Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
Estoy casada desde hace más de veinte años con Alberto Varillas Cueto. Este dato biográfico debería ser irrelevante para los lectores y, de entrada, les ofrezco disculpas por usar este espacio para la menudencia. Sin embargo, desde que el programa Cuarto poder presentó los audios del 'petroescándalo’, esta información familiar ha sido mencionada una y otra vez, la mayoría de ellas de forma velada y artera, como un hecho que me pone bajo la sospecha de pertenecer a una asociación de tráfico e interceptación de conversaciones privadas. Desde hace quince años, mi esposo es abogado y representante legal de la empresa Petrotech. Esta empresa ha sido señalada a media voz por varios de los hoy procesados, y por otros periodistas 'informados’, como la empresa interesada en realizar actividades de interceptación telefónica con el propósito de una supuesta y fantástica venganza empresarial contra Petroperú y Perupetro. ¿Pruebas? Mi matrimonio. No me toca a mí contestar por una empresa que no represento pero, en lo que a mí concierne, me enteré del contenido de los audios, es decir, los escuché, por primera vez, como cualquier televidente. Si estos hubieran llegado primero a mí, como acusan estos difamadores asolapados, tengan la seguridad que los habría propalado en Prensa libre porque ese es mi deber como periodista. No tuve esa suerte para la primicia. Dado que yo no tengo, ni he tenido, participación en la investigación periodística de esta notable denuncia, no tengo ni he tenido ni siquiera un potencial conflicto de interés. Así lo consulté a nuestro Consejo Editorial, como corresponde ante tan absurdas acusaciones, y así se me respondió, indicándome que no había explicación alguna que dar. Sin embargo, durante los siguientes días, la mentira se ha repetido una y otra vez. Que otros periodistas me difamen no es novedad ni periodísticamente relevante (así es el periodismo de periodistas). Lo que sí lo es, a la luz de lo revelado por la Contraloría, es que aquí hay un grupo de funcionarios del Estado gritando “al ladrón” (y vaya que tienen seguidores), cuando deberían estar respondiendo por las muy serías denuncias que se han recogido en el auto de apertura de instrucción y que, gracias a los miles de correos electrónicos y demás correspondencia incautada, dejan fuera de toda duda la comisión de actos ilícitos muy graves. El único caso de chuponeo que conozco de cerca es el mío. ¿Cómo pasé de ser víctima a ser victimaria en los enloquecidos cerebros de estos genios de la desinformación? No lo sé, pero para cortinita de humo ya estuve buena.