Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
Escribo para hacer de cuenta que tengo una cita con cada uno de ustedes. Que tengo planes para el sábado. Que siempre hay gente que me está esperando. Niños muertos es lo que más se está estilando en esta primavera que comienza. En mes y medio de chamba, he cubierto ya tres casos de niños abaleados. El último tenía tres años y estaba en su silla reglamentaria dentro del auto de su mami cuando, de pronto, cruzaron por la calle equivocada, una bala perdida que por allí pasaba y adiós. Stand up delante de la camioneta con orificio de entrada. Stand up delante del hospital: denodados esfuerzos de los galenos por arrancar al pequeño de las garras de… etcétera. Enlace en vivo desde el cementerio: Dramáticas escenas de dolor se vivieron hoy, etcétera. Regresamos a estudios. Cada vez más cómodo en mi nunca anhelado rol de Yorka Poémape del Bronx. Escribo para distraer mi mente de los crímenes pendientes. «Beto tiene la virtud de la sinceridad –una paradójica y curiosa honestidad ante la deshonestidad propia y ajena– y un oculto deseo de abandonar la soledad que hace pensar en esos sujetos que, por las noches, buscan entre la basura de cada domicilio para encontrar el tesoro que ellos aman y los demás desprecian». Escribo físicamente como cuando friego platos doce horas seguidas en un restorán. La mezcla de ají colorado y aceite y pescado hace que los platos de escabeche sean los más difíciles de lavar. Cualquier dishwasher lo sabe. Excepción hecha de las sartenes en que recalientan el ají de gallina o las cacerolas en que hacen el dulce de leche –para el suspiro– hirviendo leche condensada durante horas. Y, como para redondear la faena, llega al restaurante este pata muy guapo con su esposa rubia y yo los atiendo, amabilísimo. Cuando les tomo el pedido me dice que cree que me conoce pero que no está seguro. La historia de siempre –pienso. ¿Hace cuánto que vives acá? –le pregunto. Diez años –me dice. Mmm –pienso. No digo nada más, sirvo agua, descorcho el vino blanco a perfecta temperatura, les traigo sus dos tiraditos de white sea bass con poco ají. Cuando llevo los platos de fondo (seco de cordero y tofu saltado), ya no me dice nada más, solo sonríe. Cuando llevo la cuenta, tampoco, solo gracias, todo muy rico y después se va dejando una propina inusualmente generosa: 20 dólares y una tarjeta personal que dice: Escribo para ver si así me das un poquito de bola. «La escritura del cronista Beto Ortiz no es rigurosamente periodismo ni exactamente literatura de ficción, sino un punto movedizo que deambula en la frontera entre ambos. La intersección es él mismo: el yo Ortiz». Escribo en el loco afán de llamar tu atención. «El yo Ortiz es el que oye, que mira, que conversa, que piensa, que siente, que escucha, que sufre. El yo que escribe y al que le escriben. El yo que descubre y el que es descubierto. El que embiste y es embestido. El que juzga y es juzgado. El que conmueve y es conmovido». Escribo como un loco calato que te amenaza con su piedra y con su mugre. «Ortiz reinventa el gonzo y dirige la mirada de sus lectores hacia sí mismo. Su atrevimiento consiste en exponer su biografía, sus sentimientos y su propio cuerpo en altos grados de intimidad». Dice Jonatán que soy bueno para esta nota del blow job. Lo conocí en las duchas. Me gustó la expresión de placer que ponía al sentir el chorro de agua tibia sobre la nuca. No le dije nada. Ni con permiso. Nada. Toqué nomás. Mejor así. Es ecuatoriano y tiene veintiún años. Perdonarán ustedes el escaso patriotismo. Lógicamente pedí que avisara con tiempo y pagara con sencillo pero, claro, nunca lo hizo, mono de mierda. En fin. Es difícil hacer un mamey pero se aprende. «Durante los cinco años en que enseñé periodismo, fui un descreído de esta exhibición impúdica del yo como artefacto periodístico. Más allá de los sermones que abundan en los manuales, la advertencia era ética pero también estética. Nada hay más patético que un yo que no tiene nada que contar». Refugiarse en un multicine es la única vacuna eficaz que he encontrado para esta novedosa soledad importada. He probado montar bicicleta por calles que no conozco, sentarme en una barra como en las viejas series de TV a conversar con el cantinero obeso o gastarme la plata que no tengo en bizarros shows de obscenos contorsionistas que se dejan meter el brazo entero por tú ya sabes dónde. Pero nada de eso sirve. El único remedio son los multicines. «Si te encargan una necrológica, escribe sobre el muerto, no sobre ti, futuro ídem. El problema era que, a menudo, la refutación a esta advertencia contenía una secreta y candorosa aspiración: muchos de mis alumnos querían escribir como Beto Ortiz». Escribo para que algún desconocido muchacho que, de repente, está en Ferreñafe o en Satipo o en Cerro de Pasco me lea, por azar, un domingo en el periódico y, con un poco de suerte, le guste lo que escribo y así otro día me quiera volver a leer y si, de repente, un domingo, mi columna no se publica porque ese día me tocó estar en algún remoto lugar sin Internet o porque me dio flojera escribirla o porque he muerto simplemente, ese muchacho que está en Ferreñafe o en Satipo o en Cerro de Pasco me busque y no me encuentre y, entonces, con un poco de suerte, hasta me extrañe. Y que yo jamás me entere.