. Se te atraganta la rabia y no puedes creer que esta mujercita, cuyo fanatismo y barbarie le han costado al Perú miles de muertos y años de atraso, vaya a tener una vida parecida a la tuya, como si nada hubiera pasado. Como si se pudiera borrar así de fácil el dolor de tanto hijo muerto, de tanta mujer violada, de tanto peruano humillado. Sí, pues, lo políticamente correcto, lo estrictamente caviar, si se quiere, debería ser respetar la decisión de la justicia y confiar en que los años de reclusión han reformado a la gringa. Pero lo real es que somos de carne y hueso, seres humanos con memoria a los que nos indigna tener a terroristas por vecinos, y nos aterra la sola posibilidad de que la violencia vuelva a apoderarse de nuestras calles y plazas. Por eso, en foros virtuales y reales, en marchas y vigilias, los peruanos exigen que Lori se pudra enla cárcel, que no se les dé libertad a los terroristas o, incluso, que los maten. Obviamente, son la rabia y el miedo, absolutamente comprensibles, los que nos mueven a exigir estas sanciones. Sin embargo, todos sabemos también que, en el Perú, la pena de muerte no existe y que, por más que nos moleste, un reo que ha cumplido con su condena tiene derecho a salir libre sin importar lo horrendo que haya sido su crimen. ¿Qué debemos hacer entonces? Si bien la liberación de Lori Berenson ha causado tremendo revuelo, por su condición de extranjera y por haber recibido beneficios penitenciarios, lo cierto es que, con o sin recorte de pena, tarde o temprano muchos más condenados por terrorismo, como Osmán Morote o Maritza Garrido Lecca, abandonarán las cárceles. Ya en el 2007, el entonces premier Jorge del Castillo anunciaba ante el Congreso que más de tres mil sentenciados por terrorismo habían salido en libertad y confesaba que había serias sospechas de que un grupo había vuelto a las andadas. Han pasado tres años y la pregunta del millón es ¿qué se ha hecho al respecto? ¿Están preparados nuestros desarticulados servicios de Inteligencia para hacerle seguimiento a este mar de gente? ¿Nos hemos puesto a pensar sobre cuál debería ser el rol de estos individuos en la sociedad: en qué deben trabajar, en qué no? ¿Estamos preparados los peruanos para que estos altos dirigentes terroristas se resocialicen? ¿Y qué vamos a hacer si quieren participar en política? A Lori Berenson la podemos devolver a los Estados Unidos y olvidarnos de ella para siempre, pero ¿y los otros? ¿Qué va a pasar con los terroristas peruanos cuando, tarde o temprano, cumplan su pena? Si alguien tiene un plan, avíseles a los compañeros.