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Sociedad | Lun. 23 nov '09
“Como editora, una tiene que hacer cosas en las que no cree”
Clara Deza es una policía con sentimientos, una mujer normal que sufre y goza, que tiene una suegra y un poco de celulitis. En Y punto (Alfaguara), Mercedes Castro decide contarnos una historia que, a pesar de ser un policial, está llena de humanidad… como ella y la protagonista de su historia.
"Decidí debutar en la ficción con una novela policial porque quería que Clara Deza, la protagonista, estuviera rodeada de hombres –algo común en el mundo policial–, porque quería que ingresase por igual en ambientes lujosos como paupérrimos –algo que también pueden hacer los periodistas–, porque quería que su vida laboral poco tuviera que ver con el tipo de persona que era. El género negro permite que suceda todo esto… y con naturalidad”, nos confiesa Mercedes Castro, editora española que decidió pasarse “al lado oscuro” con la novela Y punto (Alfaguara).
¿Y por qué quería que estuviese rodeada de hombres?
Porque quería reflejar lo difícil que es para las mujeres no solo trabajar sino ser consideradas de la misma manera que los hombres. Quería, además, que ella fuese real, y no unos tíos con tacones, como generalmente son las mujeres policías de las películas.
¿Por eso hizo a Clara “sensible y humana”?
Madrid –y las grandes urbes– me parecen muy hostil. Quizá porque soy de provincia –aunque lleve más de 20 años viviendo allí–. Creo que la gente respeta cada vez menos cosas, y esta falta de respeto refleja una falta de humanidad… y de sensibilidad.
Además, para hacer más humana a su personaje, le puso celulitis, un gato y una suegra.
¿Qué más real que una suegra de esas que te critica todo el tiempo? Yo quería una mujer tangible, que uno fuese capaz de decir: “Esta tía es como mi hermana, como mi amiga, como mi mujer”, no quería escribir sobre personajes inaccesibles. Me cansé de las historias de moda, de aquellas que están llenas de heroínas de la edad media, de magos, de vampiros o extraterrestres. Me dije: “Dónde están las novelas que hablan de la gente común, de la gente como yo”. Por eso escribí Y punto.
Curiosa esta confesión porque usted ha sido editora. Y son precisamente las editoriales como en la que usted trabajaba las que nos llenan la biblioteca de magos, vampiros y supuestos misterios religiosos.
Voy a intentar explicarlo. Hace poco me preguntaron “Quién era yo”. Como editora, una tiene jefes y presiones y un oficio y tiene que jugar con unas normas –igual que usted las tiene en su oficio de periodista– y hacer cosas en las que cree y otras en las que no cree, y que así es la realidad. Este era el trabajo de la Mercedes Castro editora –por lo demás, un oficio que me encanta–. Pero, hay una Mercedes Castro más esencial, más importante: aquella que llegaba a su casa a las dos de la mañana y se sentaba a escribir. Allí no entraba en tonterías, en las disquisiciones de un editor: venderá o no venderá, le gustará o no a los lectores –a quienes, además, ni conozco–. En mi novela he hecho lo que he querido, y, por eso, me decía: “Si me la quieren publicar, perfecto, si no, se quedará en el cajón”, pero no me mentí a mí misma. Yo sé que historias como las que cuento no están de moda, pero no me importó; yo quería contarla y, por eso, la escribí.
Se puso en los zapatos de los escritores, de aquellos a quienes tachaba cientos de páginas.
No, yo no era una editora tan cruel. Eso se lo pueden decir los autores con lo que trabajé. Uno de ellos me decía: “Tú no pareces una editora; pásate al lado oscuro”. La verdad es que yo siempre defendía a mis autores en la editorial. Muchos no sabían que era escritora y, ahora que publiqué mi libro, me dicen: “Ahora lo entiendo, por eso eras tan diferente”. Yo siempre pensaba en los autores, quienes, además, frente a la editorial están solísimos.
Y punto apareció en un momento especial: iba a ser madre y se quedó sin trabajo.
Tenía un excelente trabajo, con un buen salario, una casa recién comprada con una hipoteca tremenda y una novela terminada. Todo me sonreía y decidí ser madre. Al quinto mes de embarazo, me despidieron… fue una gran putada, una manera cruel de hacerme volver a la realidad. Felizmente, yo ya no pensaba en mí sino en mi hija, pues mi escala de valores cambió: ahora me importa más ella que el mundo.
También escribe poesía. ¿Qué le otorga ella?
Música y sentimiento. Una capacidad de emocionar de la que carece la prosa… aunque trato de que la mía sea musical.
¿Y por qué quería que estuviese rodeada de hombres?
Porque quería reflejar lo difícil que es para las mujeres no solo trabajar sino ser consideradas de la misma manera que los hombres. Quería, además, que ella fuese real, y no unos tíos con tacones, como generalmente son las mujeres policías de las películas.
¿Por eso hizo a Clara “sensible y humana”?
Madrid –y las grandes urbes– me parecen muy hostil. Quizá porque soy de provincia –aunque lleve más de 20 años viviendo allí–. Creo que la gente respeta cada vez menos cosas, y esta falta de respeto refleja una falta de humanidad… y de sensibilidad.
Además, para hacer más humana a su personaje, le puso celulitis, un gato y una suegra.
¿Qué más real que una suegra de esas que te critica todo el tiempo? Yo quería una mujer tangible, que uno fuese capaz de decir: “Esta tía es como mi hermana, como mi amiga, como mi mujer”, no quería escribir sobre personajes inaccesibles. Me cansé de las historias de moda, de aquellas que están llenas de heroínas de la edad media, de magos, de vampiros o extraterrestres. Me dije: “Dónde están las novelas que hablan de la gente común, de la gente como yo”. Por eso escribí Y punto.
Curiosa esta confesión porque usted ha sido editora. Y son precisamente las editoriales como en la que usted trabajaba las que nos llenan la biblioteca de magos, vampiros y supuestos misterios religiosos.
Voy a intentar explicarlo. Hace poco me preguntaron “Quién era yo”. Como editora, una tiene jefes y presiones y un oficio y tiene que jugar con unas normas –igual que usted las tiene en su oficio de periodista– y hacer cosas en las que cree y otras en las que no cree, y que así es la realidad. Este era el trabajo de la Mercedes Castro editora –por lo demás, un oficio que me encanta–. Pero, hay una Mercedes Castro más esencial, más importante: aquella que llegaba a su casa a las dos de la mañana y se sentaba a escribir. Allí no entraba en tonterías, en las disquisiciones de un editor: venderá o no venderá, le gustará o no a los lectores –a quienes, además, ni conozco–. En mi novela he hecho lo que he querido, y, por eso, me decía: “Si me la quieren publicar, perfecto, si no, se quedará en el cajón”, pero no me mentí a mí misma. Yo sé que historias como las que cuento no están de moda, pero no me importó; yo quería contarla y, por eso, la escribí.
Se puso en los zapatos de los escritores, de aquellos a quienes tachaba cientos de páginas.
No, yo no era una editora tan cruel. Eso se lo pueden decir los autores con lo que trabajé. Uno de ellos me decía: “Tú no pareces una editora; pásate al lado oscuro”. La verdad es que yo siempre defendía a mis autores en la editorial. Muchos no sabían que era escritora y, ahora que publiqué mi libro, me dicen: “Ahora lo entiendo, por eso eras tan diferente”. Yo siempre pensaba en los autores, quienes, además, frente a la editorial están solísimos.
Y punto apareció en un momento especial: iba a ser madre y se quedó sin trabajo.
Tenía un excelente trabajo, con un buen salario, una casa recién comprada con una hipoteca tremenda y una novela terminada. Todo me sonreía y decidí ser madre. Al quinto mes de embarazo, me despidieron… fue una gran putada, una manera cruel de hacerme volver a la realidad. Felizmente, yo ya no pensaba en mí sino en mi hija, pues mi escala de valores cambió: ahora me importa más ella que el mundo.
También escribe poesía. ¿Qué le otorga ella?
Música y sentimiento. Una capacidad de emocionar de la que carece la prosa… aunque trato de que la mía sea musical.