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Cinco minutos antes

2010/02/07
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Nueve y cuarto de la mañana. Llevo un gorro de lana con forro de polar, una casaca sueca –es ropa para ir de camping en Suecia, o sea, en el Polo Norte–, calzoncillos mata-pasiones (como si, con este frío, hiciera falta el dichoso calzoncillo) y las botas del Juez Dredd. Moqueando y lagrimeando, gracias al viento helado, camino las seis cuadras que me separan de la Universidad de Nueva York. Mi clase de español comienza a las 9:30 a.m. Soy el profesor y quiero llegar temprano. A las 9 y 25, entro al salón y me topo con aquello sobre lo cual había sido advertido pero que no iba a aceptar hasta que no lo presenciara: TODOS los estudiantes están en sus carpetas. Durante la clase, la atención es permanente y la participación es generosa e inteligente. Todos –excepto uno o dos– están realmente metidos en el rollo. ¿Será efecto de la primera clase? Algunas semanas han pasado y ellos llegan con las tareas resueltas y con los capítulos que vamos a tratar en clase estudiados. Llegan sabiendo y, por si fuera poco, con muy buena onda. Y mi salón no es la excepción. Yo dictaba en una universidad top limeña. Si llegaba a tener cuatro chicos que leían el periódico todos los días (y estábamos en la facultad de Periodismo) era porque el Señor me había tocado. Y no hablemos de cuando yo fui estudiante… En general, los profesores procedentes de Latinoamérica que he conocido en Nueva York quedan impresionados por lo mismo: aquí, los estudiantes estudian. ¿Se imaginan qué tipo de profesionales seríamos todos si hubiéramos estudiado (y si los que ahora están estudiando, estudiaran) así TODOS los cursos? Aquí veo cómo es Estados Unidos. Pero, ¿cómo sería el Perú?