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Centenario futurista

2009/12/12
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A comienzos de 1909, el poeta italiano Filippo Tomasso Marinetti publicó en la primera página del periódico Le Fígaro de París un manifiesto que haría historia, pues con él nacía el 'futurismo’, cuyo centro de acción fue Italia. Aunque el cubismo, el fauvismo y el expresionismo habían surgido antes, el futurismo sería el primer movimiento de vanguardia que abarcaba tanto el arte como la literatura y otros campos de la cultura y la vida misma: era un gesto de carácter radical que cambió –o contribuyó a crear– el mundo moderno. Con la arrogancia y la arrolladora convicción propias de un adolescente –aunque tenía 33 años–, Marinetti lanzaba furibundos ataques a toda la cultura del pasado y el presente, y proponía un nuevo comienzo que se abría ante la humanidad con los grandes cambios generados por los recientes descubrimientos y avances en el campo de la técnica, la industria y la ciencia: la aviación, el auto, la radio, la electricidad, el teléfono, etcétera. No solo habían mejorado y facilitado la comunicación y la vida en un nivel práctico, sino alterado profundamente la relación de los hombres con el tiempo y el espacio al acortar las distancias y acelerar el movimiento. Los rasgos dominantes del momento eran la aceleración, la energía y el dinamismo que contribuían a crear un clima general de optimismo y de poder transformador casi ilimitados. El primer Manifiesto futurista de Marinetti era, a la vez, un síntoma y una consecuencia de esa confluencia de cambios vertiginosos y, al parecer, en una marcha imparable hacia adelante: todo era posible, todo estaba al alcance de nuestras manos. Entre los once postulados del manifiesto, el más insolente, revelador y el más citado es el que reza: “Un auto de carrera... que ruge como una ametralladora, es más bello que La Victoria de Samotracia”. Además de exaltar la energía y la superioridad de las líneas aerodinámicas de un producto industrial sobre las del arte clásico, Marinetti proponía la destrucción de museos y bibliotecas por considerarlos cementerios. Llegó a declarar: “Queremos glorificar la guerra –la única higiene posible en el mundo–, el militarismo, el patriotismo, las bellas ideas que matan y el desprecio por lo femenino”. Leyendo estas líneas, es fácil comprender cómo, más adelante, el futurismo fue visto como un antecedente o anuncio del fascismo de Mussolini –con quien Marinetti tuvo amistad– y el nazismo de Hitler, que exaltaban el belicismo, la fuerza física y la virilidad como parte de una visión totalitaria y supremacista de la historia, que llevaría a dos guerras mundiales y a la Guerra Civil de España. Eso dio un aura negativa y repudiable al futurismo, mientras el surrealismo –surgido en 1924– y otras corrientes de vanguardia, mostraban diversos grados de afinidad por el campo socialista –que resultaría otra forma de totalitarismo–. Mi propio interés o simpatía por el futurismo fue, por un tiempo, bastante limitado, hasta que hace unos años tuve la oportunidad de ver en el Palazzo Grassi de Venecia una gigantesca exhibición futurista que corrigió sustancialmente mi errónea percepción: al margen del aspecto ideológico, sus múltiples manifestaciones artísticas son muy notables y fundamentales para la renovación estética de nuestro tiempo. Aunque en lo literario, por ejemplo, su influjo fue limitado y pese a que hoy no recordamos a los escritores futuristas –el propio Marinetti no era un gran poeta–, su impacto se extendió más allá del breve período que duró el movimiento. Le debemos buena parte de la experimentación visual y fonética que adoptó la poesía del siglo XX en varias lenguas. Las 'palabras en libertad’ que lanzó Marinetti prescindían de versos propiamente dichos, y presentaban fragmentos o desgarraduras verbales que se desplegaban de modo caprichoso en la página, sin más valor expresivo que el de gritos o ruidos que la tipografía simbolizaba con el uso de mayúsculas y otros recursos gráficos. Tales innovaciones se diseminaron por España –Ramón Gómez de la Serna tiene rasgos futuristas– y Latinoamérica: su huella es visible por lo menos en ciertas fases de poetas tan diversos como Vallejo, Huidobro –quien escribió la frase “estamos en el ciclo de los nervios”–, José Juan Tablada, Alberto Hidalgo, Oliverio Girondo –que conoció personalmente a Marinetti durante la gira de este por Argentina–, Carlos Germán Belli, Octavio Paz –por mediación de la 'poesía concreta’ brasileña–, etcétera. Pero su huella es mucho más profunda y extensa en las artes plásticas –llegó hasta la Rusia soviética donde dio origen al llamado 'cubo-futurismo’ de Tatlin y otros– pues introdujo algo sustancial: la representación del espacio en movimiento. Por supuesto que el arte de todas las épocas ha tratado de sugerir el movimiento de personas y objetos: un hombre que camina, un pájaro que vuela, un barco que navega. Pero la diferencia es que el futurismo descubrió que el mundo estaba regido por un dinamismo universal, que todo estaba cargado por una onda expansiva de acción y fuerza cósmica. Como afirmaba un manifiesto sobre pintura que los futuristas lanzaron en 1910: “El movimiento y la luz destruyen la sustancia de los objetos”. Por eso, en sus obras, el espacio vibra mediante franjas iridiscentes que disuelven los perfiles de lo real en una especie de incandescente fusión, un aura luminosa que difumina los límites reconocibles de las cosas. Tres obras maestras lo demuestran. Dos son del pintor y escultor Umberto Boccione: su cuadro La ciudad se levanta que representa un amanecer urbano en el que ondas de luz y color transmiten el vigor de la ciudad moderna y el de los que marchan al trabajo; y su célebre escultura en bronce Formas únicas de continuidad en el espacio, en la que vemos a un hombre corriendo y cuyas ropas, agitadas por el viento, parecen tener bordes como las aletas de un estilizado fuselaje. Por su parte, en la tela Dinamismo de un perro con traílla, de Giacomo Balla, vemos a una elegante dama llevando de paseo a un perrito lanudo cuyas innumerables patas lo convierten en un cuerpo definido solo por su nervioso andar. El lenguaje de estos y otros artistas como Depero, Russolo y Severini significó un gran aporte a nuestra visión estética y la comprensión de las fuerzas que mueven nuestro mundo. Cien años después, es justo reconocerlo.