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Claroscuros de la crisis hondureña

2009/08/05
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Ocurren cosas curiosas en torno a Honduras. Estados Unidos condena el golpe, pero no retira a su embajador. Luego, Hugo Llorens –el embajador estadounidense en Tegucigalpa– visita a Mel Zelaya en la embajada hondureña, que es territorio de ese país en Managua, Nicaragua, y confirma, junto a otro alto representante del Departamento de Estado, que ellos solo reconocen a Zelaya como presidente de Honduras. Se fotografían, incluso, junto a él, de un modo que pareciera confirmar lo que se ha dicho con palabras. Más aún, Adidas y tres poderosas multinacionales que tienen fábricas en Honduras han solicitado al gobierno de Barack Obama que haga los mayores esfuerzos por lograr que Zelaya recupere el sitio que le corresponde. Puede que existan datos que lo desmientan pero, aparentemente, el gesto de estas tres importantes multinacionales parece inédito. Pedir por un presidente que atenta contra los intereses del capitalismo sería traicionar a su propia naturaleza, así que quedan dos alternativas: o bien Zelaya está proponiendo cambios cosméticos que no alteran la esencia del sistema capitalista o bien las multinacionales han adquirido un grado de madurez política y sensibilidad humana impensable en ellas. ¿O ambas cosas a la vez? ¿Puede ser que las multinacionales hayan comprendido que es mejor trabajar en un país cuyo pueblo tiene condiciones de vida mínimas, pero aceptables, que en un país sometido a los sobresaltos permanentes de la ingobernabilidad generada por la frustración ciudadana? Zelaya declaró que no tenía nada –nunca lo tuvo, por otra parte: es un hombre que viene de la derecha tradicional– contra la inversión privada, sea esta extranjera o local, y si observamos su accionar, lo único que hizo en Honduras –para alterar a los grupos dominantes locales y, quizá, a algunos capitalistas extranjeros– fue aumentar el salario mínimo en un 60% e impulsar algunos otros beneficios sociales elementales. A la larga –y eso también se escucha por aquí–, un pueblo que aumenta su capacidad de consumo termina favoreciendo al conjunto de la sociedad, incluidos aquellos que tienen que pagar mayores salarios o se ven obligados a blanquear a sus trabajadores. En Washington se podría estar reproduciendo esta discusión junto a la preocupación por el crecimiento del ALBA en la región. Por esto asistimos a disimuladas marchas y contramarchas que reflejan la lucha política en el interior de la superpotencia. Los halcones queriendo comerse toda la presa y las palomas proponiendo repartir en procura de hallar un concepto más humano y menos traumático del beneficio que el capital debe obtener. Lo que es inadmisible en el tratamiento del tema es que un ilusionista como Álvaro Vargas Llosa afirme, sin ningún apego a la verdad, que Manuel Zelaya pretendía perpetuarse en el poder. Era materialmente imposible que así fuera pues la consulta que él proponía se haría junto con la elección del nuevo presidente.