Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
El Perú es un país perseguido por su pasado. Entre las muchas fuerzas que alimentaron las últimas revueltas –como la increíble desarticulación de una democracia en que los “levantamientos” de los representados ocurren siempre contra algo que aprobaron sus representantes, o la culpa de un gobierno que confunde estado de derecho con represión y negocia liberar lanzadores de molotovs–, la más poderosa es nuestra historia. Ese legado de desintegración, de olvido, de desprecio, incluso, que secularmente ha conspirado con la geografía para mantener al Ande y la Amazonía sumergidos en atraso, desengaño y falta de oportunidades. Ese pasado es la sombra del Perú. Es lo que nuestro país proyecta, puesto contra la luz. Las comunidades sin electricidad, agua, colegios ni postas, con esperanzas de vida medievales. Ese pasado es lo que asemeja tanto al nuevo Perú, pujante y esperanzado, con el jinete de las Odas de Horacio, que galopaba furiosamente hacia adelante sin notar que sus problemas iban montados detrás, en la grupa del caballo. No importa qué tan rápido avance el jinete: sus problemas viajan con él; ni importa tanto su “adelante”: está permanentemente amenazado por detrás. No es un problema chico. Un sector tan grande de la población viviendo tan largamente entre la carencia, la frustración y la desinformación (es pasmoso, por ejemplo, cómo ninguno de los protestantes nativos sabia decir cómo las normas objetadas suponían quitarles sus tierras), es como un cuchillo en el suelo: un arma que cualquier oportunista y/o extremista (taladores ilegales, congresistas demagogos, Suteps, narcoterroristas y demás) puede recoger en cualquier momento y lanzar en cualquier dirección. Un problema así debiera ser priorizado, claro, sobre todo por solidaridad: porque todos debiéramos de sentir empatía con esas noches heladas tras las paredes de barro. Pero, también, por practicidad, por los mismos motivos detrás del control de armas: porque un arma suelta, librada a quien tenga motivación para ir a “agarrarla”, como lo están estas comunidades, es un crimen por ocurrir (incluso a machetazos). Lo esencial está todavía por hacerse: voltear la mirada, hacer que el problema ya no esté detrás, sino al frente. Como para que el Gobierno vaya a las comunidades a explicar lo que hace, antes que los agitadores. Como para que la reforma del Estado, que pone la infraestructura y los servicios básicos en esas zonas tan desconectadas, sea una prioridad, y no un trabajo mil veces mal hecho. Y como para que el presidente mismo viaje semanalmente a los pueblos más apartados, a decir con su presencia: “No es lo mismo, estamos pensando en ustedes”. De nada, en fin, le servirá al Gobierno seguir concentrándose en correr “adelante” con su problema en la grupa montando tras él.