Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
La política ha alcanzado, a lo largo de la historia, los grados más altos del ridículo y lo grotesco. Muchas veces es una forma sangrienta y macabra de la farsa, tan cerca de lo cómico como de lo trágico. Suele ser una manifestación del poder ilimitado y abusivo asumido por individuos megalomaníacos que se otorgan a sí mismos el rango casi divino de iluminados enviados a este mundo a cumplir una misión o papel superior al resto de los mortales. En ese nivel, la política es, sobre todo, un ejercicio autoglorificatorio disimulado bajo el nombre de la ideología o doctrina que más convenga a sus fines. América Latina ha tenido, por supuesto, su larga cuota de dictadores, líderes revolucionarios y falsos profetas que mataron, robaron y humillaron a sus pueblos sin por eso dejar de ser personajes burlescos. Hoy mismo tenemos varios paradigmas de eso, pero no creo que nadie -hay que reconocerlo- supere a Hugo Chávez, el indiscutido líder de Venezuela. Chávez lo tiene todo: es disparatado, extraordinariamente locuaz, vulgar, delirante, bravucón, con el dominio escénico de un animador de feria popular. Un canalla que sabe hacer reír, un bribón casi simpático que ha hecho de su país un circo romano en sesión continua. A veces me hace sentir vergüenza de ser latinoamericano, como si yo tuviese la culpa de lo que él hace o dice todos los días por la radio y la televisión de su sufrido país o en foros internacionales, como el reciente de Lima, donde se comporta con la irracionalidad, la falta de respeto y gestos descomedidos dignos del Rey Ubú , el célebre personaje de Alfred Jarry, precursor de Dadá y el surrealismo. Ha logrado algo que parecía imposible: superar los torneos oratorios, los desplantes tropicales y otros excesos del propio Fidel Castro quien, ahora languideciente, tiene en Chávez -y no en su hermano Raúl- al verdadero sucesor de su causa. Entre sus mejores discípulos o compinches, el que más se le acerca es Rafael Correa, el hipertenso y paranoide líder ecuatoriano que siempre habla como si le faltase el aliento; los otros -el casi afásico y desabrido Daniel Ortega y el folclórico cocalero Evo Morales- están lejos del maestro. Pero hace pocos días vi por la televisión venezolana un espectáculo doblemente bochornoso que mostraba, en una misma ocasión, las dos caras o caretas de Chávez. Por un lado, al hacerse público el informe que hizo la Interpol del contenido de las computadores halladas en el campamento de las FARC destruido por el Ejército colombiano en territorio de Ecuador, que demuestra de manera abrumadora las conexiones secretas entre ese grupo con Chávez y con Correa, el primero hizo lo que hace todo aquel que ha sido descubierto infraganti: negar con cinismo lo innegable y, en cambio, acusar al otro de hacer la misma trampa de la que se le acusa a él. Ese modo perverso de argumentar, invirtiendo y devolviendo la acusación del otro, es propio de quienes, para comenzar, no tienen la razón: equivale a un crimen de la lógica. Arrinconado, Chávez recurrió a la diatriba y al insulto. Uno de sus recursos favoritos: llamó al alto funcionario de la Interpol "vagabundo", "innoble", "un policía gringo", y otros epítetos que revelaban su furia y frustración; meses atrás, había insultado al presidente Álvaro Uribe diciéndole "criminal" y "mafioso". Por otro lado, en la misma conferencia de prensa fui testigo de algo insólito: cuando una periodista española le preguntó, con toda cortesía y claridad, si aceptaría el ofrecimiento del responsable de la Interpol para viajar a Caracas y discutir con él detalles de su informe, Chávez tuvo un increíble eclipse de su habitual garrulería y quedó mudo por largos segundos que parecieron eternos: había sido pescado con la guardia baja. Muy confuso y con la mirada en blanco, buscaba a alguien entre sus incondicionales que lo sacase del aprieto. Después de un buen rato, balbuceó unas palabras incoherentes y trató de ganar tiempo y desviar la atención del público: le preguntó a la periodista de qué país era y aludió al hecho de que en Europa lo llaman "dictador", nada de lo cual tenía relación con la pregunta. Ambos hechos demuestran claramente que Chávez es un gran farsante, en ambos sentidos de la palabra: grotesco y falso. Una de sus más descaradas trampas es la de presentarse como una reencarnación bolivariana, asumiendo el sueño de la unidad de nuestros pueblos. Pero ha hecho de ese legítimo sueño de Bolívar una pesadilla, que puede arrastrar al continente, no a la unidad, sino precisamente a la desintegración. Ante la estridente prédica de este demagogo, habría que volver a decirle: "¿Por qué no te callas?".